Tembló en la escuela

No hubo, en principio, una orden explícita de dejar ir a las niñas. Igual, ni falta hizo. Una compañera se apostó en la puerta y, lista en mano, iba entregando cada muchacha a su papá, a su mamá, a su abuelo.
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Tembló en la escuela

Era el tercer intento de explicar cómo pasaron los humanos de ser nómadas a sedentarios durante la revolución del Neolítico.

—Está temblando, profe…

¿Temblando? No parecía en serio. “Estas muchachas ya no saben qué inventar para interrumpir la clase”, pensé.

—A ver, niñas. Silencio y pongan cuidado…

El televisor del salón se movía de atrás para adelante. Vibraban las ventanas. Los pasillos de la escuela empezaron a llenarse de gritos. Se levantó la primera, que estaba cerca de la puerta, y salió corriendo. Las demás la siguieron en desbandada.

—Tranquilas, de a una y sin empujar.

Me regresé al salón a buscar la paleta del curso, que ellas mismas habían hecho y decorado. La monitora debía portarla para que las demás supieran dónde encontrarnos. Por casualidad —¡y qué casualidad!— para ese día habíamos planeado un simulacro. Sabíamos cuál era nuestro punto de encuentro y qué rutina debíamos seguir. En teoría, al menos.

No faltó la que dijo, en medio de la evacuación:

—Qué buen simulacro, profe, ¿cómo hicieron para que se movieran las paredes?

Estábamos en el patio. Al frente había un edificio de más de seis pisos que bailaba como si fuera de cartón paja. Los pilares que sostenían el domo que cubría la cancha crujían. Mientras la tierra seguía su embestida, yo me preguntaba “¿a qué hora se nos cae esta mierda encima?”.

Con la prisa que permitió el vértigo hice cuentas: había en el patio más de ciento cincuenta niñas.  

La sacudida seguía. En caso de que se desprendiera el techo, el centro de la cancha parecía el lugar más seguro. Si, en cambio, lo que nos caía encima era el edificio de al lado sí no había cálculo que diera.

Una niña dijo, con una tranquilidad asombrosa:

—Está como largo, ¿no, profe?

Los rostros, que hasta hacía menos de cinco minutos se veían risueños, estaban ahora enrojecidos y cubiertos de lágrimas. Más gritos. Vi a través de la reja que los vecinos, los trabajadores de una empresa cercana y los comensales de una panadería salían a la calle. Unos se movían, de una esquina a otra, incrédulos, asustados. Una señora gritaba “¡Dios mío! ¡Dios mío!”.

No creo en Dios. Y no dije “¡Dios mío!”.

“Está como largo”. Solo eso pensé.

El techo no cayó. El edificio tampoco. Siguieron unos momentos de quietud. Ninguna dijo nada. Miraban, a un lado y otro.

De pronto, sonó al fondo una sirena. El celular avisó: “Va a temblar”.

La advertencia llegó con al menos tres minutos de retraso.

Ahora a atender el otro temblor: el de los nervios.

Primero, verificar que todas estuvieran bien, que no faltara ninguna, que la estructura de la escuela —o al menos la visible— no tuviera fallas que implicaran riesgo inmediato.

Una de las niñas se acercó y, en medio de su desesperación, me pidió el teléfono. Se lo di. Fue en vano: no salían llamadas ni mensajes de WhatsApp. Luego, ir grupo por grupo, pidiendo que se sentaran, que tranquilas, que ya pasó, que ya les estamos avisando a sus padres.

—¡Qué susto tan gonorrea!

Di la vuelta, con el ceño fruncido, y con la voz de regaño —que ellas conocen bien— exclamé:

—¡Qué es ese lenguaje!

—Qué pena, profe…

Los padres —al menos los que vivían cerca—, en pijama o vestidos con lo que el afán les permitió agarrar se reunían al otro lado de la reja y llamaban a gritos a Luciana, a Salomé, a Gabriela, a María Antonia.

Les avisé que todas estaban bien. Asustadas, pero bien.

Volví al grupo. Una niña me abrazó. Correspondí con una frialdad que ella percibió. Nada de contacto físico con los estudiantes. Nos lo repiten todo el tiempo. Distancia.

¿Distancia ahora?

Otra se aproximó. También me abrazó y lloró. Le acaricié la cabeza y la rodeé por los hombros.

—Profe —soltó entre su angustia—, es que mi mamá es muy nerviosa.

—Tranquila. Ya les estamos escribiendo a sus padres.

—¿Me regala un minuto?

—No hay señal.

Otro abrazo, a una que, entre su llanto, no hacía más que decir que su abuela sufría del corazón.

—No te preocupes. Seguro que está bien.

¿Cómo iba yo a saber que la abuela estaba bien?

De nuevo, de grupo en grupo:

—Niñas, quédense sentadas. Ya pasó.

—Mi hermanito, profe, no sé nada de él…

Le iba a decir “nadie sabe nada de nadie”.  Contesté otra cosa:

—Ya estamos tratando de hablar con los padres. Calma.

Decirle calma a alguien alterado no sirve para un carajo.

Los padres se agolpaban en la reja. Gritaban tantos nombres que no se entendía ninguno.

Había que atenderlos a ellos también.

—¿A quién busca?

—Juanita de sexto…

—Ya miro…

—María Paz, de séptimo, profe…

—Ya miro…

Al notar que los padres estaban al otro lado de la reja, las niñas se empezaron a amontonar también. Alzaban la cabeza, buscando a su pariente. Ellas mismas llamaban a sus compañeras: ¡María Angeeell! ¡Lucianaaaaa!

Y cinco o seis Lucianas distintas se dirigían a la reja.

No hubo, en principio, una orden explícita de dejar ir a las niñas. Igual, ni falta hizo. Una compañera se apostó en la puerta y, lista en mano, iba entregando cada muchacha a su papá, a su mamá, a su abuelo. En la entrada de la escuela se armó un pequeño trancón de gente que se abrazaba y lloraba. Y en la calle, el trancón era de motos.

Después de las ondas sísmicas, lo que primero se expande es el terror. El medio son las redes, y pasados no menos de diez minutos del sismo, ya se oía entre las niñas que quedaban en la escuela que se había caído la Catedral y un montón de edificios, y que había gente muerta por todo lado. Las noticias no ayudaron a aligerar el susto. Solo se podía decirles que no creyeran todo lo que leían o veían, que esperaran la confirmación de las autoridades.

Resultó que sí se había caído la Catedral —o una parte de ella, al menos—, y otros tantos edificios. Y sí había muerto gente.

Volví al patio. Quedaban bastantes todavía. A una se le ocurrió ponerse a jugar. Niñas, al fin de cuentas.

—¿A ti no te vienen a recoger?

—¡Ah! No sé, profe. En mi casa como que no me quieren…

—Y aquí tampoco… Ya quédate quieta…

Y otra, que se había dedicado a acaparar los refrigerios de las que no quisieron comer, se llenaba con esas galletas duras y feas que les dan en el plan de alimentación escolar.

—A mí del susto lo que me da es como hambre —dijo.

—El mundo se está acabando, y usted solo piensa en tragar —le respondió su amiga.

Todas, incluida la que comía, soltaron una carcajada.

            Me asombró la reacción de algunas. No las de las asustadas, las que lloraban, las que gritaban. Hicieron lo que cualquiera haría. Hablo de las tranquilas, de las risueñas. De las que no dejaron de ser ellas a pesar del cimbronazo que les había acabado de dar el mundo.

Fueron quedando cada vez menos. La mayoría estaban en la entrada, esperando. Una de las últimas, antes de irse, preguntó:

—¿Y usted cómo está, profe? ¿Se asustó?

Solo sonreí.

Cuando no quedó ninguna me acerqué a la reja a ver cómo seguía la calle. Sentado en un andén había un muchacho, en pantaloneta, descalzo y sin camiseta. Cargaba el guacal con su gato y jalaba un perro pequeño de una correa mientras hablaba por teléfono.

            ¿Y yo cómo estaba? ¿Me había asustado?

Volví a ver al muchacho sin camisa. Y al padre que llevaba a su niña de la mano. A la compañera que trataba de comunicarse con su hijo. Al reguero de frutas al lado del supermercado de más abajo. A la señora que lloraba, sentada en el andén, y que seguía diciendo Dios mío.

Entró un mensaje al celular. Mis gatos, mi perro, mi familia: todos bien. Había sido nada más que el susto y algunas porcelanas de la sala rotas.

Me dieron ganas de fumarme un cigarrillo.

Metí una mano en el bolsillo de la bata y busqué un chicle. Me quedaba el último. Ya no temblaba el suelo; solo temblaban mis dedos.


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Tembló en la escuela

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  • Tembló en la escuela

    Politólogo de la Universidad Nacional de Colombia, magíster en Literatura de la Universidad de los Andes y candidato a doctor en Humanidades de la Universidad del Valle. Pasante en el Grupo de Investigaciones de la Comunicación de la Universidad de Manizales.

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