La amistad, donde termina el inventario

Quizá esa sea la definición más sencilla: un amigo es alguien a quien elegimos una y otra vez. No porque sea perfecto, ni porque nos haga mejores, mucho menos porque coincida siempre con nuestras ideas.
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Montaigne dijo de Étienne de La Boétie: «Porque él era él, porque yo era yo». Con esa frase describió su amistad y produjo un fracaso feliz: fragmentarse en dos y, ante la ausencia del otro, considerarse solo la mitad de sí mismo. O quizá lo explicó todo, porque la amistad suele resistirse a las razones. Cuando intentamos justificar por qué queremos a ciertas personas, las respuestas resultan insuficientes. Son inteligentes, son generosas, son divertidas. Pero conocemos personas inteligentes, generosas y divertidas a las que no amamos. Hay algo más.

Aristóteles distinguía entre amistades por utilidad, por placer y por virtud. Las dos primeras son algo sencillas de comprender: queremos a quienes nos ayudan o nos hacen felices. La tercera es más compleja, pues surge cuando apreciamos a alguien por lo quien es. Más de dos mil años después, la clasificación sigue siendo útil, aunque sospecho que deja algo por fuera. Porque incluso la amistad más profunda no siempre se funda en la virtud. A veces sobrevive a pesar de la falta de ella. Pienso en mis amigos y descubro que no son las mejores personas que conozco. Tampoco las peores. Son simplemente ellos. Algunos son desordenados, otros egoístas y unos poseen una capacidad admirable para tomar malas decisiones. Hay quienes desaparecen durante meses y reaparecen como si hubieran salido por café hace diez minutos.

Y, con ello, la amistad parece comenzar donde termina el inventario. Hannah Arendt sostuvo que la amistad consiste en compartir el mundo. Esto me interesa porque desplaza la atención del sentimiento hacia la presencia: un amigo es alguien con quien observamos la realidad. Alguien que ocupa nuestro mismo paisaje moral y emocional. No necesariamente para estar de acuerdo, sino para mirar junto a nosotros. Quizá por eso las amistades duraderas no se sostienen en la admiración. La admiración es frágil: depende del desempeño, de la excelencia o del éxito. La amistad soporta mejor el fracaso. De hecho, suele revelarse allí, cuando la belleza desaparece, cuando los proyectos fracasan. Justo cuando la vida deja de parecer una promesa y empieza a parecer una negociación cotidiana con las pérdidas. Descubro que hay una intuición valiosa: la amistad no exige centralidad. No necesita ser el acontecimiento principal de una vida para ser esencial. Tal vez por eso envejece tan bien. Distinto al amor romántico, que suele exigir transformaciones constantes. Demanda intensidad, atención y renovación. La amistad tiene ambiciones más modestas y, justamente por eso, más resistentes. Le basta con mirar hacia el mismo horizonte, no contemplarse a sí misma.

Montaigne escribió que en la amistad las almas se mezclan y se confunden hasta el punto de no encontrar la costura que las unía. Considero que los amigos no borran sus límites. Lo importante ocurre en otra parte: conocen perfectamente dónde están esas fronteras y, aun así, deciden permanecer. Vivimos en un tiempo que sospecha de todo lo que no puede contabilizarse. Los afectos parecen sometidos a la lógica del balance: cuánto damos, cuánto recibimos, cuánto vale seguir al lado de alguien. La amistad responde con otra lógica. No ignora los defectos; los conoce. No niega las decepciones; las incorpora. No elimina las diferencias; aprende a convivir con ellas ¿Toda amistad verdadera contiene una promesa dirigida al futuro? No a un futuro heroico, sino a la disposición de acompañar las pérdidas y los fracasos. De seguir reconociéndose, cuidar las heridas y responder cuando el otro llama.

Quizá esa sea la definición más sencilla: un amigo es alguien a quien elegimos una y otra vez. No porque sea perfecto, ni porque nos haga mejores, mucho menos porque coincida siempre con nuestras ideas, sino porque, después de haber visto sus luces y sus sombras, de haber presenciado sus derrotas y nuestras propias decepciones, seguimos encontrando razones para permanecer. En un tiempo obsesionado con las condiciones, la amistad sigue siendo, para mí, una de las pocas formas de afecto que se acercan al desinterés. No porque ignore lo desastrosos que somos, sino porque lo sabe. Y, aun sabiéndolo, permanece.

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  • Foto del rostro de María Camila Cabrera Celis

    Armenia, Quindío, 2001. Investigadora, profesora, escritora, editora y gestora cultural. Licenciada y magíster en Educación. Su trabajo académico y literario se centra en las relaciones entre escritura, educación, memoria, territorio y cultura. Es compiladora e investigadora del libro Después del silencio, la palabra (2025); coinvestigadora y coautora de La palabra elegida. Carmelina Soto (Biblioteca de Autores Quindianos, 2023), y coautora de Estesis y mediación artística del conflicto armado (2020).

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