“Después de la muerte ya no hay más que silencio”.
Amado Nervo
Esta es la historia de un hombre que solo en sus últimos años de vida se bajó de la bicicleta para subirse a un bus urbano. Su historia es la de un perfecto Don Nadie, de un idealista librepensador que vivía en el sur de Puerto Whisky, así llamaba a sus noches de bohemia, y, como casi todo el mundo en este existir apremiante que es otro mundo perfecto para quien posee una fortuna, soñó con no tener deudas y poder llegar al fin de mes sin perder el aliento al revisar la billetera. Un hombre que vivió la libertad y pagó un altísimo precio por disfrutarla, aplicando a pie juntillas la frase que da inicio a la biografía de Nelson Mandela: “A veces, el precio de la libertad es mucho más alto de lo que podemos pagar”.
La vida de cualquier persona puede tejerse a partir de dos miradas, muchas veces antagónicas: la del individuo de carne y hueso que está plagado con los claroscuros que nos deparan las mezquindades de la vida rutinaria o, mejor aún, la de aquel que a partir de sus propósitos —eso que en el romanticismo llamaban ideales—, con la exacta concreción de los mismos en su obra, sienta las bases del desciframiento interior. En Silvio Girón Gaviria no hay tal disyuntiva: su vida y su obra se confunden en un solo propósito: la plenitud de la coherencia, quizá el estado ideal al que cualquiera desearía llegar. A pesar de ello, renegó de sus logros, porque ellos mismos fueron el recordatorio de los fracasos, esos que no fueron pocos para la capacidad de una mente talentosa que supo ladrar con disonancias cuando los demás hacían coro. En sus ideales, entonces, reside la semilla de las derrotas, que a su parecer fueron demasiadas, tantas que el rictus de la amargura marcó su personalidad desde temprano.
Nadie recuerda haberlo visto golpeando a alguien; muchos lo oímos disparando palabras destempladas. Quienes no saben de las complejidades de las mentes excelsas leyeron en la palabra mordaz y el carácter seco solo al individuo agrio, son esas gentes que construyen sus mundos con una suma de dicotomías; otras personas supieron descifrar en su expresión recia la vía de escape de quien no estaba hecho para vivir en una realidad desigual, harto fastidiosa por su falta de propósito para quien siempre construyó quimeras en el mundo de las ideas. Silvio Girón fue un hombre al que le dolía con intensidad lo humano, la desigualdad, la injusticia y el manejo inescrupuloso de los bienes públicos. Su moral no era una capilla personal, se dirigía más bien a la defensa del usufructo común y paritario de los privilegios. Por eso mismo, desde muy temprano las élites locales lo miraron con desconfianza y lo asumieron como un enemigo de sus logros individuales y de grupo, adquiridos no pocas veces mediante argucias ilegales y antiéticas. Por eso mismo, reitero, más que moral, en Silvio Girón predomina una ética ciudadana que se proyecta a la vida privada.
¿Con qué ingresos se sostuvo en sus últimos años, antes de morir a los 79? Ese es un gran misterio que en esta semblanza será imposible discernir. Trabajó por décadas como columnista ad honorem en el ya también olvidado vespertino El Imparcial, fue jefe corresponsal de La Patria en Pereira, jefe de redacción en El Imparcial, La Tarde y El Pueblo de Cali, director o libretista en múltiples espacios radiales, director de la Biblioteca Pública Municipal Ramón Correa Mejía, libretista de la emisora cultural Remigio Antonio Cañarte y rebuscador de la vida. Siempre hizo periodismo, con una fidelidad que solo puede calificarse como tozudez. A esa vocación la llamaba “el pordiosero oficio”. “Yo era un escritor que había visto que, en el periodismo, de pronto, podía decir las cosas que no podía decir en la literatura”, afirmó en una entrevista radial, remarcando su condición inicial: la vocación como narrador, no en vano su primer cuento lo escribió en la adolescencia.

Pensaba mucho en el dinero. Lo hacía no por ambición, más bien por su falta, esa ausencia crónica que marcó hasta el fin el trazado de sus pasos, luego de haber tenido una niñez y una juventud relativamente próspera. No anhelaba el dinero por el dinero, le urgía por la necesidad del mismo para sostener a su familia y poder encarar con dignidad una vida que a ratos —quizá demasiados— le amargaba el destino. Pocas veces conversé con él y siempre había una obsesiva mención a “la plata”, como la llamaba con simultánea acritud y deseo, se refería así a los buscados billetes para calmar las peripecias de una subsistencia tejida en los escarpados abismos de la precariedad. Nunca pensó en lujos, solo buscó lo mínimo necesario, en una especie de ascetismo que se convirtió en el cariz más religioso de un hombre descreído de todo por naturaleza.
Ya luego de cumplidos los 70, pasó sus últimos años vendiendo uno a uno sus libros narrativos o los dos dedicados a la historia del periodismo pereirano, amén de boletas para participar en la rifa de alguna de las obras pictóricas que poseía o sacando en fotocopias sus cuentos para venderlos uno a uno en forma de cuadernillo, con ayuda de José Adelnide Giraldo Herrera, uno de sus más cercanos amigos en los años finales. Eso sí, nunca ofreció los discos en goma laca o de vinilo que tenía en abundancia, tampoco se vendió a sí mismo: esa fue su mayor desgracia en un entorno donde la transa es el pan de cada día, así, literal. Por eso mismo, nunca se jubiló, por falta de empleos estables.
“Después de la muerte ya no hay más que silencio”, esta frase la repitió Silvio Girón Gaviria en varios momentos de su día a día. Y de seguro que ella es también digna representación de una vida encauzada en el olvido. Por rebelde. Por aguafiestas. Por resentido, como lo calificaron con ligereza algunos de sus propios colegas en el oficio periodístico.
Sus once libros, apilados en un cúmulo desigual en la mesa aledaña, vigilan mientras escribo estas líneas. Diez de ellos publicados en vida, incluido el volumen colectivo que contiene su cuento “La hermana”, elegido ganador en el Concurso regional del cuento Jorge Roa Martínez, y una breve antología de carácter póstumo que editó la Secretaría de Cultura de Pereira dentro de la colección La Chambrana, con una selección de cuatro de sus cuentos. ¿Es esa toda su obra? Por supuesto que no, un intelectual no son solo sus libros, su proyección va mucho más allá, hasta unos límites muchas veces inconcebibles. Y en el caso de Girón es aún más difícil, porque antes que narrador fue periodista, también de manera simultánea fue líder comunitario y coleccionista de música, divulgador ferviente de la misma. Como toda personalidad compleja, en la suya se conjugan múltiples facetas, eso mismo que le aporta riqueza a cualquier aproximación que se haga.

La colección literaria La Chambrana, que edita la Secretaría de Cultura de la Alcaldía de Pereira desde hace ya varios años, suma a la fecha 44 libros de circulación gratuita, que se distribuyen de manera física y también se encuentran disponibles para consulta en línea. Se trata de libros editados en un formato pequeño, y de menos de 100 páginas, que promueven la obra de autores locales, vivos o fallecidos, en géneros como narrativa, crónica y poesía.
Silvio Girón Gaviria: Vida y obra de un rebelde con causas es una obra en la que Abelardo Gómez Molina presenta una semblanza de este periodista pereirano, liberal, joyero, bohemio y melómano. Para realizar su trabajo Gómez Molina leyó los libros de Girón Gaviria, habló con sus descendientes y personas que lo conocieron y organizó la información de una manera clara y amena para el lector.
Así como Girón Gaviria publicó dos libros dedicados a la historia del periodismo pereirano, este libro de Abelardo Gómez Molina es también un aporte a la documentación de la historia del periodismo regional.
Silvio Girón Gaviria: Vida y obra de un rebelde con causas
Secretaría de Cultura de Pereira
Diciembre de 2025
81 páginas
ISBN: 978-62897414-2-1
Disponible para descarga gratuita aquí