
El coraje no es la ausencia de miedo,
sino el triunfo sobre él.
Nelson Mandela.
Hay momentos, trágicos como el terremoto del pasado 10 de agosto, en los que una ciudad descubre de qué están hechos sus hijos; esos hijos a los que a veces, sin razón de ser, llamamos vagos, perezosos, ingratos, despreocupados pero que, en esta ocasión, nos silenciaron con su fuerza y su espíritu valiente para salir a ponerle el pecho a la adversidad.
Estos jóvenes, nuestros hijos y los hijos de muchos conocidos, casi nunca se dejan ver en los días tranquilos y rutinarios; pero en esta ocasión aparecieron desde el mismo lunes, cuando todo se rompió para siempre. Con la tierra aun rugiendo bajo sus pies, estos guerreros ya estaban removiendo escombros, rescatando vidas. ¡No sé cómo llegaron tan rápido al lugar del desastre! Pero ahí estuvieron, y de allí nadie los moverá porque todavía están expectantes ante el más mínimo ruido para acudir a salvar la vida, sea la de un ser humano o la de algún gatico o perrito refundido entre los escombros. Ellos no son topos con experiencia; sólo hijos de esta ciudad que les enseñó, a partir de la genética sociocultural, el valor de ser pereirano y el recio empuje de los titanes que nos caracteriza.
Pereira, mi ciudad del alma, experimentó un horror pavoroso el pasado 10 de agosto. Y, aun así, en medio del polvo, del ruido aturdidor de las sirenas, del desconcierto y de esa tristeza tan agónica que devoró nuestros corazones y nuestra mente, surgieron ellos: los jóvenes. No hay Aquiles ni Priamos ni Hércules en Pereira; tampoco legiones de soldados romanos ni mucho menos gladiadores; tenemos aquí, créanlo, héroes de verdad: Sergios, Andreses, Juanes, Samueles, Alejandros, Andreas, Carolinas, Danielas, Lauras y un sinfín más de nombres que se quedarán, para siempre, en las páginas del tiempo.
Muchos de ellos, como bien sabemos, no eran ni son rescatistas. Es más: desconocen los protocolos y no tienen la menor idea de cómo levantar una placa de concreto; imagino que ni siquiera saben entrar de manera segura entre los restos de una casa destruida o un edificio colapsado. Sin embargo, su arrojo, su esfuerzo y esas pelotas bien puestas los llevaron a tirarle aguante al hambre, a la sed, al frío de la noche, al sueño que ataca después de una extenuante jornada; ellos se ampollaron las manos y, en carne viva, siguieron haciendo lo que no estaban acostumbrados a hacer: picar, levantar, macetear, remover piedras. En sus cuerpos no llevaban equipos especiales ni de alta protección, pero ese corazón lleno de sangre y de amor por Pereira les hizo olvidar el peligro al que se exponían y enfrentaban. La magnitud de la tragedia se lee en sus ojos cansados, en la piel lacerada, en la ropa rasgada y empolvada.
Sin que nadie los llamara, fueron, se dispusieron, se organizaron, se ayudaron y han sido fundamentales para esta tarea tan ardua: recuperar la ilusión en medio de la tragedia. Y esa es, quizá, la verdadera dimensión de su valentía: darnos esperanza cuando, pesimistas por naturaleza, lo dimos todo por perdido.

Aparecieron sin capas ni poderes para enfrentar el miedo. Llegaron siendo conscientes de que una pared, un poste, un tejado podría caer sobre su humanidad; incluso, no escatimaron que la tierra podía volver a sacudirse, que debajo de aquellos escombros también los miraba, de frente, la muerte. Fueron por una razón vital: necesitaban de su ayuda y, muchas veces sino siempre, la voluntad es todo lo que necesita un ser humano para convertirse en héroe.
Con las manos desnudas levantaron ladrillos y con palas prestadas o improvisadas abrieron caminos; no se amilanaron ante el terror ni los abatió el cansancio; día y noche, de forma imparable, han estado en los lugares donde la comunidad los ha llamado: el centro, La Lorena, Providencia, El Parque Industrial, Villasantana, El Rocío alto, Los Guamos, Dosquebradas y en veredas lejanas.
Y mientras algunos buscaban familiares y otros lloraban frente a las perdidas, aquellos muchachos quitaron piedra tras piedra como si supieran que, en cada trozo de concreto retirado, ellos les ganarían unos segundos más de esperanza a la muerte y se los entregarían, con cariño, a quien esperaba bajo los escombros a ser rescatado.
Su filantropía no les exigió preguntar quién vivía allí o si era bueno o malo; no consultaron apellidos ni se preocuparon por los estratos sociales; simplemente se dispusieron al hermoso oficio de salvar la vida, ¡cientos de vidas!
De sus bocas sólo una inquietud surgía: ¿dónde hay que ayudar? Y esa consulta, tan sencilla en apariencia, es un lema casi divino que determina su profundo amor por Pereira, pues una ciudad no se conforma únicamente de edificios, avenidas, parques o las montañas que la rodean. Una ciudad es, no lo olvidemos jamás, la gente que, en lugar de huir, se dispone a curar el dolor ajeno cuando lo más obvio sería alejarse.
Por eso algún día, cuando recordemos este horrible terremoto, tendremos que hablar también de ellos, de esos muchachos cubiertos de polvo, con las camisetas convertidas en máscaras improvisadas, con las manos raspadas y llagadas; con sus rostros fatigados y casi desangelados por la tragedia que enfrentaron con agallas y bravura.
Tal vez nunca sepamos sus nombres ni los identifiquemos en las calles; con seguridad, ninguno recibirá condecoración alguna porque estas las lucirán otras personas que, desde su rol de mando político, se pondrán entre ellos como héroes de una patria y de una ciudad que ni siquiera reconocen. ¡Eso, muchachos, no es nada! Tranquilos que el mejor trofeo que recibirán valdrá mucho más que una placa colgada en la sala de una casa desolada: ustedes vivirán en nuestra memoria hasta el último de nuestros días.
La tierra nos enseñó, una vez más, lo pequeños que somos frente a la fuerza descomunal de la naturaleza; sin embargo, aquellos jóvenes nos enseñaron algo más poderoso: cuando todo parece derrumbarse, todavía existen seres humanos capaces de ponerse en pie y extender sus manos para levantar al caído.

Eso fue Pereira aquel 10 de agosto: una ciudad herida, asustada, recubierta por las ruinas y los escombros; no obstante, también fue una urbe atestada de jóvenes resilientes que, sin saber cómo salvar una vida, arriesgaron la suya intentándolo.
Hoy, con estas sencillas palabras, deseo decirles que, mientras existan muchachos como ustedes, capaces de correr hacia donde alguien pide auxilio incluso cuando todavía tiembla la tierra, habrá millones de razones para creer que después de cualquier desastre siempre será posible reconstruir mucho más que edificios. Y no estoy minimizando las pérdidas materiales; sé que fueron el esfuerzo y los sueños de años interminables; lo que pretendo argumentar es sensato porque así somos los pereiranos: las paredes pueden construirse nuevamente, las calles se repararán; las heridas, lentamente, cicatrizarán; pero aquella mañana estos jóvenes levantaron primero lo más importante: levantaron con coraje la vida de mi amada Pereira.
¡Gracias, muchachos! ¡Nunca, nunca, olvidaremos lo que hicieron por nosotros, por esta ciudad que es suya y de todos!
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