Se nos cayó Berlín, nuestro barrio

Escribir a lo mejor sea eso: levantar nuevamente las casas que ya no existen, abrir las puertas que quedaron debajo de los escombros, sentar otra vez a nuestros muertos en los andenes y permitirles conversar durante un rato con sus historias de ultratumba.
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Se nos cayó Berlín, nuestro barrio

El barrio era una frontera,

un límite, una patria chica.

Mario Benedetti.

Berlín, el barrio en el que nací y viví gran parte de mi vida, está en ruinas; se derrumbó, se desplomó y su geografía urbana quedó irreconocible; sin embargo, su territorio como memoria echó raíces en lo más profundo de mi corazón e hizo de mí un pillo buena gente, como dice la canción.

Las lenguas viperinas han comentado, a lo largo de los años, que en ese caserío de gente pobre y humilde sólo se crían viciosos, atracadores, carteristas, cepilladores, apartamenteros, jíbaros, sicario, putas y una variedad de animales humanos con sangre maleva. Eso, quizá, sea cierto. No puedo negarlo porque, y con orgullo lo diré, pertenezco a la misma especie. Lo que no dicen, pero sí lo haré yo hoy, es que allí, en ese barrio marginal, conviven personas honestas, obreros que se rebuscan el pan diario con su trabajo digno, así sea vendiendo empanadas en una olla, trasegando la ciudad con un carrito de tintos, haciendo uñas a domicilio, reparando mecánicamente carros y motos en talleres pequeños, metiendo el culo cada vez que la administración local los contrata para parchar el asfalto deteriorado de Pereira; en fin, mis vecinos de Berlín son, en su gran mayoría, personas que obran y profesan el bien.   

Después del terremoto, fui a ver a mi querida madre el miércoles 12 de agosto; al advertir la devastación mi corazón se constriñó y las lágrimas rodaron por mis mejillas, salando mi existencia. Con estas imágenes crudas que no olvidaré jamás entendí algo vital: hay lugares que uno abandona pero que jamás terminan de abandonarlo a uno. Este es mi caso. Me fui del barrio hace unos 15 años; no obstante, existe algo en su genética del cemento que me atrae, que me hace recordarlo cada vez que estoy en una charla, en una conferencia o escribiendo palabras como las que leen ahora. Soy, en definitiva, lo que aquel barrio humilde forjó en mí.

Se nos cayó Berlín, nuestro barrio
Barrio Berlín, Pereira. Crédito: Fabián Hincapié-@Fa.hin

A lo largo de mis años, jamás imaginé, ni en las peores de mis ficciones, que Berlín caería al suelo como un castillo de naipes mal armado. En mis fantasías literarias creía que permanecería allí eternamente, encaramado sobre Pereira, atisbando desde su altura cómo la urbe envejecía allá abajo, en el centro.

Ante la debacle, yo estaba segurísimo de que sobrevivirían sus casas antiguas, sus andenes estrechos, sus zaguanes, sus construcciones maltrechas, sus esquinas bandoleras. No fue así. La indomable fuerza de la naturaleza se sobrepuso a las quimeras de mi mente. Hoy, las puertas abiertas, las ventanas desde donde alguna señora vigilaba la cuadra y esos parches esquineros en los que se reunían mis parceros ya no existen, se hicieron humo, se fueron con el huracán de la tragedia. Escasamente habrá una fotografía en algún álbum marchito de aquellas familias que escaparon, por segundos, de la destrucción.

Este terremoto me dejó algo claro: nada de lo que hacemos los humanos permanecerá para siempre; somos, más bien, frágiles y volátiles; un simple punto diminuto que la gran bestia del universo aplasta sin ni siquiera enterarse.

¡Se nos cayó el barrio, hijueputa, se nos cayó Berlín! ¡Cuánto me dueles!

Se cayeron esas edificaciones rústicas que se alzaban hacia la inmensidad; se agrietaron las casas que, durante décadas, guardaron en silencio los secretos familiares; se vinieron abajo las habitaciones en las que hubo alumbramientos, discusiones de pareja, amoríos entre sábanas desordenadas; se derrumbaron los bares y los billares en que nos embriagábamos y hacíamos del ocio un aliado inimaginable; se atestaron de ruinas y escombros las calles en las que jugábamos los picaítos con un par de porterías improvisadas con dos piedras; nos quedamos sin el sostén de muros y postes donde colgábamos las serpentinas navideñas; todo quedó tan expuesto y a la intemperie que no sé, aún, cómo nos repondremos de esta, cómo nos reconciliaremos para volver a vivir, a vivir en el barrio que tanto nos dio.

Se nos cayó Berlín, nuestro barrio
Barrio Berlín, Pereira. Crédito: Fabián Hincapié-@Fa.hin

Lejos de Berlín, sentado en una morada distante en la que mi esposa y mis suegros me brindan un poco de amor para consolar mi agonía, leo, entre las imágenes devastadoras de mi mente, algo que no me deja en paz: Berlín se cayó como si un monstruo antiquísimo y poderoso hubiera arrancado brutalmente las tapas de un viejo libro para mostrarnos todo aquello que alguna vez fuimos.

Con este evento trágico comprendí que, cuando se destruye una casa antigua, no se caen solamente ladrillos; también se desploma gran parte de nosotros y el alma se vuelve añicos, como un plato que se revienta contra el suelo.

Siento un dolor inmenso porque, debajo de aquellos escombros, quedaron sepultadas las voces de quienes alguna vez me gritaron, desde la ventana, que entrara a almorzar con ellos y con sus hijos, mis amigos del barrio. También se perdieron las huellas de los pasos de aquellos infantes que corrían, alegres, por las aceras. Es más: la música que a diario se escapa en un estruendo fiestero de las cantinas y de los hogares quedó en pausa, se detuvo para anunciar, con este silencio mortal, que somos en exceso vulnerables en la tragedia. Ya no veo muchachos coquetos y perfumados echándole los perros a las chicas bonitas del barrio; su corazón enamoradizo dejó de palpitar con el colapso. Las abuelitas y viejitas como mi madre se quedaron sin la iglesia adonde tanto les gustaba ir a rezar, a pedir por los suyos, por sus hijos, por sus parientes; quizá, Dios, sea este el momento preciso para darles la casita que a lo largo de tantos años te han pedido. ¡Amén!

Quienes me conocen saben que soy un ferviente enamorado de lo urbano, de las calles, del cemento, de las esquinas aunque lleve años sin pararme en ellas; de hecho, en mi literatura siempre, y no dejaré de hacerlo, narraré a Pereira, a mi lindo caserío de nombre bávaro, y lo haré porque estoy convencido de que los barrios tienen un alma que raya con lo divino y nosotros nunca lo advertimos.

Por eso duele hasta el tuétano caminar ahora por aquellas calles de mi infancia y juventud y descubrir un vacío, un hueco, una ausencia donde antes hubo una vivienda. Desde acá, desde la lejanía, rememoro el espacio desnudo con las imágenes ancladas en mi mente y, sin proponérmelo, reconstruyo las fachadas, las calles, los quiebres en las esquinas. Aquí estaba la ventana; allí la puerta; más arriba el mirador en el que escuchábamos rock. En estos momentos, no sé si de conmoción y delirio, una certeza terrible irrumpe en mí: con mi memoria a tope reconstruyo lo que la tierra destruyó, y lo reconstruyo tal cual como es, bueno, como fue Berlín. En mi cabeza no soy capaz de ver otro barrio, quiero que florezca el mío, el de siempre, el Berlín de los nadie, el de los señalados, el de los hijueputas porque allí hay más gente buena que mala. Me cuesta concebir que nos puedan devolver aquello que perdimos: el caserío de nuestras entrañas.

Berlín, señores, ya ha sobrevivido a muchas afugias y necesidades. A las épocas violentas, al sicariato, a la guerra entre los límites invisibles, a las motocicletas veloces, a los muertos en reyertas pendejas, a los muchachos valientes que luego quedaron como leyendas de una sociedad indolente. Sobrevivió, créanme, a la pobreza, a la maldita pobreza y al abandono institucional de la administración local.

Frente a los escombros, yo quisiera regresar el tiempo y caminar despacio por aquellas vías destrozadas; desearía encontrarme de nuevo con las figuras que ya no están, con los que se fueron con el terremoto; me gustaría llevar cervezas y parcharme en la zona VIP de la carrera 12 con calle 9 en la que los parceros montaron una sala callejera y hoy, lamentablemente hoy, ya no está; se cayó, se volvió mierda. Me gustaría comprar un dulcecito en cualquiera de las tantas tiendas desaparecidas; sentarme de nuevo, como el gamín que fui y que aún soy, en el andén de la carrera 11 con calle 5, esquina. Qué chimba sería volver a escuchar las historias fantasmales de los viejitos que nos parecían aburridas y que ahora, en este momento de crisis, pagaría cualquier cosa por volverlas a oír.

Se nos cayó Berlín, nuestro barrio
Barrio Berlín, Pereira. Crédito: Fabián Hincapié-@Fa.hin

Yo quisiera, incluso, revivir mis muertos (Leíto, Parra, Monule, Michael, Pescado, Muelas, Richard, La momia, Jairito, Beto) para decirles que se apresuraron por irse al más allá y que tal vez, sólo tal vez, un día decidan regresar a un barrio en el que sus casas ya no estarán.

Escribo esto para la posteridad, pues ningún terremoto podrá borrar de la memoria a nuestro Berlín. Un barrio, o un caserío de gente humilde, jamás desaparecerá mientras exista alguien capaz de recordarlo. Me es imposible negar que este guarapazo sí nos arrancó gran parte de su rostro. Así que, una solicitud especial: quienes alguna vez trasegamos por Berlín, tendremos la obligación moral de reconstruirlo con nuestras palabras.

Escribir a lo mejor sea eso: levantar nuevamente las casas que ya no existen, abrir las puertas que quedaron debajo de los escombros, sentar otra vez a nuestros muertos en los andenes y permitirles conversar durante un rato con sus historias de ultratumba. Imagino a Leíto, ese delantero que no perdonaba en el área, marcándole un gol a la muerte; o a Parrita chicaniando porque era tan lindo que en cada discoteca las mujeres caían a sus pies.

Por eso hoy recuerdo a Berlín; no al barrio herido que dejó el terremoto, sino al otro, al de las casas abiertas, al de las esquinas llenas de muchachos fafarachosos, al de la música a todo taco, al de la gente pobre pero esperanzadora, al de las madres que nos criaron a punta de arepas vendidas en los andenes.

Hoy recuerdo al Berlín que alguna vez creyó, como nosotros, que sería eterno. Si este nefasto terremoto derrumbó nuestro barrio, no permitamos que también derrumbe la arquitectura de nuestra memoria. Por ello les pido una sola cosa: cierren sus ojos y caminen de nuevo por aquellas calles; si lo hacen, Berlín seguirá allá arriba, sobre Pereira, mirando cómo cae el sol al atardecer.

Se nos cayó Berlín, nuestro barrio
Barrio Berlín, Pereira. Crédito: Fabián Hincapié-@Fa.hin

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    Pereira. Escritor, docente e investigador. Profesional en Español y Comunicación Audiovisual de la Universidad Tecnológica de Pereira, magíster en Lingüística. Actualmente adelanta estudios de doctorado en México. Ejerce la docencia en educación básica y universitaria (programas de pregrado y posgrado). Es autor de los libros A la orilla del abismo; Ícaro: simbología y actualización de un mito; Carne para caníbales; Cartografía del mal y Putópolis. Su trayectoria literaria ha recibido importantes reconocimientos: Carne para caníbales obtuvo el Premio de los Lectores de Klepsidra Editores en 2020 y posteriormente fue seleccionada para el Plan Nacional de Lectura, Escritura y Oralidad del Ministerio de Cultura. Esta obra será expuesta en la Feria Internacional del libro en Fráncfort, Alemania. También ha publicado ensayos y artículos en importantes diarios locales e internacionales (Perfil, Argentina); participó como conferencista invitado por Colombia en temas de literatura y periodismo latinoamericano (La Habana, Cuba).

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