Del pogo “satánico” a la solidaridad rockera

Esos muchachos de cabellos largos y pintas negras a los que muchos llaman satánicos, se echaron mercados al hombro y demostraron que nada tienen de malas personas.
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Del pogo “satánico” a la solidaridad rockera

¿Quién dijo que todo está perdido?

Yo vengo a ofrecer mi corazón.

Fito Páez

Durante décadas, a los rockeros nos han mirado con sospecha y, peor aún, señalado con el veneno del prejuicio. Es normal que, para muchas personas ingenuas, llevar el cabello largo, vestir de negro, escuchar guitarras estridentes, mover la cabeza desenfrenadamente y bailar como locos que se puñetean en una rueda de apariencia satánica, resulta incomprensible.

Para una sociedad como la nuestra, los rockeros somos diabólicos, ateos, marihuaneros, vagos y hasta peligrosos. Sin embargo, comprendemos que en Colombia es más fácil juzgar nuestra apariencia que escudriñar y reconocer lo que hay al interior de ella. Sólo basta una camiseta negra con el estampado de nuestra banda favorita, unas botas, una chaqueta de jean y el sonido del metal para dictar la severa sentencia: son seres demoníacos que beben sangre de cuencos embrujados. Por poco, y porque no estamos en la Edad Media, nos condenan a la hoguera pública o a la guillotina.

Pero esos señalamientos carecen de argumentos. Los rockeros somos unos loquitos de buen corazón y jamás predicamos el daño ajeno. Puros cuentos y mitos raros, nada más. Expongo esto porque, cuando llegó el terremoto, la tierra que no distingue de credos, gustos musicales ni clases sociales, nos recordó de que todos somos iguales ante la señora muerte. No obstante, mientras muchos se resguardaron tras los muros de sus casas, nosotros, quienes escuchamos rock, emprendimos una estrategia de contingencia en cabeza de nuestro parcero Alejandro (él sabe de quién hablo, pues no le interesan los likes).

Al percibir la tragedia que sufrieron Pereira y Dosquebradas tras este terremoto devastador que inundó de miedo a nuestras almas, el parcero evitó que otras “paredes” se vinieran abajo y que a muchas familias las devorara la incertidumbre y el horror. Alejo dispuso su casa, llamó a su gente, trazó una estrategia de acopio y capitaneó una cuadrilla de rockeros que, ante este panorama desolador, aparecieron para hacer el bien a quienes lo requerían. Es más: nosotros, los rockeros, no llegamos con discursos ateístas ni con señalamientos contra Dios; simplemente nos dispusimos a colaborar.

Del pogo “satánico” a la solidaridad rockera
Alejandro Giraldo-@alejandro_giraldo1974

Y entonces, como son las obras bonitas, ocurrió aquello que nadie esperaba: esos muchachos de cabellos largos y pintas negras a los que muchos llaman satánicos, se echaron mercados al hombro y, en caravana, salieron a repartir donaciones, a darles de comer a los rescatistas, a entregar medicamentos y demostrarle al mundo que nada tienen de malas personas. Aquellos mechudos mefíticos que parecen indiferentes frente a la sociedad, hoy se preocuparon por colaborar con los más necesitados. Ellos colgaron sus guitarras y desarmaron sus baterías porque primero está la gente; la música sabrá esperar, por ahora.

Ese, señores, es el verdadero espíritu del rock: el altruismo. Yo, que adoro este género, doy fe de que no se trata únicamente de escuchar melodías fuertes y estrepitosas; tampoco nos interesa aislarnos o descabezar una paloma para beber su sangre en un extravagante ritual. Para muchos de nosotros, el rock es una manera diferente de reclamarle al escenario político su indiferencia e indolencia con la sociedad. Pero no se equivoquen: el rock, más que ruido, es fraternidad, pues aprendimos que la solidaridad no necesita uniforme, que la bondad no tiene una apariencia determinada y que la humanidad de una persona no se mide por la música que escucha.

Resulta paradójico que, durante mucho tiempo (y aún lo siguen haciendo), la gente nos pregunte si creemos o no en Dios. ¡Claro que sí! ¡Muchos creemos! Y los que no, se los aseguro, son humanistas que respetan y creen en sus congéneres, en los otros y en lo otro. Creemos en el amigo que pidió le echáramos una mano, en la familia que lo perdió todo, en el desconocido que necesitó alimento, en la montaña que requiere ser protegida. Esta tragedia nos puso bajo un mismo cielo a todos y sobre una misma tierra que no ha dejado de temblar. No es tiempo de discriminar sino de ayudar, sin importar el color de la piel, la fe profesada o el género musical que nos agrada.

Considero, de hecho, que ya es hora de derrumbar el muro del prejuicio que la sociedad antepone al rock, pues los rockeros de Pereira demostramos que debajo de nuestras camisetas negras palpitan corazones capaces de conmoverse; que al pulsar las cuerdas de una guitarra eléctrica no sólo se produce ruido; también florece la sensibilidad frente al dolor ajeno.

Del pogo “satánico” a la solidaridad rockera
Alejandro Giraldo-@alejandro_giraldo1974

El rock, más que una música satánica que se usa como telón de fondo en los rituales diabólicos (eso dicen las malas lenguas), es resistencia, hermandad y solidaridad. Este género de la contracultura nos enseñó a ser críticos y cuestionar muchas cosas socioecónomicas y políticas, pero nunca, nunca jamás, a permanecer indiferentes cuando alguien está abatido.

Nos llaman hijos de Caín, engendros del Maligno, ateos, marihuaneros. Nos juzgan por nuestra música, nuestra apariencia y nuestra manera de habitar la ciudad; no obstante, cuando Pereira se derrumbó, muchos de esos rockeros, socialmente despreciables, estuvimos allí. No importa que nos denigren con sus palabras desobligantes y nos señalen con un dedo acusador, nosotros, los rockeros, sabemos cuándo extender la mano para levantar al prójimo, sea quien sea.

 ¡Larga vida al rock, cabrones!


¿Usted o alguien que conoce necesita acompañamiento psicosocial luego del terremoto? Comuníquese al teléfono 123, opción 3, línea habilitada por la Alcaldía de Manizales.


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    Pereira. Escritor, docente e investigador. Profesional en Español y Comunicación Audiovisual de la Universidad Tecnológica de Pereira, magíster en Lingüística. Actualmente adelanta estudios de doctorado en México. Ejerce la docencia en educación básica y universitaria (programas de pregrado y posgrado). Es autor de los libros A la orilla del abismo; Ícaro: simbología y actualización de un mito; Carne para caníbales; Cartografía del mal y Putópolis. Su trayectoria literaria ha recibido importantes reconocimientos: Carne para caníbales obtuvo el Premio de los Lectores de Klepsidra Editores en 2020 y posteriormente fue seleccionada para el Plan Nacional de Lectura, Escritura y Oralidad del Ministerio de Cultura. Esta obra será expuesta en la Feria Internacional del libro en Fráncfort, Alemania. También ha publicado ensayos y artículos en importantes diarios locales e internacionales (Perfil, Argentina); participó como conferencista invitado por Colombia en temas de literatura y periodismo latinoamericano (La Habana, Cuba).

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