
Desde la panadería de la esquina, mientras el mesero dejaba los desayunos sobre la mesa, vimos cómo al otro lado de la calle un camión retrocedía torpemente sobre tres de los parqueaderos de visitantes del edificio Guadalupe, incluido el destinado a personas con discapacidad.
Al detenerse, un hombre sudoroso, desconcertado y envuelto en polvo abrió la puerta del camión y atravesó el portal hacia una dimensión desconocida. Achinando los ojos, examinaba las nomenclaturas mientras se rascaba la cabeza tratando de descifrar su entorno.
—“Mierda, llegó el trasteo”, le dije a Claudia mientras miraba con resignación los huevos todavía humeantes. “Voy a recibirlos amor, ya vuelvo”. Me sentía estúpidamente orgulloso por el sacrificio heroico de abandonar el desayuno. Respiré hondo, tomé un único sorbo de café y atravesé la avenida Guadalupe con el deseo vergonzante de que el camión estuviera buscando otra dirección.
—“¿Vienen de parte de Martha y Miller?”, le pregunté al confundido extraterrestre, mientras su ceño fruncido se transformaba en sonrisa de alivio por haber tocado tierra firme.
La comunicación con mis papás es muchas veces lodosa y enigmática. Esa madrugada, aún en Armenia, habían decidido enviar primero el camión con el trasteo para terminar de despedirse de ese pedacito de alma que dejaron en el apartamento que los había acogido durante la última década. Yo me había enterado ese mismo día, unos segundos después de ordenar el desayuno en la panadería y apenas unos minutos antes de la llegada del camión.
El trasteo era un episodio más de “¿Pero por qué hicimos tal cosa si quedamos en tal otra?”; “¿Pero no habíamos quedado en tal cosa??“; “¡¿Ahhhh, sí?¡, es que yo pensé que te referías a tal otra”. Cada uno de nosotros interpreta el enjambre de mensajes según su propia lógica, lo que trae algunas confusiones. Así que, con resignación, asumí el rol de capitán provisional del trasteo. Mientras el celador, el extraterrestre y yo trazábamos la mejor ruta para subir las cosas, yo redactaba un discurso que evidenciara mis sacrificios personales y cómo esto se podía evitar con una mejor comunicación.
—“¡Hola hijo ¡”, me saludó mi mamá media hora más tarde, entrando al apartamento, con una pinta tropical, pequeñas gotitas de sudor en su nariz y una sonrisa que iluminaba el inicio de una nueva vida en Cali.
Hice un gran esfuerzo para sostener mi enojo postizo, pero entonces otra sonrisa irrumpió con un estruendo que terminó de derrumbar mi fachada de cartón:
—“¡Hola hijito¡”, dijo mi papá mientras desplegaba sus brazos.
Mi plan se me desmoronó. Otra batalla felizmente perdida.
Luego de un abrazo de triángulo, tan eterno como efímero, diluido por el calor caleño, mis papás dijeron: “bueno, ahora vamos a comer”. Pensé en decirles: “¿Y es que al trasteo le salieron patas y va a subir solo?”, o reprocharles que ni siquiera yo había alcanzado a comer por venir a ayudar. Pero lo cierto es que la paradoja me pareció tan conchuda que solo me causó risa. “De pronto alcanzan a comerse mi desayuno, todavía debe estar tibio”, pensé.
Claudia me llamó desde su cuartel general en la panadería. Con la claridad que solo tienen quienes se han saciado y reposado lo suficiente, aceitó y afinó la cadena humana que llevaría las cosas desde el camión mal parqueado hasta el sexto piso. La cumbre de la torre A de Guadalupe se preparaba para transformarse de apartamento en hogar. Me imaginaba a mi papá diciendo: “Mira Martha, todo lo que toca la luz es tu reino”. Desde allí ellos podrían vigilar sus nuevos territorios: los vecinos haciendo aeróbicos en la piscina, los eventos en la terraza del Mall plaza y escuchar los conciertos en la plaza de toros, quiéranlo o no.
La cadena comenzaba por mi tío, encargado de hacer la curaduría para que los ayudantes del trasteo no descargaran sus sombras y frustraciones sobre las pertenencias de mis papás. Mientras tanto, otro de los ayudantes se autoproclamó guardián del ascensor y desde la puerta que nunca abandonó, miraba cómo mi papá subía y bajaba bañado en sudor, cada vez más colorado.
Los demás estábamos en la cima. Claudia y yo llevábamos las cajas cuidadosamente marcadas y las dejábamos en sus respectivos cuartos, mientras mi mamá destapaba lo esencial: papel higiénico, vasos, un ventilador y la media nona reasignada como trapito. Poco a poco íbamos dibujando la casa: armando el comedor, moviendo la sala de un lado a otro, decidiendo cuál sería el cuarto principal, poniendo las plantas donde más les pegara el sol.
Estábamos agotados y contentos, esperando ansiosos a que cayera la noche para celebrar el inicio de una nueva etapa. No parábamos de describir las bondades del barrio: la cercanía del centro comercial, la tranquilidad de los vecinos, los buenos precios de la panadería de la esquina y lo chévere que sería volver desde el Petronio sin esperar por un taxi. Todo nos parecía tan bonito que mi tío y yo decidimos bajar por otra tanda de cervezas para darle un tiempo extra a la noche.
Menos de tres meses después, ese segundo lunes de agosto, volví a cruzar la misma calle desde la panadería con los ojos clavados en el edificio, pero con una sensación muy diferente. No era necesario poner atención al tráfico porque todas las calles alrededor estaban cerradas. Al igual que el día del trasteo, Claudia me acompañaba. El edificio junto a la tienda donde había comprado las cervezas con mi tío ya no estaba y el conjunto Guadalupe, destinado a convertirse en el hogar de mis papás, se había transformado en un amasijo asimétrico de polvo, ladrillo, concreto y varillas torcidas.
Parecía que el edificio se había encogido. El sexto piso estaba a la altura del cuarto y entre el caos se movía otra cadena humana, esta vez conformada por héroes con linternas y cascos que se filtraban entre las grietas buscando susurros, quejidos, suspiros. Cualquier señal, cualquier movimiento. La cadena humana ahora bajaba escombros y buscaba vida. Poco a poco me fui adentrando en una marea de vecinos desconocidos y familiares incrédulos que contenían la respiración, con la córnea cubierta de polvo, contemplando el paisaje surrealista, inverosímil. Ese lugar tan lleno de proyectos y espejismos idílicos se había convertido en un epicentro de incertidumbre apocalíptica.
Los mismos ladrillos que acogieron la cabecera de la cama ahora estaban dispersos en la calle. El muro del cuarto de mis papás había colapsado y desde la calle 3ª veía la raqueta verde mata-zancudos que mi papá dejaba bajo la almohada. También se veía la silla plástica negra, tan fea como útil, y la lámpara redonda de papel que atenuaba la luz de la habitación. La escena estaba llena de figuras tan familiares como distantes. Era como si alguien hubiera metido todos los recuerdos, papeles, álbumes, cartas, todo en una licuadora y luego hubiera abierto la tapa para exhibir un collage lúgubre de la vida de mis padres.
La historia de mis papás convive con otras historias ocultas por el polvo de las estructuras colapsadas. En Guadalupe hay al menos 47 historias más. Hay quienes estaban solos. Hay quienes pudieron salir o quienes ayudaron a salir a otros. Hay quienes saltaron desde sus ventanas. Hay quienes nunca salieron. Y así también en el conjunto de la vuelta de la esquina y en el de dos cuadras más adelante. Así en Manizales, en Buenaventura y en el litoral pacífico. Entre las miles de historias enmarcadas en una misma tragedia, solo pude agradecer que esa mañana del 10 de agosto mis papás hubieran estado a miles de kilómetros de distancia y abrazar con la mirada a quienes no tuvieron esa fortuna.
Ahora el destino es un lienzo en blanco esperando a que mis papás decidan qué pintar. A veces nos da ansiedad pensar cuál será el resultado final del cuadro. Pero hay algo que me hace sentir aliviado: tenemos un lienzo. Y aunque mis padres son los dueños de los pinceles y los trazos, quienes los queremos estaremos ahí para ayudarlos a escoger las pinturas y los colores. No sé cómo se verá el cuadro al final, pero sé que será hermoso y será pintado a muchas manos.
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