Sueño que ganamos. Petro, Iván y yo nos abrazamos y lloramos de alegría. La pesadilla llega cuando despierto y recuerdo que aún faltan varios días para que llegue el domingo 21 de junio de 2026. La angustia se instala de nuevo detrás de la oreja izquierda, en ese lunar que me arde cuando algo no va bien. Abro la librería temprano. Leo el afiche de la entrada: El Quindío elige la memoria y honra la lucha. Ojalá, murmuro. Es el único en varias cuadras a la redonda. Entre tanto abelardista, tener una imagen así en el ventanal es sinónimo de insulto. ¿O un acto de valentía?
Betty me llama para contarme que Diana, la amiga que hace poco me escribió para decirme lo mucho que le gustó mi libro, le mandó un mensaje: «Prefiero dejar a los niños con Abelardo, además es un padre ejemplar; en cambio, Cepeda exigió respeto por los pedófilos de las FARC y defiende a quienes reclutaron a los dieciocho mil seiscientos setenta y siete niños». Las dos sabemos que es una falacia, el video sacado de contexto se convirtió en combustible: Cepeda pedía respeto por una asociación campesina, no por la guerrilla. El mismo discurso que amplifican RCN y Caracol hasta volverlo verdad.
—Llevamos cien años eligiendo candidatos que con una picada de ojo se postran ante los yanquis —le digo enérgica a Betty—. Como si la soberanía fuera un capricho que este país nunca se ha podido permitir.
—En Europa la derecha sigue avanzando —agrega ella—. El fenómeno fascista es mundial —hace una pausa—. Yo tengo esperanza en lo que está pasando en Colombia.
Me sorprende. Yo, que pensé que me llamaba para desilusionarme más de lo que ya estoy.
—¡Betty! ¿Viste que Trump felicitó a De la Espriella? Le habló de naciones hermanas y destinos compartidos. El mismo libreto de siempre. La victoria fue para ese ti…
—¿Victoria? —me interrumpe en tono serio—. Los resultados de la primera vuelta no tienen precedentes para la izquierda en Colombia. Ni siquiera Petro logró tanto. La izquierda es la fuerza política más importante del país.
Me deja callada y, peor aún, sorprendida. ¿Lo ve mejor ella por estar afuera? ¿Qué pasó con la votación en el exterior? Con el lunar detrás de la oreja enrojecido tengo que aceptar que tiene razón. Al colgar, cada una se queda sola, en continentes distintos, como un par de jaguares en medio de una jungla silenciada.
Esa tarde escribo en mi cuaderno de notas. «Corría 1930 cuando Colombia eligió a Enrique Olaya Herrera, el primer presidente “liberal” después de casi medio siglo de hegemonía conservadora. El país esperaba un cambio, pero fue más de lo mismo con mejor prosa. Algunos historiadores afirman que Olaya sometió el nombramiento de su Ministro de Industrias a la aprobación de la United Fruit Company, la misma empresa gringa que dos años antes había perpetrado la Masacre de las Bananeras, cicatriz abominable que nunca nos enseñaron en el colegio».
Cierro la librería antes de tiempo. Apago la luz y leo el afiche una vez más. Pienso en Betty, en Argentina, Ecuador, Chile, Francia; en esta región que aún no comprende lo que está en juego. Cuando llego a casa me entra un mensaje. «Sobrina, olvidé decirte, creo que somos familia de Olaya Herrera, de los que llegaron a Santander y luego se instalaron en Guateque». Lo leo dos veces. Cierro los ojos. Entonces… mi tercer apellido desciende del presidente que, con las gafas rojas apestando a banano, terminó mirando hacia la estrella del norte. Del presidente Marroquín —que vendió el canal de Panamá— hacia acá, unos tigres son importados y otros de papel.
No sé si soy de los Olaya de Santander o de Antioquia. Quizás todos, de algún modo, seamos ese lunar detrás de la oreja. Lo que sí sé es que votaremos por la libertad, la soberanía y la vida.
Esta noche soñaremos.