En las últimas semanas, la campaña por la presidencia de Colombia ha ido revelando los traumas más profundos de nuestro inconsciente colectivo. En una sociedad tan fracturada, frente a un escenario internacional tan complejo y con el trasfondo de la crisis civilizatoria, el fin de las democracias liberales, el retorno del autoritarismo populista y la ruptura de los consensos multilaterales; la incertidumbre se ha apoderado de los cuerpos y las mentes de miles de jóvenes, madres, ancianas y trabajadores, desorientados en medio de una marea de desinformación y de la ausencia del debate público, que ha sido reemplazado por los insultos, las mentiras y la difamación. Hay miedos –y muchos, reales o infundados– de ambos lados: miedo a que nos destripen, miedo al comunismo, miedo a la guerra y la persecución, miedo a que nos pase lo que le pasó a Venezuela. Es normal que existan temores ante el futuro, pues no sabemos muy bien lo que nos espera: nuevos bloqueos económicos por parte de los EE.UU., la destrucción de nuestros ecosistemas, la agudización de la crisis energética, el desmantelamiento del Estado, un nuevo estallido social, la profundización del conflicto armado, el aumento del desempleo y la pobreza, la implantación de un régimen totalitario…
Cualquier cosa podría suceder en los tiempos que corren. Lo que sí sabemos –y es con base en esas pocas certezas que deberíamos elegir– es que mientras un candidato propone justicia, el otro promete venganza; mientras una campaña promueve el diálogo y la reconciliación nacional, la otra fomenta el odio y el falso patriotismo. Para quienes todavía tienen dudas, es necesario comprender que tres décadas de lucha por los derechos humanos y la dignidad de las víctimas no tienen comparación con un prontuario de veinte años defendiendo delincuentes y corruptos. La propuesta de una revolución ética y social a través de una serie de transformaciones sociales y económicas que encarna el programa de ‘El poder de la verdad’ constituye un proyecto sólido de reformas que apunta a erradicar las bases de la violencia, la desigualdad y la injusticia, estableciendo un nuevo pacto social, que requerirá de procesos educativos, culturales y comunicativos complejos. Es la propuesta de un filósofo en un país en el que la reflexión y la argumentación están tan devaluadas.
Iván Cepeda, con su estilo pausado y sereno, está transformando la manera de hacer política en Colombia y su actitud envía un mensaje que lo convierte en símbolo de una propuesta alternativa, cuyo triunfo podría representar cambios radicales en nuestra cultura ciudadana. Mientras el bando contrario recurre al espectáculo mediático y a los discursos incendiarios, las fuerzas alternativas nos la jugamos por la vida en las calles, en las ollas comunitarias, en el canelazo para conversar con los vecinos y las vecinas, invitándolos a involucrarse en la política, a romper con la indiferencia, a identificar la amenaza y el riesgo que significan para el país las propuestas improvisadas de un advenedizo en la política. Dijo León XIV en España que le preocupan los “políticos sin historia”, los líderes aparecidos, mesías fabricados, vendedores de milagros, autoproclamados salvadores de una supuesta patria, tan pequeña como sus mezquinas intenciones.
Me atrevería a decir que el país está al vilo de una revolución pacífica y silenciosa, de una Colombia que se levanta para rechazar el autoritarismo en un experimento social que se teje desde las periferias de Colombia y crece como el fermento; en una campaña a la que la banca privada le niega préstamos, pero que se hace sin plata y a base de voluntad en los barrios, las avenidas, las plazas de mercado, los buses y los paraderos. En días recientes hemos visto levantarse el fervor popular de gentes sencillas y sensibles que voluntariamente y con alegría nos encontramos en medio de nuestras diferencias para tejer en comunidad la utopía de una nación en la que nos reconocemos diversas, en la que nos abrimos al diálogo, en la que amamos la paz y defendemos la dignidad de todas las personas. Después de los resultados del 31 de mayo, muchos entendimos que el riesgo para la democracia es inminente y nos lanzamos a lo que quienes hemos estado en el movimiento social sabemos hacer: pedagogía y educación popular, trabajo comunitario, organización colectiva. Entonces nos dimos cuenta de que somos miles los que nos resistimos al fracking; a la violencia hacia las mujeres, las diversidades sexuales y los animales; al ‘todo vale’ y al ‘usted no sabe quién soy yo’; a empeñar nuestra soberanía y nuestros recursos naturales. Y empezamos a juntarnos estudiantes, profesores, trabajadoras sexuales, artistas, k-poppers, amas de casa, taxistas, cirqueros, desempleados, niñas y animales que creemos en un país más próspero y equitativo.
A muchos les siguen molestando las figuras de Cepeda y de Aída Quilcué, su forma de vestir, su falta de abolengos, la ausencia de títulos académicos y de credenciales de nobleza. A esos les digo que recuerden que “de la abundancia del corazón habla la boca” y que “por sus frutos los conocerán”. Y si queremos seguir con los adagios: “dime con quién andas, y te diré quién eres”. A Iván lo rodean María José Pizarro, Aída Abella y Carolina Corcho –mientras que a Abelardo lo apoyan Carlos Lehder y Álvaro Uribe–, y, aunque haya implicado marcar distancia con Petro, en su campaña no han sido bienvenidos Roy Barreras ni Armando Benedetti, los dos sapos que tuvimos que tragarnos hace cuatro años. A esta campaña sin recursos, tampoco han entrado los dineros sucios de ningún pitufo, pues el mismo candidato decidió que, en coherencia con sus principios, esta fuera una campaña austera y común. Por eso el último discurso que les queda es de seguir tildándolo de guerrillero y hasta burlándose de su aspecto físico. Esperemos que el 21 no triunfe ese país aburrido y triste, que quiere imponernos como presidente a un fanfarrón sin sentido del humor y de pésimo gusto.