Temor y temblor

¿Será que desde ese clasismo malsano que nos han implantado, el término damnificado aplica solo para una estratificación social en específico? ¿Será que ser damnificado nos quita estirpe y nos pone vergüenza?
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Temor y temblor

Por fin y luego de varias noches de insomnio o de despertares abruptos, me atrevo a mirar la pantalla de un computador para escribir lo que otros ya han planteado y que no por ser cliché permanente se vuelve menos importante, la debacle de un movimiento de tierra que estremeció paradójicamente el cielo, un desplazamiento de rígidas placas que se sintió con brutalidad e inclemencia en las losas de concreto del pavimento o en las cornisas más elevadas de una ciudad que esperaba impaciente su decadencia crepuscular en plena mañana de inicio de semana.

Es increíble cómo en menos de dos minutos —para un movimiento como ese significaba para todos desespero y desesperanza— los sueños de una vida se fueran desplomando como castillos de naipes o como edificaciones cimentadas en arenas movedizas. Particularmente creí que el día del fin de los tiempos estaba dando la bienvenida con sus fauces ávidas de gritos y con su umbral abierto de par en par para que todo se fuera dilapidando y desapareciendo como un acto de magia proveniente del interior, de lo desconocido, de lo incandescente, de la furia que no vemos.

Temor y temblor

Particularmente creí que nunca iba a vivir en tierra propia la furia de un temor representado en un temblor, jamás creí que el saludo de dos placas no tan amistosas fuera a traer en la corteza conocida un halo de invisibilidad a raíz de unas columnas extensas de humo a base de polvo. Ese agite físico en la tierra decantó en mí un agite de negación en la cabeza, una negación permanente de saberme mal y la imposibilidad de definirme como un damnificado de un evento que desconocemos en su próxima aparición. ¿Será que desde ese clasismo malsano que nos han implantado, el término damnificado aplica solo para una estratificación social en específico? ¿Será que ser damnificado nos quita estirpe y nos pone vergüenza? ¿Será que hay vacunas sociológicas, antropológicas y económicas que nos impidan tarde que temprano ser damnificados?

Ese lunes, bendito y maldito lunes, conocí la angustia, la fragilidad y la desdicha del impulso y arrogancia de una naturaleza que se ubica desde lo más profundo. Entendí a fuerza de lidia que si bien es cierto que lo que no nos mata nos hace más fuertes, que somos iguales, que un evento no discrimina condiciones particulares y que un día para celebrar también puede ser el presagio de un apocalipsis, el cierre de un ciclo o la festividad más bizarra con la que uno pueda recordar su propio cumpleaños.

Temor y temblor

Intenté negar que todo andaba mal porque veía en medio de las circunstancias una anormalidad normalizada. Vehículos de dos y cuatro ruedas movilizándose con gran velocidad que me definía en la necesidad de llegar a algún lugar lo más pronto posible. Aún así esa mezcla incierta de ligereza en la vía y el deseo de llegar a cualquier parte me posibilitó colisionar de frente con lo que había declarado no real y era que acudía a una debacle, una catástrofe natural que había dejado sueños rotos, emociones fracturadas y condiciones psicológicas fragmentadas y ni que decir de una economía que se volvió escombros, miseria y desolación.

Ese mismo día y luego de haber acudido a mi trabajo, una labor que tiene una responsabilidad mayor pues somos protectores en el amplio sentido de la palabra de menores de edad, logramos con un equipo comprometido, extraer de aquella edificación bamboleante a cada uno de los pequeños y grandes, sanos y salvos. Los ruidos que se hacían más fuertes, estrepitosos e intimidantes por fuera de nuestra edificación, auguraban el apocalipsis demostrativo y figurativo que se estaba dando por fuera de esa microrealidad llamada colegio. Tomé la vía hacía mi casa, pero todo en un silencio ruidoso me generaba la impaciencia de lo incierto y catastrófico. Llegar al hogar nunca había sido tan demorado y perturbador, aun parecía que todo se movía o en su defecto se caía sin distinción social.

La escena quizás más aterradora luego de dejar el lugar de trabajo, después de aguzar los sentidos, en especial la vista para centrarme en la vía que desde allí conduce a mi hogar, era una suerte de escombros físicos, bascosidades edificadas y desperdicios de lo que minutos antes fuera humano. Transitar se hacía tortuoso, espeluznante y muy inseguro, la tierra gritaba desde adentro y los tímpanos exteriores reventaban desde afuera. Pasar por lugares tan emblemáticos de la ciudad venidos a ruinas, demostraban que la fuerza que no se ve es la misma que destruye, crea y transforma, la misma que decide en cualquier hora del día y bajo cualquier circunstancia, emerger sin pudor, sin rastro de timidez y con el frenesí de un presente que en segundo puede mover el futuro.

Temor y temblor

Narrar un viaje de máximo 15 minutos del colegio donde laboro a mí apartamento, jamás fue tan difícil. Gente pidiendo auxilio, fuertes olores a olvido y tristeza, sueños cubiertos de tejas y ladrillos reventados en el umbral de muchas residencias, demostraban con tanta crueldad que ese 10 de agosto sería recordado como el día que el interior que no vemos, dejó la primera gran huella del siglo XXI en relación a los eventos naturales calamitosos, evento que no necesitó mucha publicidad y seguidores en Instagram o una historia corta en Tik Tok para volverse viral en pocas horas.

El viaje exactamente duró 45 minutos, una travesía interminable en un ciudad exageradamente calurosa y bañada por el polvo del pasado, conducción en contraflujo con riesgo de colapso nervioso, transeúntes deambulando y buscando brújula para su camino, estructuras de antaño maltrechas y deshechas y una serie de imágenes apocalípticas auguraban un horizonte yermo cuando por fin pudiese arribar a mi casa. Creía que lo único que encontraría serían los recuerdos de una construcción que fue consumida por un “abrazo” de la tierra, por un bostezo de pereza que salió del fondo y se sintió con fuerza en la superficie.

Ese camino tan sencillo pero tan extenso en tiempo me hizo ser sensible a lo que veía, a lo que mis sentidos percibían, me hizo pensar que ante tamaña destrucción, paradójicamente todos somos iguales porque el que queda sin un lugar donde habitar o limita su espacio vital a unas paredes rotas, no tiene otro nombre que damnificado, desplazado a fuerza natural y que en su condición de “rico” o “pobre” tendrá la necesidad imperativa de movilizarse en busca de soporte, con el objetivo claro de sobrevivir y repensarse con cautela en lo que será y hará. Porque sencillamente, si al rey y al siervo se le despojaran de su traje y quedaran completamente descubiertos, ¿Cuál de los dos representaría la alta nobleza y cuál figuraría como clase no privilegiada?       

Temor y temblor

Desde lo alto de la ciudad y luego de superar aquellas versiones fatalistas del presente de lo que había construido, logré distinguir en una nube polvo, alimentada por una oleada de calor asfixiante, la unidad en la que vivo. Respiré profundo, pensé una y mil veces si lo que advertía era real o producto del deseo incontenible de que esto no hubiese pasado, pero efectivamente allí estaba en pie lo que había sido hasta las 7:35 am, mi casa, mi refugio, mi construcción y mí espacio vital por varios años.

Al ingresar a portería con una premura atroz, al cruzar el umbral de esa pequeña ciudad que llamamos unidad residencial, me di cuenta de la magnitud del episodio. Aquella visión de plena seguridad en la que me creía blindado ante cualquier vicisitud, se desmoronaba como los muros que obstaculizaban el paso ligero y seguro de peatones y vehículos. Paredes rotas como las metas o proyectos representados en caras lánguidas de vecinos, tubos de agua desgarrados, derramando el líquido por cualquier lugar como las lágrimas que caían del rostro de personas y que se escurrían sin detención alguna y finalmente, techos desplazados, como lo que viviríamos los días después de la contingencia.    

Temor y temblor

Mi afán era evidente, saberme vulnerable y con la perplejidad a escala de piel, me llevó a deslizarme rápidamente de mi carro, dejarlo en cualquier lugar, encima de rocas que alguna vez fueron muros de apartamentos y residuos de tejas caídas, exponiendo incluso la humanidad de algún que otro vecino y casi que obstaculizando el paso para la atención de alguna que otra emergencia, si alguna que otra emergencia, como si la que acabábamos de presenciar no fuera suficiente.  

Crucé la entrada como pude. Por encima de bloques, ladrillos, agua y cemento hecho polvo. Uno que otro vecino me gritaba desde lejos que subir significaba un riesgo, que priorizara entre la vida o lo que estaba guardado como tesoro en mi apartamento, evidentemente no hice caso, me hice el desentendido, mala decisión, pero entenderán ustedes que la emoción a veces puede más que la razón. Me alcanzó más mi afán de ascender por los cuatro niveles de escalas a mi hogar; mi interés de abrir con una llave la portezuela de lo que a inicio de día era un espacio confortable y habitable.

Temor y temblor

Luego de abrir el portón y de inspeccionar el gran desorden ocasionado por la magnitud e intensidad de un escupitajo interno, me cercioro de unas paredes hechas grietas, un techo venido a menos y un cielo raso fraccionado en cientos de partes que cubrieron sin uniformidad la litera, la mesa de noche y el piso en madera. Libros, biblioteca, souvenirs y ciertos electrodomésticos en lugares que no eran los habituales, un desplazamiento tan irregular como si tuvieran vida propia y hubiesen caminado sin rumbo después de mi salida.

Un ladrido agudo y triste se escuchó en medio del desorden. Un gruñido que anticipaba felicidad y emoción lamió de salto mi cara, no se quería desprender y casi que con su movimiento involuntario de cola y cadera me agradecía que por fin estuviese ahí, que la cubriera y protegiera y que no la dejara sola protegiendo de fuerzas invisibles una casa que a todas luces fue vulnerable. Ahí mis vecinos entendieron porque la premura y porque el temor y temblor que experimenté al bajar de nuevo a la planta baja.                  


¿Usted o alguien que conoce necesita acompañamiento psicosocial luego del terremoto? Comuníquese al teléfono 123, opción 3, línea habilitada por la Alcaldía de Manizales.


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    Manizales, 10 de agosto de 1983. Docente de ciencias sociales desde el año 2008 hasta el año 2024. Después de ese año, coordinador de las instituciones educativas Alfredo García – Pablo Emilio Cardona, de Pereira. Licenciado en Ciencias Sociales y Magister en educación de la Universidad de Caldas y docente catedrático de algunas universidades de Pereira.

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