
“La muerte es una quimera: porque mientras yo existo, no existe la muerte; y cuando existe la muerte, ya no existo yo.”
Epicuro de Samos
Son las 12:35 a. m. y una lluvia continua, a veces fuerte y a veces fugaz, delicada arriba, en las tejas, pero sonora abajo, en el piso frío que habito, indica que el mundo expira en la medida en que el agua se desprende de unas nubes cargadas de llanto; pasado acumulado que cae en el presente y deja en muchos lugares huellas de futuro, húmedas y escurridizas, intempestivas y riesgosas.
Ya han pasado un par de minutos y esa lluvia de madrugada, despuntada, empieza a revelar las grietas emocionales que surgen después de la ruina. Quita el velo de un sueño tranquilo de hace apenas un par de meses y dibuja en la cabeza la idea robusta de que todo sueño tranquilo tiene fecha de caducidad, enmarcado en un recuadro de concreto y, probablemente, en un campo verde lleno de silencios muy cómodos.
¡Qué sensación tan extraña la de verse vivo y sentirse moribundo! Sentir que la fragilidad coloniza las emociones y desplaza de manera radical la seguridad de una vida más extensa, prolongada y agradable. Los días después de un terremoto transcurren entre trabajos que nos absorben e invaden el tiempo y borran, de manera sesgada, los daños que este causó; transformaciones que, de una u otra forma, nos corrieron los propósitos de futuro. Sinceramente, debe ser porque el porvenir puede durar, después del movimiento, unos segundos o unos minutos.
Caminar por las calles es un tránsito entre la desertización urbana y la caída de frutos secos de concreto que se desprenden de las fachadas por su madurez prematura. Ese ejercicio de moverse entre espacios colmados de vacíos y lugares plagados de piezas de albañilería prendidas de la nada y cayendo al todo, se convierte en la suerte humana de salir vivos de una ciudad que perdió su centro. Desplazarse en ese espacio urbano se ha convertido, de manera genuina, en un deporte de alto riesgo que ningún organismo podrá prevenir.
La lluvia, que empieza a ser más vigorosa y golpea con más intensidad el techo, que presumo frágil por el pasado, empieza a generar una zozobra más aguda. Las goteras, que siendo pocas y probablemente sin mayor riesgo, se vuelven sonoras, parecen rocas que caen con tanta fuerza que no solo podrían desfondar un piso vulnerable, sino devastar y acabar con la placidez de una etapa más profunda del sueño de madrugada.
En definitiva, la lluvia me hizo entender que un chubasco, por sencillo que parezca, nos puede hacer comprender que la vida puede ser tan fugaz y volátil como las nubes que cargan el líquido que me quita el sueño y me acompaña en mi insomnio.
La sensación de que la “sombra”, la “parca”, la “muerte”, la “pelona” y otras tantas denominaciones para describir la inexistencia biológica, el no ser, nos acecha, nos agobia y nos espera, incluso a veces, en la comodidad del hogar. La posibilidad de entender que desaparecer es una cuestión inevitable, hoy por hoy, se vuelve un compañero de viaje en la cabeza. Todo o casi todo, en una ciudad como Pereira, se gestiona pensando siempre en su riesgo, en la vulnerabilidad propia y en la amenaza de un factor que cercena la intención de seguir respirando.
Nos volvimos seres de la ocasión. Aprovechamos cada recuerdo o cada encuentro para expulsar la idea de nuestra extinción; desechamos, por momentos a veces muy largos, que somos seres construidos para la finitud y que, luego de una catástrofe, por lo menos en el corto plazo, empezamos a vivir siempre pensando en que el disfrute y la vida que ponemos en ello pueden durar más de un minuto y medio.
Desde hace 50 días, los segundos y minutos parecen tener un significado diferente. La pregunta más banal y automática, como la de saber cómo nos encontramos, parece no tener una respuesta muy clara. Responder bien es ser políticamente muy correcto, conformista y ambicioso. Responder mal es llevar el agobio y el olvido a líneas de desesperación. Por ello, muchos han optado —entre esos, yo— por responder viviendo, a pesar del riesgo humano y natural de hacerlo, sobre todo si pensamos en la sociedad polarizada, derruida y rencorosa que nos enseñaron a endiosar por ser el “país más feliz del mundo”.
Después de un terremoto, probablemente sí viene caminando a pasos agigantados la muerte, no solo porque la tierra volverá a moverse, sino porque los cambios en el clima, las políticas de gobierno y la sociedad egoísta que supo enquistarse han demostrado que no solo somos de paso, no tan fugaces, sino además absolutamente depredadores. La sensación de que la muerte nos arropará, ingenuamente, nos pone en el umbral de la desesperación porque nos vuelve frágiles y nos congraciamos con la tristeza para que la certeza se vista de luto.
Es tan complejo habitar en tiempos de post-terremoto que lograr una línea de reconstrucción para la cantidad de lugares afectados nos llevará a planificar una ciudad que debe ser pensada no para la extensión de la vida, sino para ahuyentar la muerte, con el propósito sano de saberla vecina nuestra. Habitando encima, debajo, al lado o simplemente en lejanías, pero con la plena seguridad de que será siempre la anfitriona del cemento caído o de la aridez de la urbe.
La evocación de sus seis letras se vuelve una ilusión, una fantasía o el terreno plácido de su actuación, pues mientras más consciente se es de que la lluvia cae sobre el techo, más vivo se está; por el contrario, cuando pasa la tormenta y se puebla de silencios, llegó la hora de reconocer su cara.
Siendo las 6:00 de la mañana, me dispongo a salir de casa con la sensación de que, en cualquier lugar, la tranquilidad puede enlodarse o empolvarse.

¿Usted o alguien que conoce necesita acompañamiento psicosocial luego del terremoto? Comuníquese al teléfono 123, opción 3, línea habilitada por la Alcaldía de Manizales.

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