Damnificados de ocasión

En Pereira unas 120.000 personas tienen problemas de vivienda, casi la cuarta parte de sus habitantes. Pero también hay quienes aprovechan la situación para hacerse pasar por damnificados, sin serlo.
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Pereira es un mar de destrozos que pareciera no tener forma ni cuenta posible. A pesar de ello, el Puesto de Mando Unificado (PMU) informó ayer miércoles, 19 de agosto, que en cuanto a vivienda 35.263 hogares presentan algún tipo de afectación: 9.200 con daño severo y afectación estructural, 10.124 con daño severo sin afectación estructural, 8.437 con daños moderados y 7.140 con daños leves. Es decir, unas 120 mil personas tienen problemas de vivienda, casi la cuarta parte de los habitantes.

Decenas de miles no tienen dónde vivir, por ello muchos han optado por alojarse en casa de familiares, o con amigos o, si el presupuesto lo permite, buscan un hotel. Otra cifra indeterminada, debido a que apenas los censos se perfeccionan, solo tienen una opción: buscar los albergues que hay a la mano. Aunque en el momento hay alojamiento provisional en siete puntos oficiales: los coliseos mayor y menor, el estadio Mora Mora, el ecoparque El Vergel, La Villa Olímpica, Comuna del Café y uno más que se adecúa en Kennedy, centenares de damnificados se ubican de manera espontánea en los parques Olaya o La Libertad, incluso en las zonas verdes de las vías. En el barrio Corocito y sobre la mal llamada Avenida Belalcázar (¿a quién se le ocurriría la idea de ponerle el apellido de un brutal asesino a una avenida?) se ven otros damnificados.

Ante la catástrofe, no faltan tampoco los oportunistas y eso lo experimenté en carne propia. A las 9:00 a. m. del día del terremoto, los vecinos de manera espontánea empezamos a sacar a mano limpia escombros de un edificio de cinco pisos que se desplomó por completo sobre la vía. Actuábamos con la certeza de saber que al menos una persona, doña Mélida, había quedado atrapada. Al levantar la cabeza quedé desconcertado al observar cómo un hombre joven estaba dedicado a requisar los restos de un clóset con el fin previsible de robar algo valioso. Por supuesto, la reacción fue de enojo por parte de quienes lo rodeábamos y debió salir del lugar en silencio.

Y eso que pasó en las primeras horas se repitió muchas veces a lo largo de estos días en que el polvillo fino no solo cubre el perfil de la ciudad, también parece cubrir la decencia y la honestidad. Abundan los oportunistas de todos los pelambres, desde el sofisticado político que “regala” ayudas oficiales marcadas con su eslogan de campaña hasta los indígenas, delincuentes e indigentes que se hacen pasar por damnificados pereiranos. Los primeros, los políticos, por su enorme descaro y cinismo, merecen un posterior capítulo aparte. Sobre los otros, va este artículo.

Damnificados de ocasión
En carpas cubiertas con material plástico se albergan más de mil personas. La condición para ir a un albergue oficial es no ingresar con las carpas al nuevo sitio y dejar este terreno limpio. Crédito: Antonio Gómez Molina.

Pasar una mañana en el albergue temporal del parque Olaya que, dicha sea la verdad, no fue autorizado por la Alcaldía y que las autoridades intentaron desalojar durante los primeros días luego del terremoto, es asistir al cumplimiento perfecto de todas las miserias humanas. Hay damnificados, pero muy pocos, “diez o quince por ciento de las personas que están en este lugar son verdaderos damnificados”, dice Alexander Duque, uno de los coordinadores de donaciones y logística en el Olaya, enlace con la Alcaldía. Aclara que por falta de información varias personas no se han ido y las que se quedan lo hacen porque no se interesan por ser reubicadas en albergues oficiales. Él mismo desea que este alojamiento temporal debe durar lo menos posible.

¿Pero cómo surgió este sitio como alojamiento? Desde el mismo lunes 10 de agosto se ubicaron las primeras personas al aire libre. Luego los voluntarios llegaron con ayudas y de manera paulatina el lugar fue literalmente tomado, hasta alcanzar las 1.200 o 1.300 que, según el mismo Duque, duermen en este lugar. Se dispusieron vallas perimetrales, baños portátiles y dos cocinas comunales, más varios puntos de acopio de las nutridas ayudas llegadas desde todas partes, en particular de Medellín y Bogotá.

Una visión complementaria tiene una de las patrulleras que vigilan el lugar y que lleva varios días allí. Dice que calcula que 70 u 80 por ciento de las personas reubicadas son indígenas embera, algo que es incomprensible porque esta etnia no representa ese porcentaje poblacional general de Pereira, ni siquiera entre la población vulnerable. La explicación la da Érika Quintero, voluntaria que se ha convertido en la canalizadora de ayudas para gran parte de los damnificados, quien sostien que varios indígenas llegaron de resguardos ubicados por fuera del municipio de Pereira y ahora no se quieren ir, al igual que los indigentes y algunos venezolanos.

Acercarse a los indígenas para escuchar su voz es cuestión casi imposible. Se niegan a hablar las mujeres que viven rodeadas por 3 o más menores en cada una de las carpas que, a simple vista, están atiborradas con costales llenos de ayudas, según se alcanza a observar en un primer vistazo. De los apretados costales afloran ropas y pañales en buena cantidad. Tampoco se dejan tomar fotografías y piden dinero para hacerlo. A esta altura varias de las personas que leen esto dirán que lo afirmado es racismo, pero no. En las carpas solo hay mujeres, adultas o adolescentes, rodeadas por niñas y niños menores de 10 o 12 años. No hay hombres adultos o adolescentes. ¿No esto algo extraño en un grupo de damnificados?

Damnificados de ocasión
Centenares de indígenas emberas están en este albergue improvisado, casi todos menores de edad que, por ahora, no tienen acompañamiento del ICBF, según los entrevistados. Crédito: Antonio Gómez Molina.

Los hombres que sí abundan son varios consumidores de droga que incluso no respetan el entorno y fuman en las carpas, a pesar de los continuos llamados de atención de las autoridades. De hecho, son frecuentes las riñas con armas blancas, como ya quedó registrado en un video que circula por las redes sociales. La presencia de la escasa fuerza pública no disuade a los revoltosos, quienes esperan que pasen para cometer sus fechorías.

El mismo alcalde Mauricio Salazar ha hecho un llamado público para que las personas desalojen los parques La Libertad y Olaya, ofreciendo albergue digno, asistencia adecuada y alimentación en los diferentes sitios adecuados para ello y que todavía tienen capacidad disponible. Pero de manera tajante muchos se niegan a salir de los parques, como también lo comprobé, alegando mil excusas, todas rebatibles, o simplemente porque así lo desean.

Entre domingo y lunes llovió a cántaros durante 30 horas, casi de manera ininterrumpida, en buena parte de la región. Miles nos conmovimos con las imágenes que mostraban a centenares de damnificados bajo la lluvia, cubiertos de manera precaria. La noche del domingo un grupo de personas ubicadas bajo plásticos en una zona verde más abajo de la glorieta de Pinares ―barrio habitado por gente pudiente― recibieron colchonetas que personas generosas bajaron de sus camionetas último modelo. Al día siguiente, al pasar de nuevo por allí, seguían los mismos plásticos improvisados y ninguna colchoneta. Por lo visto, para algunos inescrupulosos llegó su agosto: damnificados de ocasión.

Mientras tanto, Teresita Peláez, una de las funcionarias de la secretaría de Desarrollo Social, sigue hablando uno a uno con los damnificados para convencerlos de ponerse bajo techo temporal y recibir las ayudas necesarias, desde las materiales hasta la asistencia psicológica, pero muy pocos se decidían, a pesar de que minutos antes Efrén, quien vivía en Corocito, me decía: “esto aquí se acabó, ya no reparten comidas ni dan tanta ayuda”. El parque Olaya tiene dos cocinas manejadas por voluntarios, muchos de ellos universitarios, y la instrucción es suspender en forma paulatina la alimentación, para que los verdaderos necesitados opten por los albergues oficiales y los oportunistas que abundan se marchen a sus viviendas. 

Por último, ¿qué clase de construcción ética tiene una sociedad donde desde sus dirigentes hasta sus ciudadanos comunes actúan sin escrúpulo alguno en medio de una tragedia para obtener beneficios personales? Este proceso de reconstrucción será una enorme prueba no solo para la capacidad de resistir, lo será aún más para medir la calidad de los valores que nos animan como sujetos constitutivos de un tejido social complejo.

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  • Damnificados de ocasión

    Periodista y docente. Comunicador social, magíster en literatura. Ha trabajado en múltiples medios escritos y en radio, en Manizales y en Pereira. Editor y asesor editorial. Cofundador de la revista digital La Cola de Rata. Ganador de varios premios y reconocimientos nacionales por su labor periodística. Coautor de los libros: Los hilos visibles del tejido social; Ecorregión Eje Cafetero; Pensamiento y palabra; Luis Tejada, 100 años.

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