Buenos para nada

25 de abril de 2026

Los debates se hacen porque muchos analistas los justifican como parte del proceso electoral en las democracias, porque traen audiencia a los medios, porque una parte de los potenciales votantes parece requerirlos.
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A mí —como a muchos— me gusta ver los debates entre candidatos a la Presidencia o a otros cargos de elección popular, pero de ellos no espero más que satisfacer una curiosidad y que se cumpla una especie de servicio civil obligatorio de todo/a candidato/a. Los seguidores de una campaña o de una candidatura no necesitan verlo debatiendo para seguir teniendo la intención de votar por él (o ella, pues). Les gusta ver cuando “le da duro a la competencia”, pero no requieren que le vaya bien en esos encuentros para seguir prefiriéndolo. Los seguidores de un candidato desean que confronte verbalmente con los adversarios a los que perciban que es fácil “ganarles” en la disputa verbal, mientras que quienes perciben a su aspirante como menos locuaz no lo prefieren. A pesar de los conceptos de algunos teóricos acerca de que es bueno o saludable para la democracia que los candidatos debatan, y que el pueblo tiene derecho a verlos argumentando en ese tipo de situaciones, considero que son solo los votantes indecisos los que justifican que haya debates entre aspirantes a la presidencia de la República, así el contenido de estos sea lo de menos y terminen primando las formas.

En un debate entre candidatos a un cargo de elección popular lo que se muestra es sobre todo la capacidad oratoria y retórica de cada aspirante. Detengámonos un instante a tratar de especificar la relación entre estas dos: la oratoria sería el arte o habilidad para hablar, agradar y así intentar persuadir a quienes escuchan; mientras que la retórica se refiere a conceptos y técnicas que permiten construir el discurso persuasivo: el camino para demostrar y convencer. La retórica se acerca más al contenido y la oratoria más a la forma de decirlo.

En un debate seguramente aflorará la forma de reaccionar de la persona ante las críticas, muy probablemente duras o con calificativos y adjetivaciones, que le harán sus oponentes. También se podrán apreciar algo de su autocontrol y de la manera cómo maneja la emocionalidad en situaciones de estrés. Pero siempre serán más impactantes y más recordadas la ocurrencia, el apunte, la sorna que un candidato pueda mostrar como respuesta rápida —repentismo, como entre trovadores. Esto es algo muy propio del espectáculo o las competencias deportivas que tienen grandes audiencias: la emoción, el drama y la lucha, al tratar de ganar el desafío; los malabares que se hagan (como con la pelota) y los “goles” que se marquen, así sea dejando dudas en cuanto al respeto a las reglas del juego.

Como detalle cognitivo, el debate se presta para dar muestras de la memoria que tiene el aspirante acerca de datos y cifras: esto le encanta a la parte más letrada de “la galería”. Al punto que una buena porción del tiempo de preparación de un candidato se invierte en estudiar documentos y memorizar nombres, fechas, cuantías o porcentajes, para impresionar a quienes le escuchan. No necesariamente es mejor gobernante quien se sepa más datos, pero mencionarlos —precisos o no— deja buena impresión inicial, al punto que en ocasiones las cifras son sacadas del magín. No necesariamente un buen participante en un debate tiene que parecer que “se las sabe todas”, pero sí se espera que transmita certeza o que “sabe qué hacer”, ante problemáticas que los ciudadanos no sabemos cómo resolver.

La forma de hablar: la velocidad, la entonación, el timbre, la dicción y la corrección en el uso del idioma son claves para gustar o no a una masa de oyentes, así como el detalle de la presencia o no de muletillas o vicios al hablar. La mirada y la habilidad para parecer una persona seria pero simpática, cercana, informal, preparada o educada, son elementos difíciles de precisar pero efectivos. Por ello, hasta la apariencia física, la postura y el vestuario juegan un rol, en particular frente a los estereotipos y prejuicios que tenemos las audiencias, especialmente cuando hay transmisión de video (televisión y demás).

Un debate entre candidatos políticos no es un juzgado ni una corte y los participantes pueden exagerar, “cañar” o mentir, pues el espacio no alcanzará para aclarar, demostrar o desvirtuar todo lo que se diga. Estos eventos de campaña no son una discusión entre académicos y no existen “pares” que arbitren o decidan acerca de la validez de lo dicho: son más un espectáculo. Los potenciales electores se tomarán su personal impresión sobre el desempeño de su preferido/a frente a sus competidores y los comentaristas de los medios difundirán sus apreciaciones acerca de a quién “le fue mejor” o quién “ganó”; y con esas opiniones podrán influir sobre quienes no tengan una posición clara, para que puedan decidir su intención de voto. Sin embargo, “ganar un debate” (dar el mayor número de respuestas rápidas y contundentes que contradigan lo dicho por un oponente) no significa nada en términos de votos reales, si los que consideran que una persona ganó son mayoritariamente quienes ya pensaban votar por ella. Eso se llama consonancia cognitiva: “a mi candidato le fue bien, así los otros hayan dicho cosas inteligentes”.

Ahora bien, los debates se hacen porque muchos analistas los justifican como parte del proceso electoral en las democracias, porque traen audiencia a los medios, porque una parte de los potenciales votantes parece requerirlos, y porque otra parte de los ciudadanos consideran que quien no participa en debates envía una señal de temor, de debilidad o de inseguridad, y que “el país necesita un(a) gobernante que demuestre seguridad” —sin importar si en el fondo la tiene o no. Para los votantes mayores la transmisión del debate es interesante y puede ser clave para su sensación de satisfacción con su orientación electoral; pero para las audiencias más digitales (jóvenes en general) la tendencia a votar por alguien está más definida por sus redes sociales y las “tendencias” dentro de ellas. Por eso, más que los argumentos expuestos en el debate, pueden ser clave los “trocitos” de discurso agradables, sonoros, impactantes y visualmente cargados que circulen en las plataformas.

Como en otras cosas de la vida diaria -en cuanto a lo formal-, puede ser que los debates entre candidatos sirvan poco a la hora de ganar elecciones (para nada frente a un tipo de electores), pero se deben hacer para mostrar “normalidad” del candidato. Eso sí, el desempeño en un debate puede agregar o no la intención de voto de algunos indecisos, no-alineados, “centristas”, o votantes de opinión-emoción, que pueden ser los que inclinen la balanza hacia uno de los dos o tres costados en el escrutinio.

Como decía inicialmente, me gustará ver un debate entre candidatos presidenciales (he coordinado, intervenido y moderado algunos debates entre candidatos regionales y locales), pero mi convicción es que -como ver una buena película-: entretienen, ilustran, impactan, dejan anécdotas qué comentar y asuntos en qué pensar; pero al final, los ciudadanos votaremos según la previa posición partidista o ideológica que tengamos, lo que consideremos más importante, y los grupos de referencia (familia, amigos…) y líderes de opinión -cercanos o lejanos- que tengamos.

Y una “pirita” de otra batea, para cerrar: ya empezaron las dificultades imaginadas por la mitad pesimista de mi cerebro en la columna anterior, en el proceso de regionalización de la Universidad de Caldas en el Magdalena Centro. En Puerto Salgar, la presentación de los programas desencadenó quejas porque la oferta no es para todos (ni los de colegios privados, ni los que cambiaron de colegio en los tres años recientes, ni para los de otros municipios cercanos) y por las limitantes de infraestructura que inicialmente tienen las sedes universitarias en La Dorada. Es que de eso tan bueno bonito y barato no es posible darle a todos.

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  • Psicólogo, comunicador-periodista y magister en comunicación. Exprofesor y exdirectivo en la Universidad de Manizales. Experiencia en radio informativa, periodismo científico y columnista. Corriendo a des-atrasarme de lo que no había hecho antes.

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