La belleza y el terror

El cirujano levantó la cabeza, miró la puerta, dio dos pasos hacia atrás, se quitó los guantes apenas por instinto mientras yo me paraba de la silla frente a la máquina de anestesia.
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Miré el monitor que marcaba la frecuencia cardiaca, la presión arterial y la oximetría. Todo iba bien. Sonaba Julieta Venegas en el parlante y el cirujano, un conocido otorrinolaringólogo, operaba sin afanes pidiendo pinzas y gubias, alzando apenas la voz.

Me senté y busqué la aplicación de El País para mirar las noticias de la mañana, pero entonces en la pantalla de mi tableta apareció un rectángulo brillante sobrepuesto sobre los demás: AVISO DE TERREMOTO, y justo en ese momento comenzó a sacudirse todo, primero un leve remezón, lo suficientemente fuerte como para que las enfermeras dieran la alerta. “Está temblando”, dijeron a coro Gloria y Carol, el cirujano levantó la cabeza, miró la puerta, dio dos pasos hacia atrás, se quitó los guantes apenas por instinto mientras yo me paraba de la silla frente a la máquina de anestesia, ponía las manos sobre los bordes de la mesa quirúrgica sintiendo que el mundo se sumergía en el vaivén del desconcierto de las 7 y 34 de la mañana del lunes 10 de agosto de este año que nunca vamos a olvidar.

Creo que dije que guardáramos la calma, creo, digo, porque a mí, como a la inmensa mayoría de los mortales, los temblores o seísmos, como dicen en España, me producen un temor reverencial. No conozco el protomacho que no trague saliva y se ponga pálido con la primera sacudida de la madre tierra. Creo pues que dije que no podíamos salir corriendo porque teníamos paciente en sala, es decir, que a nuestro lado y a nuestro cuidado una persona de carne y hueso dormía bajo los efectos de la anestesia y en estas circunstancias, “deber antes que vida” dictan las sagradas órdenes de la profesión. El cirujano se aferró a la cabecera de la mesa, Johana, la instrumentadora apenas atinó a mencionar a su hijo solo en casa; las enfermeras se abrazaron y se dieron ánimos guapeando en medio del abominable vaivén, mientras yo, espantado pero haciendo de tripas corazón, trataba de mover el cabezal de las lámparas del techo por si se desprendían no me fueran a golpear.

Creo recordar, todo se mueve, todo es muy confuso, que en medio de la barahúnda la música sonaba, iba y venía, y también que extrañamente, no caían objetos al piso, no se sentía ninguna quebrazón en mi quirófano, tampoco se oían gritos ni estridencias y me estaba diciendo que la tembladera estaba pasando de dura a redura y de larga a interminable cuando el innombrable decidió sin aviso cambiar de sentido o sea, moverse de izquierda a derecha , y alguien dijo si no sería mejor salir antes de que pasara algo, pero para qué más si ya estaba pasando, y no sabíamos qué más decir o a quien más invocar cuando comenzó a mermar el pavoroso zarandeo y las cosas lentamente recuperaron de a poco su quietud habitual, y enseguida hubo un breve silencio y un largo suspiro y un silábico reporte desde dentro de uno mismo: “creía que hoy sí era el fin del mundo”, dijo Carol; » mi esposa está sola y en la cama”, dijo el cirujano con voz acongojada; “cómo estará mi hijo”, volvió a decir Johana, a punto de quebrarse. “Qué habrá pasado con mis gatas”, dije yo. Y luego me imagino que cada uno de los restantes pasajeros de aquel barco encallado en medio del horror debió suspirar hondo pensando en su mamá allá solita, su papá desconcertado, sus hermanos donde fuera que estuvieran, las mascotas indefensas, la casa desentejada donde a todos nos esperan, donde alguien también preguntará por uno, allí donde nadie sabe donde.

¿Y el paciente? Signos vitales estables, dije yo y el cirujano se lavó a toda prisa y volvimos al puesto temblorosos y amedrentados pero la operación no podía quedar a medio andar y apuramos la tarea y llegó la jefe del servicio y nos dijo que todo bien, que no había reporte de daños pero tenía orden de evacuar porque venían réplicas y era mejor prevenir y etcétera. Sacamos al paciente a recuperación medio adormilado y todavía pienso en qué dirá cuando la gente le pregunte qué estaba haciendo a la hora en que el mundo se salió de sus goznes y apenas atinará a decir que en cuanto a él, el apocalipsis lo encontró en el otro mundo.

Pasado el susto, aunque el susto no pasa, se queda ahí como una suspiradera, una incómoda inminencia, una hartura del alma que no calma, en fin, pasado el susto, digo, cada uno comienza a tasar el daño, como decían las tías de Aranzazu, es decir, a mirar qué pasó en el entorno, en la casa, en la familia, en las personas más cercanas. Me acuerdo del terremoto de 1979, el 23 de noviembre a las 6:40 p. m., comenzando la noche. Estaba yo en el café Adamson que quedaba en la carrera 23 esquina de la calle 24, al pie de la Calle del Tango, cuando comenzó a temblar la tierra de modo tan intenso y pavoroso como este de ahora, aunque aquella vez, para completar el drama, se fue la luz. Los que estábamos allí, tomando café o jugando billar, salimos corriendo despavoridos y nos apretujamos en la entrada oyendo el crujido de la madera vieja de las edificaciones del centro y el golpear de las tejas contra el pavimento. Acabado el sismo, salí corriendo para el almacén que tenían papá y mamá en la 23 cerca del parque de Caldas, Cuando llegué, los encontré atareados vendiendo pilas para transistor. Lo que son los signos de los tiempos. En esos días lo que tocaba era pegarse del radio de pilas y oír a Yamid Amat y Juan Gossaín dar los informes de los daños en las zonas afectadas. Comenzaban llamando indefectiblemente al Padre Rafael Goberna, director del Instituto Geofísico de los Andes, quien se encargaba de proporcionar la data científica del movimiento telúrico, como se empeñaban en repetir una y otra vez Amat & Gossaín, cuántos grados Mercalli, cuántos Richter, dónde fue el epicentro, cuántas réplicas había que esperar, y todo lo que hoy nos llega inmediatamente a través de un mensaje por el móvil. Ya no hay radios de pilas, ni siquiera los celadores los llevan, solo celulares, y eso está bien porque las comunicaciones son más ráṕidas, terriblemente rápidas, y las malas noticias vuelan de un lugar a otro del mundo, acompañadas de videos, fotos y noticias ciertas, probables y falsas.

El primer mensaje por el chat familiar lo tengo marcado a las 7:36, es decir, tan pronto terminó el remezón, Milena, mi sobrina de Pereira, escribió: “Cómo están todos. Fue un terremoto terrible” (emoji de manos entrelazadas en oración). Un minuto después, Paula, mi sobrina, que trabaja en los juzgados penales de San José, escribió: “El edificio de los juzgados se está cayendo” (emoji de carita llorando a raudales). Enseguida hay una larga hilera de mensajes de toda la familia contando cómo les fue, diciendo que estaban bien, que menos mal ya pasó todo, los de Pereira, los de Cali, los de Bogotá, noticias no faltaron, tampoco la consabida colección de emojis. Sin embargo, a las 8 y 22 comenzaron a llegar fotos enviadas desde Buenos Aires república Argentina por mi sobrino Carlos Andrés, que mostraban escenas terribles de la devastación que sufrió el centro de Manizales. Entre las imágenes que mandó Carlos Andrés, hubo una que me produjo escalofrío y repelús a partes iguales: la esquina de la carrera 23 con calle 24 se veía irreconocible, destruida, vuelta una escombrera. Por todas partes se arrumaban ladrillos, bloques de concreto, pedazos de muros, cascotes lamentables de las edificaciones cercanas, justo en la esquina donde hace muchos, muchos años me guarecí de otro terremoto en la puerta de un café al pie de la calle del tango.

El consuelo que me queda estos días son estos versos de Rainer María Rilke:

Deja que todo te acontezca: la belleza y el terror
Y sigue adelante. Ningún sentimiento es definitivo
No te permitas perderme
El lugar que algunos llaman vida ya está cerca
Lo conocerás por su llaneza
Toma mi mano.

Casa azul destruida por terremoto
La Esquina del café Adamson y la Calle del Tango
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  • La belleza y el terror

    Aranzazu, Caldas. médico anestesiólogo, escritor. Ha publicado De cómo Johny el leproso se anticipó a la muerte (2011); Los dormidos y los muertos (2018); La vida que nos merecemos (2025). Actualmente prepara la novela La obtusa marginal.

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