
Otra vez la fuerza poderosa de la naturaleza nos recuerda esa lección que nos da cada tanto y que recuerda nuestra fragilidad y la de los pueblos marginados y vulnerables, evidencia sin duda la avaricia y estafa de algunas inmobiliarias y profesionales de la construcción, y la inoperancia de los gobernantes que no dejan de lado sus “ideologías” políticas, que se configuran en intereses particulares, generando con el paso de las horas más y más víctimas; las revelaciones así, se vuelven inminentes.
Pero luego llegan las gratas acciones que le ganan a todo lo anterior, identificada la catástrofe, aparece de inmediato la solidaridad, se organizan equipos de trabajo, el altruismo se desborda en aguapanela con limón, sánduches y sancocho comunitario para los voluntarios que empiezan a mover ladrillos y vigas en el intenso sol que por estos días se mantiene elevado en sus grados de temperatura en el occidente colombiano. En Armenia, por ejemplo, hemos estado padeciendo las últimas semanas entre 30 y 33 grados; no me imagino Cali y Chocó, en Pereira y Manizales está igual, volviéndolo todo más sofocante, más insoportable.
La facilidad que tenemos con la tecnología y las redes sociales ayuda a visibilizar la catástrofe minuto a minuto, moviendo la empatía, todos haciendo de periodistas con relatos más honestos y efectivos que los de los medios de comunicación tradicionales, nacionales e internacionales, compartiendo fotos y videos, todas esas imágenes que aparecen en nuestras pantallas que, aunque aterradoras, jamás le harán justicia a la experiencia pavorosa que vivimos el pasado lunes, con el valor de la presencialidad física involuntaria, que luchó para sostenerse en pie por la intensidad del movimiento que duró la eternidad, mientras pensábamos que era el final, la hora de llegada, como dicen las abuelas.

Al día siguiente del terremoto recorrí Armenia, muy aporreada, fui a Pereira a abrazar familiares y a llevar ayudas, y tomé algunas fotos y videos, las mostraba a los de mi casa, las publiqué en historias de Instagram, conté sobre la experiencia de verlo todo destruido, pero no alcanzaban la expresión ni los adjetivos para describir lo que ví y lo que pude oler, lo que pude sentir en el ambiente, en el desconsuelo de las caras de los afectados, el calor, el calor de la calle y el cemento que se desplomó como naipe en el centro de Pereira.
Viví el terremoto del 25 de enero de 1999 en Armenia Quindío, que para esa oportunidad sufrió devastación y muerte, y a partir de ese día me quedó instalado, como a muchos, el “software” de la percepción sísmica que funciona de maravilla en cualquier lugar donde uno se encuentre. Cuando siento un movimiento extraño, me quedo quieta unos milisegundos, miro para todos lados y me digo ¿está temblando? Y así desde ese día muchísimas veces cada año, y el pasado lunes 10 de agosto, se actualizó, tiene nuevas “aplicaciones”, sensores extraños de movimiento, como mareos chiquitos que no han dejado estar en calma a mi sistema nervioso, no deja dormir, la tensión en todo el cuerpo es silenciosa, pero se manifiesta al día siguiente cuando siento como si hubiese hecho mil sentadillas y flexiones de pecho, magullada como si hubiese corrido una maratón, la mandíbula más tensa, el bruxismo empeoró. Un terremoto es una experiencia que se vive con cada parte del cuerpo y la manifestación gradual o contenida de cada emoción, es algo que se te queda grabado para siempre.


No he podido llorar con ganas, y hoy no sé si tengo un nudo inmenso en la garganta, porque hay algo ahí atascado que no hace sino crecer, que se anuda una y otra vez cada que ve una imagen o un video de lo que sigue pasando, mientras se remueven escombros y buscan vida los voluntarios y expertos, mientras la gente lleva donaciones y otros reciben, clasifican y empacan, y de repente una noticia peor que la del día anterior en cifras: víctimas, damnificados, edificaciones a punto de colapsar, ¿qué sentir? ¿cómo poder vivir entre la tristeza y la alegría al mismo tiempo? ¿entre el miedo y la incertidumbre? ¿son sentimientos parecidos a los del terremoto pasado, a los de la pandemia? Volvemos otra vez a estar en pausa y pensar, nuevamente a reflexionar, llegar a lo esencial, a eso que nos están entregando como mensajes encriptados en medio de las vicisitudes de cada día de los tiempos actuales y hostiles que vivimos.
Contra la naturaleza nadie puede, así como es de generosa, dándonos cada día, puede acomodarse, liberar su energía y cambiar en segundos nuestras vidas, voltear la torta, como se dice popularmente, y dejarnos a su merced, al de su poder que con paradójica generosidad nos proporciona una información valiosísima sobre la importancia vital de la apreciación de lo simple, sobre la pausa, sobre no dar por sentado todo, sobre lo que andamos acumulando en todo sentido, sobre el restablecimiento de la comunidad, del cuidado, de lo que significa la vida y dignidad del otro, sus derechos y necesidades, la compasión, la empatía, que es lo que anda aflorando hace 4 días y nos tiene en una movilización histórica que no distingue raza, estrato, posición política, edad, ni género.
Hoy prevalecen la vida y el bienestar, es una nueva oportunidad para actualizar nuestro software de manera voluntaria, porque nuestra esencia no es el egoísmo, no es la insolidaridad, porque hoy más que nunca se demuestra que somos uno con el todo.
¿Usted o alguien que conoce necesita acompañamiento psicosocial luego del terremoto? Comuníquese al teléfono 123, opción 3, línea habilitada por la Alcaldía de Manizales.

El terremoto del 10 de agosto de 2026 marca la historia de nuestro territorio. Narrarlo ayuda a construir memoria y a reparar nuestras grietas emocionales. Si quieres escribir qué piensas o sientes y publicarlo en Barequeo, envía lo siguiente a barequeo@barequeo.com
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