
14 de noviembre, 2023
Una carta de amor a mi abuela
Estoy en Manizales. No le conté a nadie que vive aquí que estaba. No porque no los quisiera ver, sino porque estoy acá para estar con mi abuela. Habían pasado 23 años desde que la última vez que venía. 23. Era un número que iba incrementando con los años, hasta un punto en el que no me gustaba hablar sobre el tema. Me atrancaba. Estoy acá. Y me siento con ella. Esta ciudad es la cuna de mi familia inmediata colombiana. No todos se quedaron. Unos se fueron a otras ciudades y ya les he visto. Era lo más importante verlos a ellos. Pero me di cuenta al fin de este viaje que ahorré años para hacer, que no me podía ir sin estar más tiempo en esa cuna, dónde mis memorias más fuertes de Colombia se sitúan. Tengo que agradecer a toda mi familia por el tiempo que me han dado durante este viaje. No es fácil albergar a alguien con quien hayas perdido mucho contacto después de tantos años. Espero que no les haya incomodado mucho.

Me siento triste. No me quiero ir. Pensé antes de venir en esta última vuelta, que vengo a Manizales para recuperarla para mí mismo. Cuando uno es niño no tiene control. Vas donde te llevan. A veces no me quería ir de mi país. Me encantaban los veranos en Baltimore, era nadador competitivo y odiaba irme para perder esa temporada. El verano en Baltimore, aunque caluroso y húmedo, es bonito. Pero iba, y pasaba la mayoría de mi tiempo en Colombia, y después un par de semanas en Lima, porque mi papá no podía salir mucho tiempo del trabajo.
Le dije a mi tía hace poco que mis memorias más puras, para decirlo de una manera, son colombianas: jugando con mi prima en la finca, mi primer partido colombiano de fútbol con mi tío y mi primo, arepas, dulces colombianos, la papa criolla, mi abuela con su tiple, Sancancio, montando a caballo, la caña de azúcar, trabajadores en las fincas con sus machetes y acentos y ponchos y sombreros. Ventas en la calle en el centro de Manizales, los termales, una borrachera absurda en Leticia, y mucho, mucho más. Las caras de las y los primos hermanos de mi mamá. Mi abuelo llevándome por las faldas de Manizales en su moto, quemando mi pantorrilla en ella. Hay un infinito de memorias. Y en el centro de todas ellas está mi abuela. Comparto memorias con mis primas —Ella también jugaba cartas con ellas.



El apartamento de la abuela Tite, la casa de mi tío y la casa en la que creció mi mamá.
Ahora tengo el lujo de haber llegado a ser adulto, y puedo ver, gloriosamente, como han crecido mis primas y primos, qué han logrado en sus vidas mis tíos y tías, he podido reconectar con unas pocas conexiones perdidas. Me falta ver muchas caras que no he visto, pero el tiempo se me acaba. Tengo que regresar a mi vida contemporánea. Tengo que seguir en la vida. Pero eso no quiere decir que no vuelva. Vine también para averiguar sobre unas maestrías acá, ya que el otro sueño es pasar por lo menos un año en este país.
Lima y Perú ya están dentro de mí con más fuerza que antes. Espero poder profundizar en mi futuro mi conexión con Colombia.
Creo que ahora puedo decir que Manizales y Colombia son mías. Las he recuperado. Ahora no solo soy un niño cargado hacia ellas, sino que decidí reclamarlas. Son parte de mi crianza, mi forma de pensar, mi forma de querer, mi forma de ser. No lo puedo evitar, pero sí puedo decidir si lo acepto. Lo acepto y más. Lo adoro.



Una falda de Manizales, la iglesia en la que se casó mi tía y el Estadio Palogrande.



La iglesia a la que íbamos los domingos, la Plaza de Bolívar y llegando a Manizales.



El Morro Sancancio, un señor en el centro y una oblea en Chipre
15 de agosto, 2026, cinco días después del terremoto
Hoy es el cumpleaños de mi abuela.
Le dije a alguien acá, que no sabía que tenía raíces colombianas, que ver la torre de la catedral en Manizales caída era como si hubieran quebrado a propósito el brazo de mi abuela.
Ella permea esa ciudad. Todo lo que veo ahí está conectado a ella: mis primas, el centro, Palogrande, Sancancio, arepas, Chipre. Nos acompañaba en todas partes, no solo en Manizales, sino en mucho de Colombia. Conozco más a Colombia, me parece, que a los Estados Unidos.
¿Qué diría ella hoy? Seguro se quejaría del sufrimiento que veía. Se enojaría de ver parte de ella, lo que consumía todos los días, por vista, en físico, los lugares que conocía desde joven, en otra condición.
Cansa. Cansan estos cuentos. Todos deben estar cansados de leer estas letras, las de otros, de desplazarse en Instagram. El trauma cansa. Querer aliviar el sufrimiento de los demás —cansa.
Podría decir cosas alentadoras que se ven mucho en estos días. Pero hoy, simplemente quiero acordarme de mi abuela. Una señora fuerte, alegre, energética, social.
Quien amaba a Manizales y a su familia.
Ahí está ella, enterrada en las afueras de la ciudad, pero más bien, la veo hoy en la ciudad misma, en la gente que camina por las calles, quienes salen a ayudar, en mi tío y su familia quienes siguen viviendo y trabajando y luchando y creando ahí. En mi madre quien creció ahí. En mis memorias de la ciudad y sus alrededores, y en mi deseo de que Manizales, y las otras ciudades y regiones de Colombia encuentren la manera de avanzar, ya que ahí sigue ella, y seguirá, por lo menos mientras que la recuerde, y la recordaré.
Feliz cumpleaños, Tite. Aquí andamos. Te amo.

¿Usted o alguien que conoce necesita acompañamiento psicosocial luego del terremoto? Comuníquese al teléfono 123, opción 3, línea habilitada por la Alcaldía de Manizales.

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