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Queridas barequeras, queridos barequeros:
Escribo esto mientras me entero de que Bruce Mac Master renunció a la presidencia de la ANDI, luego de las presiones del gobierno de Abelardo de la Espriella para su salida. Esa es la verdadera batalla. Una que parecemos empezar perdiendo si los gremios y los industriales, con una capacidad mayor que la de otros sectores sociales, se dejan convencer de que no tienen la fuerza para darla.
Luis David Acosta dijo esta semana, en Barequeo, que “es una batalla por la dominación, y no es solo a través de eso que pueda llamarse ‘cultura’”. Es poder desenjalmado, sin la carga de los contrapesos que hemos puesto en la defensa de la democracia. Por eso no es solo la ministra de las Culturas suspendiendo entre tecnicismos y burocracias la financiación de las iniciativas culturales y patrimonios; es también la presión sobre los medios, para que saquen a sus periodistas más críticos; es también la presión sobre los gremios, para que tengan líderes más amigos y maleables. Hasta que se haga un mundo al revés, en el que el gobierno elige la sociedad civil que le gustaría.
La palabra “batalla” desentona en la cultura, cuyo sentido es la diversidad, el disenso y la contravía como espíritu y no como trinchera. Aun así, en las apuestas culturales sí han resistido, durante siglos, las respuestas y acciones contra el poder desenjalmado.
El 7 de agosto, se posesionó Abelardo de la Espriella y anunció que su gobierno librará «una batalla cultural». Tres días después, el terremoto dejó a Pereira sin el uso del 92 % de sus espacios culturales. Mala coincidencia, pero ninguna mejor para devolvernos las miradas hacia una cultura de respuestas. Un ejemplo es que, a casi dos meses del sismo, mientras en Manizales corre la edición 58 del Festival Internacional de Teatro, los contenidos de Barequeo hablan de la cultura. Esa que no sale de un discurso de posesión sino que se hace con lo que queda en pie.
El mismo Luis David Acosta propuso invertir en redes populares y autogestionadas, menos dependientes de una institucionalidad que puede venirse abajo. Esas redes ya funcionan en Pereira. Angélica Juliet Tamayo, Edison Ramírez y Mariana Vélez contaron cómo el arte se fue a la periferia tras el cierre del Teatro Santiago Londoño y la suspensión de clases para cerca de 13.000 estudiantes. Las personas entrevistadas no pidieron donaciones sino lugares para trabajar.
El gobierno dice que quiere «contar la historia del país como ha sido». Pues en Pereira, esa historia de país se contó debajo del cable del Megabús. Allí, más de cien personas vieron el estreno de Un lugar de libertad, porque no quedaron salas de cine en pie. John Harold Giraldo, coguionista con Diego Espinosa, relató cómo la película se convirtió en archivo de calles que ya no existen pero dan las pistas para reconstruirse.
Juan Ospina le dio voz a una casa de guadua y tierra que quedó a medias en pie. La casa escucha a quienes discuten si repararla o derribarla. Él pidió que la evalúen como hogar y como testigo. La pregunta es la misma que encierra cualquier discusión cultural, no la pensada en batallas sino en la más enriquecedora diversidad: qué merece conservarse y quién lo decide. En el aporte a esa respuesta, María Camila Cabrera pensó en por qué alguien insiste. La vocación, dice, no es un llamado. Es una pregunta que vuelve. Con Susan Sontag, separa lo útil, que se abandona cuando deja de rendir, de lo necesario, que permanece.
La idea del tigre con radio que nos dejó Jorge Mario Gómez, cuenta al final que la batalla en la que está metido el gobierno, la de dominación, también sale del poder en forma de contenidos para redes. Analizó el video creado con inteligencia artificial en el que el presidente De La Espriella aparece con un radioteléfono dando órdenes a la Fuerza Pública. Gómez separó la propaganda del uso legítimo de la fuerza. Advirtió que, cuanto más cerca se disfraza al presidente de las decisiones operacionales, más difícil es separar el poder de la responsabilidad. Como en el teatro, donde el público sabe que asiste a una representación. Como fuera de la sala, donde esa distinción se hace gris y depende de quien mira.
No importa cuántos terremotos después, nos queda el teatro. Sus bichos nos entrenan el ojo para reconocer el punto en el que comienza y termina qué es batalla y qué es realidad.
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