Manizales, donde la tierra nunca prometió certezas

Quienes crecimos en Manizales nunca tuvimos la ilusión de vivir sobre tierra inmóvil. Siempre hemos sido conscientes de la fragilidad de nuestras montañas, de la cercanía del volcán y de una naturaleza capaz de recordarnos su fuerza en cualquier momento.
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Mi niñez y buena parte de mi vida transcurrieron en el centro de Manizales. Recorrí durante años la 23 y todavía puedo sentir el olor de los churros, las solteritas, las arepas y los chuzos. A lado y lado, las calles se chorrean por pendientes agrestes entre casas de tapia, bahareque y guadua, con puertas de colores, como aquellas que habité durante más de veinte años. Cada esquina del centro sigue conmigo, desde Fundadores hasta la Plaza de Toros. Todavía puedo contar sus cuadras sin temor a equivocarme.

Jugué muchos partidos de fútbol en el plan de la Escuela Gran Colombia y Campoamor. Por esas mismas faldas me tiraba en una tabla encerada rumbo a Hoyo Frío. Entre calles empinadas pasé la niñez y la adolescencia. Hacer un mandado podía ser toda una aventura y dejar escapar un balón era el comienzo de otra, cuando había que salir corriendo detrás de él antes de que desapareciera varias cuadras más abajo.

Hoy, desde la distancia, las imágenes de los drones me muestran esas mismas casas de tapia caídas, las tejas regadas sobre las calles y amasijos de guadua y cemento entre los escombros. Veo mi colegio, Colseñora, agrietado como una camisa descosida, y a la gente haciendo corrillo frente a las ruinas, caminando de arriba abajo, tratando de reconocer entre los daños la casa, la calle y la vida que tenían unas horas antes. La naturaleza volvió a recordarnos, en unos cuantos segundos, la fragilidad de la ciudad que levantamos sobre estas montañas.

Manizales fue levantada sobre una geografía que nunca ofreció certezas. Quienes crecimos allí aprendimos que la misma naturaleza que nos dio una ciudad extraordinaria puede arrebatarnos en segundos aquello que creíamos permanente. Por eso un terremoto no derrumba solamente casas. También sacude la memoria con la que uno aprendió a habitar el mundo.

He tenido fortuna. No he perdido a nadie de mi familia ni he sufrido una pérdida material significativa. Desde la distancia observo mi ciudad destripada y veo a quienes sí lo han perdido todo, algunos resignados, otros todavía con la fe intacta. Me sorprende la fuerza que encuentran en medio del desastre, como si aun frente a las ruinas conservaran esa certeza sencilla con la que uno se despide por la noche diciendo hasta mañana.

A quien me dice que Manizales es fea, fría y falduda, le respondo que ojalá pudiera verla con mis ojos. Desde el aire me enamora el centro y sus venas, los techos de teja y láminas de zinc, las guaduas que asoman como huesos entre las casas. Cuando voy en el cable o la contemplo desde Chipre, La Fuente, La Sultana o el Cerro de Oro, siempre termino preguntándome qué clase de gente decidió levantar una ciudad atravesada por morros y cerros.

Mis amigos me dicen que no quieren recorrer el centro. Que muchas casas de la 23 tienen las fachadas derrumbadas sobre la calle, que cuesta encontrar una sin grietas y que mirar la Catedral les produce tristeza. Me dicen que todo sigue allí y, al mismo tiempo, que algo de la ciudad que conocíamos dejó de estarlo.

Desde la distancia, mi memoria vuelve a noviembre de 1985. Recuerdo la ceniza sobre las calles, tres días de noche eterna, una sensación de temor y desesperanza. Desde entonces, el Cumanday, que contemplo cada vez que regreso, me recuerda una verdad que en estas montañas nunca hemos podido olvidar. La naturaleza nos ha dado todo y todo también le pertenece.

Quienes crecimos en Manizales nunca tuvimos la ilusión de vivir sobre tierra inmóvil. Siempre hemos sido conscientes de la fragilidad de nuestras montañas, de la cercanía del volcán y de una naturaleza capaz de recordarnos su fuerza en cualquier momento. Y aun así, cada tarde seguimos mirando cómo el sol acaricia los cerros antes de esconderse detrás del Tatamá.

Confío en la fuerza de mi gente, en el valor de su memoria y en las manos que labraron con enjundia cerros y laderas para levantar una ciudad tutelar en la montaña.

Byung-Chul Han recuerda El espíritu de la esperanza una idea de Václav Havel. La esperanza no es optimismo ni el convencimiento de que algo saldrá bien, sino la certeza de que algo tiene sentido, cualquiera que sea el resultado. Tal vez los manizaleños conozcamos desde hace mucho esa forma de esperanza. La de construir aun sabiendo que la montaña tiembla, la de regresar después de la ceniza, la de volver a levantar una pared sobre la misma tierra que acaba de recordarnos su fragilidad.

Escribo con el alma acongojada, con la impotencia de la distancia y las manos vacías, confiando siempre en que somos un pueblo amplio y generoso, que de tanto caer ha aprendido también a levantarse. Así se ha ido moldeando nuestro carácter, entre montañas difíciles, tierra removida y cafetales floridos.

Cuando nuestros ancestros divisaron desde los valles del río Cauca aquella montaña clavada entre volcanes, no vieron una expectativa. Condujeron a sus hombres camino arriba para que en lo más alto se enraizara con certeza mi Manizales del alma.

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    1974. Abogado penalista de la Universidad Libre, especialista en Instituciones Jurídico Penales y Criminología de la Universidad Nacional de Colombia, magíster en Derechos Humanos y Democratización de la Universidad Externado de Colombia. Profesor universitario e investigador en derecho penal y derecho penal internacional, litigante y columnista en temas de justicia penal, garantías procesales, democracia, derechos humanos y poder punitivo.

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