Todo es campesino en mí. Mi elemental comprensión del mundo. A veces —cuando soy más yo— mi manera de hablar. Mi gusto por la arepa y los fríjoles, y no quiero hacer alarde de ningún chovinismo. Solo que “al marrano con lo que lo crían”, como me dijo un día mi hermana Camila. Es campesino mi acento, mi catolicismo pagano, mi imaginación parasimpática. Soy nieto de campesinos sin tierra: mis abuelos paternos, criados en el campo, aprendieron a trabajar desde pequeños y no han parado hasta el día de hoy. Ninguno de los dos tiene salud pública ni pensión, pero ambos votaron por Abelardo. Tenían más miedo de que les expropiaran lo que no tienen que de que les nieguen lo que ni siquiera con años de esfuerzo y de trabajo duro pudieron conseguir.
Mi abuelo aró la tierra toda la vida, se partió el lomo sembrando y recogiendo fríjol, maíz y café en las faldas de estas tierras empinadas. Hoy en día tiene problemas de cadera, la columna jodida y apenas si puede caminar. Pero no entiende que es el producto de una ‘enfermedad laboral’, de años de explotación patronal en las haciendas de los gamonales cafeteros. Mi abuelo no tiene eso que los intelectuales de izquierda llamamos —con el pecho inflado— conciencia de clase. Hasta hace unos meses, incluso después de una cirugía de cadera, seguía yendo a la finca en su moto a supervisar los cultivos. Así es su apego por la tierra. Dejó de hacerlo un día que se cayó en una curva y se levantó inconsciente mientras mi abuela en la casa lo daba por desaparecido; le costó varios días recobrar la cordura, pues el golpe lo dejó alucinante y delirante. Tanto que terminó confundiendo su casa con una cantina de las que tanto frecuentó hasta viejo, y pidió sentado en el comedor una botella de ron a la señora de la cocina.
En Sevilla (Valle) y en La Morelia, mi abuela alimentó batallones de trabajadores. Así se les decía. Eran hombres venidos de todos los rincones de la tierra en las épocas de la cosecha para recoger las pepas rojas y maduras de café que se caían al suelo con solo mirarlas. Dormían en unos “cuarteles” llenos de camarotes que olían a pecueca y sudor de macho de muchos días. Para alimentar a esos hombres hambrientos y sedientos mi abuela tenía que levantarse muy temprano y acostarse muy tarde. Madrugaba a hacer las arepas y a hervir aguapanela para los tragos de los trabajadores. Las comidas eran cinco o seis: tragos, desayuno, algo, almuerzo, refrigerio y cena. Todas trancadas y todos los días fríjoles y sancocho (potaje carcelario). Mi abuela atendía además el estafariato: un kiosco donde a las horas en que estaba cerrada la cocina se les vendía fritanga y otras galguerías a los señores insaciables que bregaban de sol a sol en los cafetales. Ahí fue que se me torcieron los dedos, decía mi abuela mostrándome las manos, de tanto lavar trastes con las manos calientes del fogón de leña. Hace años empezó a sufrir de artrosis, después le diagnosticaron depresión y ahora ha empezado a perder la visión.
Hace unas semanas, el ministro de agricultura dijo que no se podía usar la palabra campesino. Igual como dijo la directora del ICBF que no se puede usar la palabra niñas. La batalla cultural empieza por robarnos el lenguaje: quien prescribe lo que se puede decir es quien decide lo que existe. Ahora quieren aumentarle la edad de pensión a las mujeres. Y no es un chiste. Estos señores que sólo entienden de cifras y de inversiones, quieren trasladarle a las mujeres el pasivo pensional que ellos mismo han generado con su robo sistemático contra los trabajadores. Que las trabajadoras paguen la irresponsabilidad de los fondos pensionales y que tengan hijos, porque necesitamos aumentar la base de cotizantes. Intentarán —como en Argentina— volver a prohibir el aborto en un afán por deterner la caída en las tazas de natalidad y el consecuente envejecimiento de la población.
Pero, eso sí, el sacrosanto director del Caro y Cuervo emprenderá una cruzada contra el suicidio y el uso libertino del idioma. Nada de vulgaridades en la patria milagro, ¡y que viva Cristo Rey! Pero no la música. La música es una creación de Lucifer para engañar a los hombres. Por eso se mató ese mechudo de Cali que esta semana hubiera cumplido 75 años y que se salvó del gobierno de alias el tigre. Aunque, viéndolo bien, el nuevo Monasterio de Cultura está obsesionado —otra vez— con el patrimonio cultural: desmantelar las instituciones artísticas, acabar con la infraestructura del sector, recortarle el presupuesto a proyectos y procesos comunitarios; pero invertir en las catedrales, en los monumentos, en los complejos arquitectónicos de la colonia, en los bienes muebles e inmuebles de la restauración neoconservadora. En Quimbaya, en vez de reconstruir lo derrumbado, se proponen fabricar un pueblo para millonarios —otro enclave turístico— con casas campestres de lujo, porque parece que a ciertos empresarios les gusta hacer negocio con la tragedia ajena. El extractivismo masivo y antiecológico de los parques temáticos planea devorar el territorio con piscinas y espectáculos.
Volviendo a mis abuelos: nunca han sabido en qué consiste la reforma agraria, porque como a muchos obreros del campo les inculcaron la idea de que era vergonzoso ser unos labriegos cuasi analfabetas. Claro, tampoco se reivindican como campesinos ni entienden por qué la tierra era de otros, cuando siempre fueron ellos los que la trabajaron. Tal vez crean que es una cosa de la suerte, o del esfuerzo, o del destino. O simplemente porque así lo quiso dios. Su dios. Ignoran, porque no tuvieron derecho a la educación, que fueron explotados laboralmente por sus patrones, que les pagaban una miseria y que ni siquiera les garantizaron condiciones básicas de seguridad social. Mis abuelos no saben qué es la plusvalía ni mucho menos creen en la lucha de clases. Creen que el mundo es como les tocó y que si están enfermos es porque se volvieron viejos y pobres de tanto resignarse. No entenderían el concepto del despojo, aunque lo lleven encarnado en el cuerpo. Y creo que yo, que por avatares de la vida enseño sociología del trabajo a unos estudiantes de negocios a los que tampoco les interesa, no sería capaz de explicárselos. Lo único que no soy capaz de aceptar es que apoyen a un gobierno que prohíbe, como un insulto cualquiera, la palabra campesinos.