Insisto en que la palabra vocación envejeció mal. Durante demasiado tiempo estuvo rodeada de un prestigio casi religioso. Se la imaginó como una voz que descendía desde algún lugar superior para señalar un destino. Los santos la escuchaban y los artistas también. El resto de los mortales hacía lo que podía. La imagen sigue siendo seductora porque simplifica las cosas: si la vocación es un llamado, basta con oírlo. Si es un destino: basta con obedecer.
La mayoría descubre aquello a lo que pertenece de una forma mucho menos espectacular: por insistencia. Hay asuntos a los que se vuelve una y otra vez, incluso cuando se intenta dejarlos atrás. Preguntas que reaparecen, gestos que se repiten, y mientras otros cambian de tema, esas personas permanecen donde empezó la conversación.
Pienso en los escritores que llenan cuadernos durante décadas sin publicar una sola página. En los músicos que repiten la misma escala cuando nadie los escucha. En los científicos que dedican años a una pregunta que apenas le interesa a un puñado de colegas. Desde afuera, esas vidas parecen difíciles de comprender. Desde adentro, resultan inevitables. No porque prometan reconocimiento, sino porque, de algún modo, prometen un sentido.
Creo que hay algo paradójico en la vocación. Creemos elegirla, pero muchas veces es ella la que termina organizando nuestra vida, no siempre con delicadeza. A menudo exige sacrificios que, vistos desde afuera, parecen absurdos: tiempo, dinero, estabilidad y afectos. Hay personas que pasan años intentando escapar de aquello que mejor saben hacer. Van en búsqueda de trabajos más seguros, más rentables, más razonables… Y, sin embargo, tarde o temprano regresan. No porque hayan fracasado en otra parte, sino porque descubren que la distancia tampoco les ofrece descanso.
Nietzsche escribió que quien tiene un porqué para vivir puede soportar casi cualquier cómo. La frase suele invocarse para hablar de la resiliencia, pero quizá describa mejor que muchas otras la experiencia de una vocación. Una vocación no promete felicidad, tampoco reconocimiento y mucho menos éxito. Apenas ofrece un lugar desde donde mirar el mundo. Y, a veces, eso basta para sostener una vida.
Vivimos en una época que desconfía de las permanencias. Se nos invita a reinventarnos sin descanso, a cambiar de rumbo, a convertir la identidad en algo siempre provisional. La flexibilidad se ha transformado en una virtud. Tal vez por eso la idea de vocación alguna vez resulta incómoda, pues supone permanecer durante años junto a una misma pregunta, incluso cuando no ofrece respuestas.
Susan Sontag escribió que el escritor es alguien para quien escribir constituye una actividad necesaria. La diferencia es decisiva: lo útil puede abandonarse cuando deja de producir resultados y lo necesario permanece incluso cuando produce cansancio, frustración o incertidumbre.
Una de las grandes confusiones de nuestro tiempo consiste en creer que la vocación debe hacernos felices y eso no siempre ocurre. Muchas veces produce duda, agotamiento, incluso la tentación de abandonar. Lo que la distingue no es el placer, sino otra clase de certeza: la intuición de que, aun en los días más difíciles, preferimos seguir allí antes que vivir otra vida.
Quizá por eso, renunciar a una vocación produce una tristeza tan particular. No es exactamente el fracaso o la pérdida. Es la sensación de haberse ausentado de la propia vida. Algo como entrar a una casa conocida y descubrir que hace años nadie la habita.
Al final, sospecho que la vocación nunca fue una voz que descendía del cielo, se parece mucho más a una pregunta que se niega a desaparecer. Una pregunta que vuelve mientras caminamos, trabajamos e intentamos dedicarnos a otra cosa, es una pregunta paciente. Creo que quienes encuentran su vocación no son quienes escuchan un llamado extraordinario. Tal vez sean, simplemente, quienes tienen el coraje, o la terquedad, de no dejar de escuchar la misma pregunta durante toda una vida.