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Queridas barequeras, queridos barequeros:
¡Upa pues! Ya lloramos, ya recogimos lo que se cayó, ya faltamos al trabajo o al estudio y ya es hora de retornar a la rutina. Así, con un ¡upa pues! presionando en la nuca me he sentido esta semana en la que buena parte del comercio reabrió, en las calles ya hay pocos escombros y se habla de la urgencia de la reactivación económica, y de la reconstrucción como una oportunidad.
Perdón pero no. Necesito tiempo para este duelo hondo. Según la Ungrd hay 240 personas que siguen desaparecidas luego del terremoto del pasado 10 de agosto. ¡240 cuerpos sin hallar! Ese drama se suma al de los 331 fallecidos, 4.439 heridos, 364 personas rescatadas, 178.515 viviendas averiadas y 31.613 destruidas; 5.884 edificios averiados y 603 colapsados. Hay 3.758 centros educativos con daños en su infraestructura. Hay miles de estudiantes sin clases, o con clases virtuales, pese a que en la pandemia aprendimos que esa modalidad afecta la salud mental de las niñas, niños y adolescentes.
En medio de este cimbronazo emocional ha sido reconfortante sentir la compañía de los #SismoResistentes: más de 50 personas que han aceptado hasta ahora la invitación de Barequeo para narrar colectivamente este terremoto y construir memoria sobre lo que nos pasó. Los textos publicados evidencian la necesidad que tenemos de contar qué estábamos haciendo a las 7:34 a.m. del 10 de agosto cuando ocurrió el terremoto. Cada vivencia tiene su propia singularidad pero destaco tres relatos muy particulares: el de José Manuel Villegas Franco, quien contó cómo vive un terremoto así una persona sordociega; el del anestesiólogo y escritor Gustavo López Ramírez, quien contó que el terremoto lo encontró en un quirófano, y el de David Fernando Barrera Niño, quien estaba dando clase en un colegio de niñas cuando empezó a temblar.
Además del #10A, como ya lo llaman en redes, algunos han hablado de los días posteriores: la ansiedad y la culpa que sienten quienes son de esta región pero viven lejos; la nostalgia por los lugares perdidos o averiados, como la Catedral de Manizales, el Café Tassioli; la Facultad de Derecho de la U. Caldas, o Juan Sebastián Bar, y las alteraciones en el sueño o la sensación de temblor sembrada en el cuerpo. Leer que otros comparten nuestros mismos miedos, emociones, vacíos y reacciones nos hace sentirnos acompañados en este proceso.
El terremoto deja pérdidas de todo tipo: Liliana Cardona Marín contó que luego del sismo perdió el trabajo; Margarita Rosa Rojas Torres perdió su casa en Pereira; Juan Sebastián González Alonso perdió el apartamento de sus papás en Cali; Wilmar Ospina Mondragón perdió Berlín, el barrio de Pereira en el que creció, John Jairo Osorio Giraldo perdió la iglesia de Quimbaya; y la semana pasada les mostramos las pérdidas y daños en los barrios San José, El Carmen, Chipre, Milán y el Centro, en Manizales.
Pero al lado de las pérdidas emergen sumas. En el barrio San José el líder comunitario Jorge Omar Rodríguez lo dijo muy claro: “hay que entender que aquí no se sale adelante esperando plata de los gobiernos extranjeros o de los gobiernos locales. Aquí se sale adelante con mucha berraquera, en comunidad, y acompañándonos unos a otros”. Eso es lo que se ha visto en estos días, como lo documentó Juan David Rivera en un hermoso reportaje gráfico: comerciantes que de sus propios recursos reparan sus negocios; ollas comunitarias para apoyarse entre vecinos; donaciones de tejas y guaduas para arreglar casas y rockeros pereiranos que pasan del pogo “satánico” a la solidaridad. Claro que no todo es apoyo comunitario: Antonio Gómez Molina contó que en los albergues de Pereira ya se ven “damnificados de ocasión”, que se hacen pasar como víctimas del terremoto para aprovechar las ayudas.
En esta región han ocurrido numerosos temblores y terremotos a lo largo de la historia, como lo recordó Albeiro Valencia Llano. Tantos y tan frecuentes que a finales del siglo XIX se desarrolló en el Eje Cafetero un estilo de construcción que se conoce como el “Estilo Temblorero”, conscientes de que si bien el terremoto es un fenómeno natural, las muertes que causa pueden ser evitables si la arquitectura y la ingeniería trabajan la sismorresistencia con rigor y las autoridades hacen cumplir las normas.
Si bien el evento sísmico es uno para todos, no todos llegamos a él en las mismas condiciones. El análisis demográfico de las víctimas mortales indica que hay un importante número de fallecidos entre las personas de la tercera edad, principalmente mujeres, y por eso resulta tan pertinente el llamado de atención que hace Felipe Hernández Meza, arquitecto PhD y profesor en Cambridge, sobre las condiciones arquitectónicas de las casas que se habilitan como hogares geriátricos y el riesgo que implican.
En los próximos días seguiremos publicando los relatos y aportes de los lectores para nuestra iniciativa de #SismoResistentes. Leerlos, aprender de lo que dicen e identificarnos en sus reflexiones contribuye a que sigamos reconstruyéndonos entre todos. A que nos abracemos en este duelo colectivo.
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