«No somos defectuosos, el mundo se fue a la mierda»
Personas, lugares y cosas.
Duncan Macmillan

Cada vez que cruzo la puerta de JSB el jefe Galvis reza “saber que nos perdemos como el río”, a lo que este barequero responde: “…y que los rostros pasan como el agua…”. Estas frases pertenecen al poema Arte poética de don Jorge Luis Borges y es una más de las líneas que los clientes recitan al entrar al bar, como una suerte de santo y seña para acceder a los secretos espirituosos de la cantina.
Después del terremoto del pasado 10 de agosto ya no nos vemos en el bar. Los lugares habituales parecen extraños o están ausentes. La frase que se repite como un mantra, “estamos vivos”, aparece en cada conversación como un consuelo con dejo de nostalgia y aceptación. El alivio de estar vivos y que el entorno también lo esté (familia, amigos, colegas), se mezcla con la tristeza por quienes no lo están. Aun en casos remotos se puede experimentar una sensación de duelo cercano y cierto sentimiento de culpa porque el sorteo trágico no nos dio la peor suerte.
Las personas
Al lado del dolor y la angustia aparece la virtud. La respuesta solidaria y valiente emerge dentro de un sentido comunitario y de cooperación, que parece contradecir el arraigado individualismo y ruptura con la empatía que dejó la reciente contienda electoral. La rápida respuesta de voluntarios, redes de apoyo psicosocial, acopio de elementos para necesidades básicas, donación de sangre, entre otros. El terremoto anticipó encuentros familiares que con seguridad no se darían hasta las fiestas de diciembre, aunque el ambiente es otro, el amor y el cariño es más diáfano, no impostado.
Ayudamos y recibimos ayuda, aun cuando sabemos que nada es suficiente, nada es prescindible. Cada nuevo encuentro comienza con un ¿cómo le fue? Ningún interlocutor tiene que hurgarse los sesos para saber a qué se está refiriendo la pregunta. Cada abrazo importa.
Los lugares
Aun cuando de a poco la ciudad va recobrando espacios, comercios, colegios y universidades comienzan a abrir sus puertas, de manera presencial o por medios tecnológicos que nos devuelven al escenario pandémico, el escenario de fondo nos recuerda que ya nada será igual. Los últimos días tengo sueños recurrentes de mi vida universitaria. La sede de Derecho de la Universidad de Caldas, antiguo seminario, es una de las edificaciones más afectadas y me invade el temor de que en unos años cuando pase por ahí con algún hipotético joven y le diga “yo estudié ahí” me mire con extrañeza al ver un supermercado de cadena o un lote de aparcamiento. Especulo, sí. Lo hago frente a la incertidumbre de la mutación del paisaje conocido.
Las cosas
Escribo estas líneas con mi biblioteca encerrada en cajas. El terremoto nos obligó a dejar nuestras cosas, al menos por un rato. Los libros no parecen los elementos más prácticos ante un evento como este y complican cualquier mudanza que debe ser expedita. Un amigo que perdió su apartamento y que por unos días no pudo acceder a la edificación, me dijo luego: “chino, estoy feliz, pude rescatar mi música y mis libros”. Si bien la vida es el bien supremo, a riesgo de sonar en exceso materialista, son las cosas las que nos dan cierto sentido vital, de identidad. No son las cosas por las cosas, son nuestra historia y anhelos arraigada a ellas. Quizá no valoramos tanto su utilidad como su significado.
Reconstruir obedece a la pulsión de huir de ese estado de naturaleza hobbesiano en el cual no haya cultivo de la tierra, ni artes, ni letras ni sociedad; rechazar la idea de que lo único importante es sobrevivir, pues así nuestra existencia se movería en los márgenes de una existencia pobre, tosca, embrutecida y breve.
El mundo sigue girando y a la par de nuestras ansiedades actuales por el golpe de la naturaleza no podemos perder de vista lo que ocurre a nuestro alrededor. Debemos seguir reconstruyendo y volver pronto a la crítica en defensa de los derechos humanos, a cuestionar las decisiones que amenazan a nuestra democracia. Debemos regresar a los libros que dejamos a la mitad, al café con los amigos, a los almuerzos familiares, a bailar y cantar. Espero pronto cruzar la puerta de JSB y escuchar: Don Luis Vélez, bienvenido a su bar.

¿Usted o alguien que conoce necesita acompañamiento psicosocial luego del terremoto? Comuníquese al teléfono 123, opción 3, línea habilitada por la Alcaldía de Manizales.

El terremoto del 10 de agosto de 2026 marca la historia de nuestro territorio. Narrarlo ayuda a construir memoria y a reparar nuestras grietas emocionales. Si quieres escribir qué piensas o sientes y publicarlo en Barequeo, envía lo siguiente a barequeo@barequeo.com
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