
Los primeros habitantes de Manizales, cuando era un pueblo más consolidado, construyeron sus primeras viviendas permanentes con las técnicas aprendidas en Antioquia: muros robustos en tapia pisada o con adobes. En el centro de la ciudad incipiente, las viviendas se erigían hasta los dos pisos.
Pero, ¡oh, sorpresa!, la fuerza de la naturaleza se hizo sentir. Una serie de temblores en 1875, 1876, 1878, 1884 y 1885 destruyeron parte del incipiente poblado y generaron pánico entre los habitantes. Se pensaba que los movimientos telúricos estaban asociados al volcán, por lo cual la ciudad ganó fama entre los pueblos de la región.
Los muros pesados de los segundos pisos se cayeron, y algunos habitantes empezaron a reconstruirlos con las maderas locales, que aguantaron los temblores posteriores, dando origen a lo que llamaron el “estilo temblorero”, que adoptó el resto de los pobladores de Manizales y que influenció al resto de la región. Así, a pesar de tanto temblor y de la fama, Manizales siguió creciendo.
El estilo evolucionó y se tecnificó. Los árboles maderables empezaron a escasear, lo que incentivó el uso de la guadua, que era llamada “la suplefacta”, o sea, la que servía como complemento a las resistentes maderas o la que servía para construir los ranchos temporales. Poco a poco, el “estilo temblorero” cambió sus primeros pisos de tapia por maderas, maderas por guadua, hasta llegar a construir edificaciones públicas de tres y hasta cuatro pisos, como el colegio Juan XXIII y la anterior Catedral de Manizales. En la época, se llamaban las casas de madera; hoy les llamamos casas de bahareque.
Su piel también se transformó: el bahareque era relleno de cagajón; luego se cubrió con maderas, sobre todo en poblados más fríos, como se conserva hoy en San Félix o Murillo. Otros lo cubrieron con latas metálicas, exportadas y muy modernas para la época, hasta llegar a cubrirse con un revoque de cemento. El alero, esa parte del techo sobresaliente que hoy se ve tan bien preservada en pueblos como Neira o Salamina, servía para proteger de la lluvia todos esos recubrimientos y las maderas de las estructuras.
Hace 100 años, Manizales era un “guadual urbanizado”, como algunos visitantes de la época lo llamaron. Era una ciudad construida a punta de guadua y maderas que había desarrollado su propia técnica constructiva, que, a la vez, permitía construir viviendas con los estilos “modernos” y “de catálogo” de la época. Fue la edad de oro del bahareque. Era una ciudad sismorresistente, liviana y homogénea. Pero llegaron los incendios de 1925 y 1926 y, de sus cenizas, nació el mito del “material”.
Fue la oportunidad perfecta, entonces, para que el “estilo republicano”, tan de moda en esa época, se instalara en la ciudad. Las calles se ensancharon y las edificaciones eliminaron aleros y balcones, llenando sus fachadas de pesada ornamentación en cemento, muchas de las cuales hoy vemos caídas en el centro de la ciudad. Así y todo, la mayoría del conjunto de arquitectura republicana del centro histórico de Manizales siguió en pie y es hoy en día patrimonio cultural de la nación. De ahí, la ciudad creció y creció, el “estilo temblorero” se fue olvidando y el “material”, todo aquello que se construye con cemento, ladrillos, etc., predominó.

Soy de la generación que creció en un edificio de apartamentos. Tengo traumas de los temblores de 1995, 1999 y muchos otros más que me tocaron en un cuarto piso. Tengo vivo el recuerdo de cada uno de ellos. Mis peores pesadillas tienen lugar en ese apartamento, mientras se cae en un terremoto.
Estudiando arquitectura, quise ver todas las materias posibles para entender el funcionamiento de las estructuras y grandes maestros me convencieron de las bondades de la guadua y la madera. Me prometí, desde muy joven, que viviría en una casa en el campo, aplicando las normas sismorresistentes estrictamente, pero, sobre todo, para poder salir al prado y escapar de un gran terremoto. Gracias a la vida, así fue. Después del terremoto del 10 de agosto, aún con el corazón en la mano, abracé las columnas de guadua de mi casa.
Hoy más que nunca pienso en aquel “guadual urbanizado” y quiero defender lo que entendieron y tecnificaron nuestros ancestros. Con tecnologías contemporáneas, las construcciones con guadua o con madera de cultivo tienen todas las cualidades para levantarse en este territorio. En nuestro caso, la que era “suplefacta” hoy puede ser la principal:
La guadua es un material orgánico que crece rápido y se degrada. Es un material tan resistente a compresión comparado con el metal. La guadua es liviana, lo cual es conveniente para la construcción en ladera. La guadua es flexible, es decir, sismorresistente. La guadua es maleable, lo que permite la autoconstrucción. La guadua es un material que crece en la región, por lo cual es asequible, económica y su transporte no genera casi huella de carbono.
Ahora, una construcción en guadua, que es un material natural, tiene también su propia vida, como el cuerpo humano. Requiere de más mantenimiento, se enferma, se cura y también se muere. Le exigimos mucho a las construcciones en bahareque del centro histórico, pero a veces olvidamos que están en pie hace 100 años. Así y todo, sigo en su defensa, así tenga que cuidarla como debemos cuidarnos a nosotros mismos.
Los seres humanos constantemente desafiamos a la naturaleza. Los avances tecnológicos en ingeniería son asombrosos. Es increíble ver cómo edificios altos en Manizales, sobre la cresta, siguen intactos. Ahí la importancia de construir SIEMPRE bajo la norma sismorresistente, sea cual sea la técnica constructiva.
Pero la naturaleza nos recuerda que a veces no es tan bueno desafiarla, porque su fuerza puede con todo, mucho más de lo que alcanzamos a razonar. Por eso, elijo construir con respeto hacia ella en este lugar que decidí habitar.

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