
Como muchos, tuve que dejar Manizales por trabajo. El pasado 13 de agosto de 2026 cumplí cinco años en Bogotá. 25 años de mi vida transcurrieron en Manizales. Mi madre, mi padre, mis hermanas, sobrinos, amigas, profesores, contadora, psicólogo, oftalmólogo, recuerdos, barrio, casa y caminos aún están en Manizales. Parte de mi arraigo está allá.
Esta semana, desde la distancia, me comuniqué constantemente con amigas y familia. Desde el terremoto el pasado 10 de agosto veo y veo, de forma obsesiva, imágenes de los lugares que me componen casi destruidos: colegio, universidad, librería y barrio. Como si, desde la obsesión y la intranquilidad, pudiera volver a armarlos. Una gran amiga, que tuvo que desalojar su hogar en el barrio Milán, escribe en nuestro chat el miércoles 13 de agosto, “estamos muy agotadas, ojalá hoy pueda dormir más. Desde el temblor solo he dormido siete horas”. Le digo que todo se va a ir acomodando.
Siempre he creído que detrás de los lugares comunes que componen las respuestas ante la tristeza y el dolor como “todo va a estar bien”, “todo paso por algo” o “amanecerá y veremos” se esconde sabiduría popular o saber acumulado. Sin embargo, esta vez mi respuesta no tenía nada de eso. Tenía desconcierto y formalidad. ¿Qué se va a ir acomodando? Nada, lo que sigue es demolición.
Hablo con otro amigo que está en Brasil acerca del peso y la extrañeza que significa que nuestras cotidianidades tengan que seguir, pues residimos en lugares donde “no pasó nada”. Me dice el martes 12 de agosto “Vane es que en últimas ellos no lo están viendo como nosotros, esos lugares caídos han sido nuestra vida entera. Esas personas también”. Nos sentimos ahogados por estar tristes, inmóviles y pasmados. En definitiva, estamos vivos. ¿Deberíamos agradecer, estar felices y activarnos hacia el sentimiento arrollador de solidaridad?
Quizás. Los innumerables carretes de Instagram que aseguran que está bien sentirse aliviado y triste a la vez, no me ayudan. Demasiada información, demasiado tránsito hacia el bienestar, demasiado pensamiento para una emoción que, a manera de papa caliente, todavía salta de una mano a la otra. No podemos agarrarla. Solo la vemos ser. Surge la culpa de no poder darle forma de resistencia y acción a esa emoción. De acuerdo con la filósofa Martha Nussbaum*, “en mi análisis Ia culpa es potencialmente creativa, relacionada con Ia reparación, el perdón y Ia aceptación de límites a Ia agresión” . ¿Perdón? Me perdonaré, en algún momento, por no haber estado allá, con ellos, con ella.
Quiero ir. Abrazar a mi mamá. Correr hacia los lugares que, hace dos semanas, vi intactos. La sabiduría familiar, en conjunto, me dice que no es necesario, que espere. Yo espero y esperaré, en silencio, en tristeza, en impotencia, pero confío que, todo eso que dicen de los manizaleños y con lo que casi nunca, hasta ahora, me identifiqué, sea cierto. Un pueblo que construye un hogar en montañas empinadas y al lado de un volcán, solo puede, una y mil veces, volver a hacerlo.
* Nussbaum, M. (2006). El ocultamiento de lo humano. Repugnancia, vergüenza y ley. Kats Editores, p. 245.
¿Usted o alguien que conoce necesita acompañamiento psicosocial luego del terremoto? Comuníquese al teléfono 123, opción 3, línea habilitada por la Alcaldía de Manizales.

El terremoto del 10 de agosto de 2026 marca la historia de nuestro territorio. Narrarlo ayuda a construir memoria y a reparar nuestras grietas emocionales. Si quieres escribir qué piensas o sientes y publicarlo en Barequeo, envía lo siguiente a barequeo@barequeo.com
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