
Ha pasado más de una semana pero en mi mente y en la alerta de mi cuerpo el suceso se siente como si fuese apenas ayer, y como sí ocurriese cada nuevo día.
El 10 de agosto de 2026 mi pareja se despidió de mi dos segundos antes para ir a casa de su mamá. Yo estaba a punto de tomar el computador para dar inicio a mi jornada de trabajo, cuando sentí un leve mareo. Inmediatamente tuve conciencia de que estaba temblando. Me quedé quieta mirando a mi compañero quien se había detenido en el pasillo. Se regresó hasta el marco de la puerta de la habitación y me pidió que me hiciera junto a él. Esperé unos segundos a que cesara el movimiento, pero contrariamente el edificio empezó a mecerse mucho más.
El remezón se incrementó y los ventanales y el techo comenzaron a sacudirse. Uno de mis gatos, que tomaba el sol plácido junto a la ventana al tiempo que se acicalaba, salió disparado y no pude tomarlo para intentar resguardarlo.
Procuré conservar la calma y pregunté si debíamos salir del edificio. Sin embargo, desde un 6to piso y con el movimiento incrementando cada vez más, temí que en caso de derrumbarse alguna parte de la edificación pudiera caer sobre nosotros mientras huíamos por las escaleras. Me ubiqué junto a él en el pasillo, entre el marco de la puerta de la habitación y del estudio, mientras observaba atónita como todo a nuestro alrededor se sacudía cada vez más. El tv en su soporte de pared bailaba hacía todos lados incontrolable. Escuché que se rompían cristales y el sonido de muchas pequeñas y grandes cosas que caían de todas partes del apartamento y posiblemente de los vecinos.
En medio de este inmediato caos los sonidos se me hicieron tan intensos, que creí que se habían estallado los ventanales del pasillo, la sala comedor y la terraza; y que mis dos gatos asustados podrían haber saltado en un intento por ponerse a salvo. La sensación me resultó aterradora e incierta. La recuerdo como estar de pie dentro de un autobús a toda velocidad con saltos y frenadas reiteradas en seco que impedían sostener el equilibrio. Traté en vano de entender la situación y dilucidar mediante la razón la posible causa de ese movimiento. No pude pensar con claridad y no tuve un punto de referencia para ordenar el caos de mi mente. No había experimentado jamás algo así y la duración y la intensidad superaban significativamente cualquier otro temblor que pudiese recordar en ese momento.
Cerré los ojos por un momento, impotente ante la multitud de sonidos y estallidos que escuchaba cercana y distantemente. El celular estaba a varios metros de mí sobre una mesa y repiqueteaba insistentemente con un tono que no pude reconocer en ese momento. El de mi compañero sonaba también insistentemente en su bolsillo. Escuchaba también latas y posiblemente concreto que caía. Gritos de los niños de un colegio vecino. Las sacudidas eran cada vez más intensas y me daban la sensación de estar en medio de un vendaval o una balsa en medio del mar, sin embargo, el cielo era intensamente azul tras las ventanas del cuarto y del estudio. Apenas podíamos mantenernos sujetados al marco de la puerta de madera en medio del estruendo, el intenso zarandeo y levantón que se sentía desde el suelo y cuya vertiginosidad parecía crecer cada vez más. Me resigné en mis adentros a la idea inevitable de que el edificio iba a derrumbarse con nosotros allí.
Fueron un poco más de dos minutos que se sintieron como una eternidad. Cuando por fin cesó estábamos mudos y yo sentía el temblor aún en mis piernas y con un collage de emociones que contrastaban entre sí. Aliviada de que se hubiese detenido el movimiento, con temor de que reiniciara, con deseos de correr pero también petrificada y con la sensación de que no podía caminar.
Cautamente como si mis pasos pudieran reactivar aquel movimiento, sosteniéndome de las paredes del pasillo, avancé en busca de mis gatos. Las ventanas no estaban quebradas. Mis gatos estaban acurrucados: uno sobre el sillón y el otro en el suelo junto al lado del mismo sillón. Ambos estaban una zona que podría significar para ellos el triángulo de vida. Estaban con los ojos muy abiertos, con sus garritas tratando de aferrarse a la superficie y en un estado de total alerta. Descansé al verlos.
Observé pasmada el entorno y los estragos al interior. Los enseres de cocina y productos de aseo de los baños cayeron de los gabinetes. Muchas cosas estaban rotas en el suelo. En las paredes todo aquello que tenía cierto rango de movilidad o pudo caerse estaba ladeado o en piso.

Puse mi mano en el pecho y fui consciente de que estábamos todos asombrosamente ilesos. Salimos a la terraza para inspeccionar daños, un par de plantas y una pequeña chimenea de cemento con soporte de hierro estaban volcadas. En medio de alarmas y sirenas, vimos desde el balcón a nuestros vecinos en la calle y algunos escombros.
La pared del segundo piso de un edificio de enfrente se había desplomado, y los cristales de otro diagonal a nosotros estaban rotos. Alarmas y sirenas sonaban en toda la ciudad. Me devolví a buscar el celular y noté que el internet estaba caído porque se había ido la luz. La alarma cuyo sonido no identifiqué durante el movimiento indicaba terremoto. Activé los datos y observé que tenía varios mensajes y llamadas. Había fotos de la catedral con una de sus torres caída y de edificios de mi ciudad afectados. Indagué sobre lo ocurrido con la convicción de que habíamos sido el epicentro. Supe que se trataba de un movimiento sísmico de intensidad 7.4 a más de 100 kilómetros de profundidad que había devastado a otras ciudades como Pereira y Cali, y que del epicentro en Chocó, no se tenían noticias aún.
Intenté comunicarme con mi mamá y mi hermanita que residen en Pereira, pero pasó mucho tiempo antes de que pudiera lograrlo, lo cual me mantuvo en estado de ansiedad y alerta. Hablé con mi otra hermana en Ibagué, quien estaba aún nerviosa y muy angustia, tanto por el movimiento que allá se sintió también muy intenso, como por el hecho de no poder comunicarse con Pereira, ni con unos tíos que tenemos en Cali. Hablé con otro familiar en Bogotá donde supe que también se sitió el evento con fuerza, y que había reportes de casi un tercio del país, y que las afectaciones involucraban a varios departamentos. Que había muchas vidas perdidas, personas lesionadas, y cientos de desaparecidos entre los graves daños de estructura de los que apenas se tenían noticias.
Todo cambió en ese momento. Pasé del asombro de estar viva nuevamente al temor, mezclado con una inconmensurable sensación de angustia, impotencia y tristeza ante los daños y el inmenso dolor que en apenas dos minutos nos había tomado a todos por sorpresa, y que había ocasionado estragos en cinco departamentos con sus grandes y pequeñas poblaciones.
Desde ese momento y aún, la sensación ha sido la de estar en un interminable y delirante día. He procurado ayudar o estar pendiente de los pequeños actos en mi alcance. También he rezado como nunca en mi vida intencionando consuelo, recuperación y esperanza para todas las vidas comprometidas. Para que estemos a salvo, y para que podamos superar este movimiento tan estremecedor y esta angustia tan grande, que para muchos continua.
La cotidianidad desde este día, ha traído montones de noticias tristes y dolorosas. Cientos de personas, algunas allegadas a conocidos perdieron la vida, resultaron heridas, continua desaparecidas o perdieron su hogar o su medio de sustento. Sin embargo, también en medio de esta pesadumbre, he podido hacerme consciente de los miles de milagros por cada vida y lugar que estuvieron o pudieron ponerse a salvo en miedo de la destrucción a su alrededor.
Le he dado vueltas y vueltas cada día a este hecho en una especie de recorrido personal desde el trauma, que también me ha llevado a la esperanza, al darme cuenta de lo estremecedor que resulta la ayuda recibida de la gente que en su inmensa mayoría ha sido solidaria con todas las personas afectadas. Gente que cuida y salva vidas, que atraviesa el país para brindar un alimento, que remueve y recoge escombros, que convoca a la fraternidad, que barre la ciudad, que comparte información útil, que ayuda a trastear, que ayuda a reparar un techo, que brinda consuelo y un abrazo solidario.
Es reconfortante la solidaridad de la ciudad para la recuperación y reactivación. La ayuda humanitaria que se ha movilizado en todo el país para llegar a quienes lo necesitan es una bella inyección de esperanza para que podamos colectivamente afrontar los estragos que se perfilan cada día y que, muy seguramente, con el pasar de los días van a evidenciarse mucho más, y durante un tiempo prolongado.
Persiste la sensación de incertidumbre de qué algo así puede ocurrir nuevamente, y a más de una semana el temor que observa con sigilo las cientos de réplicas que reporta el SGC (Servicio Geológico Colombiano), las cuales son consecuencia natural del movimiento de la tierra; la mente se inquieta y el cuerpo recuerda el eco del movimiento en aquellos sutiles temblores que se alcanzan a percibir, y que desde allí, nos recuerdan la fragilidad de la vida y la necesidad de solidarizarnos mucho más. También nos trae al presente, la necesidad ciudadana de procurar aportar a la prevención y fortalecimiento de una política cotidiana de cuidado y prevención de emergencias, que por encima de la rentabilidad económica, entienda los ritmos y ciclos de la naturaleza y nos permita hacer conciencia colectiva de que con todo nuestro ingenio, no estamos por encima de ella..
¿Usted o alguien que conoce necesita acompañamiento psicosocial luego del terremoto? Comuníquese al teléfono 123, opción 3, línea habilitada por la Alcaldía de Manizales.

El terremoto del 10 de agosto de 2026 marca la historia de nuestro territorio. Narrarlo ayuda a construir memoria y a reparar nuestras grietas emocionales. Si quieres escribir qué piensas o sientes y publicarlo en Barequeo, envía lo siguiente a barequeo@barequeo.com
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