De Chipre a Palermo: despiértame cuando pase el temblor

El Centro es el corazón de nuestra rutina; allí transcurre la mayor parte de mi vida, trabajando codo a codo con mi hermana y dos compañeras más en nuestra empresa de bisutería y accesorios.
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De Chipre a Palermo: despiértame cuando pase el temblor

Corrí descalza. En pijama, con la respiración entrecortada, junto a mi hermana y mi mamá. Bajamos apresuradamente los cinco pisos por las escaleras de emergencia de Torre 40, el edificio donde vivimos sobre la Avenida Santander. Al salir a la calle por el tercer nivel, la tierra aún se sacudía bajo nuestros pies; no me explicaba en qué momento iba a parar esa sacudida interminable. Nos abrazamos con una fuerza casi desesperada, sumidas en un pasmo absoluto del que solo empezamos a despertar minutos después, cuando el temblor cedió. Fue entonces cuando una vecina periodista nos mostró en la pantalla de su teléfono las primeras imágenes que circulaban por el chat de prensa de Manizales: la majestuosa torre de la Catedral Basílica fragmentada, mostrando las grietas imposibles que dejó el terremoto.

El reingreso al edificio estaba prohibido hasta que los ingenieros evaluaran la estructura piso por piso. Hacia las nueve de la mañana, en un descuido, intenté volver,  la puerta de nuestro apartamento estaba abierta. Sin celulares y sin un solo peso en el bolsillo, la única alternativa era arriesgarlo todo: entrar corriendo para rescatar teléfonos y algo de calzado mientras avanzaba la revisión técnica. Respiré hondo, corrí, lo logré y volví a salir a la calle con el corazón batiéndome en el pecho. El pánico no cedía: me decía a mí misma que si semejante coloso como la Catedral había sufrido tales daños, en el Centro nos esperarían escenas desgarradoras. El Centro es el corazón de nuestra rutina; allí transcurre la mayor parte de mi vida, trabajando codo a codo con mi hermana y dos compañeras más en nuestra empresa de bisutería y accesorios.

El tiempo parecía haberse congelado en la ciudad mientras el suspenso se volvía cada vez más denso. Las redes móviles colapsaron, así que la única forma de saber del otro era el rumor callejero, el voz a voz. Con veinte mil pesos que nos prestó generosamente el portero, abordamos un taxi rumbo a la casa de nuestra familia en el barrio Villapilar. Al cruzar frente a la Iglesia de Cristo Rey, contuve el aliento: desde la ventanilla vi que la imponente cruz que siempre observaba a lo lejos desde mi ventana yacía destrozada en el suelo. El miedo me golpeó de nuevo. Tenía la batería agotada, no podía grabar ni tomar fotos, y el taxista, sin señal de radio, decidió desviarse por el barrio San José, donde una extraña y casi espectral calma cubría las calles.

De Chipre a Palermo: despiértame cuando pase el temblor

Al llegar a Villapilar, el alivio de encontrar a la familia a salvo nos devolvió el aliento. Tampoco había energía eléctrica y, en la casa de mi tía, la única secuela del remezón era una figura del Niño Jesús que había quedado colgada milagrosamente de una sola mano sobre su repisa intacta. Los minutos corrían entre la desconexión y las historias que la gente traía de la calle. Desayuné, me duché, me refugié en el abrazo sanador de la familia materna y, a las 11:40 a.m., tomé un bus de regreso hacia la Avenida Santander. Durante el trayecto por Campohermoso, evité fijar la mirada en las fachadas, temiendo lo que pudiera ver.

De nuevo en la torre, conseguí llamar a un cerrajero desde el teléfono del portero. Llegó cuarenta minutos después, visiblemente agotado y angustiado. Me confesó que la ciudad entera era un caos de cerraduras bloqueadas, marcos descuadrados y puertas atrancadas por escombros del otro lado; llevaba más de diez emergencias atendidas y sentía que sus fuerzas se agotaban. Diez minutos más tarde logró vencer la cerradura. Al entrar, para nuestro alivio, el apartamento estaba intacto, salvo por un cuadro y la figura dorada de un elefante que yacían en el piso. Puse a cargar el teléfono y encendí las noticias por Alexa. Aunque el agua fría de la ducha me había reanimado, la sensación del movimiento telúrico y el vértigo del miedo continuaban vibrando dentro de mi cuerpo.

De Chipre a Palermo: despiértame cuando pase el temblor

Tardamos tres días en poder volver al Centro. Recorrer sus calles fue como adentrarse en un laberinto cercado por cintas amarillas de precaución. El tráfico de la carrera 21 estaba paralizado, obligado a peatones y vehículos a volcarse desordenadamente sobre la calle 22. Intentamos subir por la tradicional «Calle del Tango», pero los acordonamientos nos obligaron a desviarnos por la 21 hasta alcanzar la Alcaldía. Antes de abrir el local, nos tomamos un café en silencio para calmar los nervios y prepararnos psicológicamente para el escenario de ruina que imaginábamos encontrar dentro.

Cuando finalmente giramos la llave y abrimos la puerta, nos quedamos atónitas: en medio del sismo que estremeció a Manizales, en nuestra empresa solo un cuello exhibidor y un collar se habían caído al suelo. El resto seguía en perfecto equilibrio.

Esa misma noche caminamos por Chipre para dejar ir la angustia acumulada y respirar aire fresco, entregándole toda nuestra fe a la luz dorada del atardecer. De Chipre a Palermo, la ciudad se ponía de pie, y la vida volvía a empezar.

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¿Usted o alguien que conoce necesita acompañamiento psicosocial luego del terremoto? Comuníquese al teléfono 123, opción 3, línea habilitada por la Alcaldía de Manizales.


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    Comunicadora social y periodista de la Universidad de Manizales, apasionada por la construcción de contenido incluyente y relevante. Trabaja con la organización Üelkom y fue la productora de la exposición Proyecto Ciego y el Libro Ciego, que involucran en procesos de fotografía a personas con discapacidad visual.

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