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Queridos barequeros, queridas barequeras:
Luego de la falta de un empalme oficial y sosegado en la transición presidencial, quedamos entre esa especie de retirada a las trincheras que ha hecho el Gobierno Petro, y el afán de golpes de opinión del entrante De la Espriella y su vicepresidente. Quedamos entonces ante un gobierno que no gobierna, no importa si lo leemos desde el que sale o desde el que entra.
El limbo se hizo todavía más intenso una vez pasado este 20 de julio, en el que se posesionó un Congreso de mayorías de derecha, aunque no necesariamente vinculadas al gobierno que entra. El Congreso eligió como presidente del Senado a Honorio Henríquez y no a Alfredo Deluque, el candidato que Abelardo de la Espriella respaldaba. César Augusto Montes Loaiza, en «Partidos que inician», contó antes de esa votación cómo se repartían los 103 senadores entre gobierno y oposición.
Así que hasta el 7 de agosto, posesión definitiva del nuevo presidente, tendremos aún más un gobierno que no gobierna —el que entra—, sobreactuando su poder con golpes de opinión y anuncios de políticas sin aterrizar. A eso se suma un gabinete que salta entre tres apuestas distintas. La primera reparte carteras según un cálculo partidista y el clientelismo de siempre, con Noguera en Transporte, la hermana de Fico en Deporte, Holguín en Cultura; eso sí, sin jugarse del todo por ninguna bancada.
En una segunda apuesta, el gobierno entrante, que no gobierna, intenta sumar perfiles «técnicos», que no son más que enfriar las posiciones con métodos científicos tradicionales. Pero en este caso, el gabinete corre el riesgo de mostrar inexperiencia frente al tamaño del Estado que va a administrar y frente a su contexto político que suele dar o quitar permisos para hacer.
Y una tercera apuesta busca llevar a fondo las nociones de seguridad, de fuerza pública, de discurso de confrontación y de mano dura; aun en cultura, con Holguín, sin que se sepa todavía cuánto daño puede causar o cuánta expectativa puede terminar rompiendo. Antonio Gómez Molina ofrece un espejo latinoamericano. En «Una noche frente a Carondelet» registra una protesta contra Daniel Noboa, otro presidente que llegó prometiendo mano dura y hoy gobierna con 26% de aprobación. Ana María Mesa Villegas, en «Arlequines y cultura», pregunta qué lugar tendrá la memoria del conflicto armado bajo una ministra de Cultura señalada por vínculos con el testaferrato de Pablo Escobar. Adriana Villegas Botero, en «De Mamatoco a las cuchas: ¿quién dio la orden?», documenta el otro lado de esa disputa: la censura militar del mural «¿Quién dio la orden?» y el fallo de la Corte Constitucional que esta semana ordenó proteger los murales «Las cuchas tienen razón».
Quizás para este limbo, antes de que se nos venga el 7 de agosto encima, sea posible «Pensar en cosas bonitas», como escribió Juan Grajales. Describe el desgaste de vivir ese mismo ciclo político desde la fatiga personal, la dificultad de hablar con cualquier latinoamericano sin terminar hablando de Kast, Milei o Abelardo de la Espriella. Frente a este vacío del gobierno que no gobierna, puede que un antídoto sea lo que nos dice María Camila Cabrera Celis, en «La amistad, donde termina el inventario»: hacernos un territorio que no dependa del calendario político, siempre en la permanencia de quienes, sin ser los que más se nos muestran, seguimos eligiéndonos.
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