
Era una mañana como cualquiera, bastante normal. Cuando se llevan más de veinte mil días de pie el tiempo pasa, en general, sin mayor novedad. Bueno, eso depende de si hay alguna fiesta, si vienen esos muchachitos a correr acá o se acerca alguna tempestad, o algún movimiento cotidiano, como en tierra de volcanes, de esos que te hacen sentir cosquillas.
Pero este cimbronazo no fue igual. Empezó como otros, aguantable y, por qué no, reconfortante. Claro que reconforta cuando después de algún desafío nos sentimos fuertes. Estar de pie no es fácil, pero es más difícil aún mantenerse de pie, como lo hice yo, entre guaduas, boñiga, tierra y algo de cemento, durante décadas.
¿Qué sentí? Llevo pensando en ello un par de semanas. Fue como un desgarro, como si hubiera perdido la estabilidad, luego de haber bailado a un ritmo poco habitual, como si el mundo se me hubiera venido encima, aunque lo cierto es que yo me le vine encima al mundo, incluyendo a mis seres queridos.
Seres queridos que son mi familia, que tienen en mí su segunda piel. Guardo cada uno de sus secretos, guardo los silencios, sus noches en vela, sus lágrimas, sus peleas. He sido testigo del paso del tiempo, de las generaciones, de los momentos, tanto buenos como malos, del amor y del odio. En síntesis, desde mi nacimiento he estado acá, cada día, cada segundo, sin falta, como si fuera indispensable, como si tuviera una sola identidad con quienes habitan en mí.
Sentí que podía resistir, como lo había hecho tantas otras veces. Incluso sentí, brevemente, que ya había pasado. Pero hubo un momento, un segundo, un movimiento que me rompió. Sentí la primera fractura y vinieron otras, todas juntas. Escuchaba que ocurría lo mismo a mi lado, un crujir, les estaba pasando lo mismo a otras como yo, a mis vecinas. No pude, no aguanté, me vine abajo.
Hubo un momento en que no sentí. Una parte de mí se volvió ruinas, me arruiné, todo fue muy rápido. Cerré los ojos y dejé que todo pasara. Cuando los abrí, volví a sentir, como si todo hubiera dependido de la vista, como si ver me hubiera recordado que aún sentía.
Sentí el ruido en aumento, más y más personas se acercaban. Mis seres queridos salieron, con algunos golpes, pero salieron bien. No sé cómo, pero me mantuve de pie. No ilesa ni como hubiera querido, pero de pie, bueno, parcialmente de pie. Sentí mucha tristeza en sus miradas, nunca me habían mirado así. Fue un momento doloroso, pero lindo. Al fin me volvieron a ver, me revisaban, me hablaban, me mimaban. Eso no había pasado desde que, con mucho cariño, me construyeron y, con algo de esfuerzo, más por obligación que por querer, en un par de veces, me habían dado uno que otro mantenimiento. Ahora que he sufrido, ahora que sus miradas me hicieron sentir que antes estaba en el olvido, pero que ahora soy importante, que antes simplemente estaba ahí, como algo obvio, simplemente estaba, he sentido que necesito mucho amor.
He escuchado que tal vez ya es tarde. Oí a uno decir que yo no tenía arreglo, luego a otro, que quizá sí, que con una inversión importante. A la semana escuché a alguien decirles a mis familiares que me derribaran, que me volvieran trizas, y luego, entre tantas cosas que he escuchado, oí que lo mejor era dejarme igual, en general, ayudarme con este peso allí y allá, y “a la de Dios”.
He querido hablar, si pudiera, decirles lo que siento, lo que pienso. Compartirles mis impresiones, como estos dolores que he mantenido desde hace años y que ahora me duelen más, las fracturas que dejó lo que pasó, lo que creo que debería pasar, que no es otra cosa que evaluarme sinceramente, no desde la necesidad ni desde la economía, sino desde el amor. Es decir, como parte de la familia, como objeto vivo, como ser acompañante, como testigo, como hogar, no como un montón de ruinas.
Esto es lo que he sentido. Después de todo, solo soy una casita.
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