Visitar Quito sin recorrer sus calles y edificaciones céntricas es un acto del mayor despiste, porque la belleza del arte quiteño se hace evidente en cada una de ellas. Recorrer el centro de la ciudad es un viaje al pasado, uno en el que la exquisitez de las formas era prioridad en la época colonial, a cualquier costo: económico, humano o religioso. Quién sabe cuántas vidas amalgamaron con sangre y sudor esos devaneos arquitectónicos en piedra volcánica que le cortan el aliento hasta al más descreído. Todo es imponente: desde los más de 400 kilos de revestimiento en oro al interior del templo de los jesuitas hasta las retorcidas formas de la neogótica basílica del Voto Nacional, con su nave central de 140 metros y las numerosas gárgolas que representan la fauna ecuatoriana, en lugar de los habituales animales mitológicos. Miles de paseantes, muchos de ellos de origen extranjero, recorren el centro histórico cada día.
Eso sí, ese mismo centro de Quito es un tétrico barco fantasma luego de las 8 de la noche. Sus calles quedan despobladas, silenciosas y amenazantes ante los peligros que el visitante novato no sabe leer, como por ejemplo la cercanía de algunas “zonas rojas”, como las llama un taxista. Pocas casas están habitadas, dedicadas más bien al comercio o a las oficinas. Solo vario hoteles alojan a esos visitantes que buscan lo exótico en una cultura de raigambre indígena y católica, una simbiosis que tiene en la tradición y en la fe sus ingredientes infalibles. El cerro de El Panecillo, con su virgen alada poblada a sus pies con comercios artesanales, parecen confirmarlo.
En la Plaza de la Independencia, por contraste, hay cierto bullicio a esa hora nocturna y no faltan los paseantes que la recorren bajo la mirada protectora del Monumento a la Independencia. Alrededor de la plaza tienen sede los representantes de los diferentes poderes, entre ellos el adusto Palacio de Carondelet, residencia presidencial caracterizada por su columnata, obra del quinto barón de Carondelet, de ahí su nombre.
El palacio tiene unas formas simples y se destaca en él un reloj coronado por tres campanas que le dan cierto aire de iglesia decimonónica, algo nada raro en este sector, considerado por la Unesco como Patrimonio Cultural de la Humanidad desde 1978, en el que hay 60 edificaciones religiosas —entre iglesias, conventos, monasterios y capillas—. El particular reloj fue instalado por orden del dos veces presidente Gabriel García Moreno, quien fue asesinado en 1875 a machetazos y pistoletazos frente a la misma edificación, luego de asistir a la misa matutina. Allí, en una pared del primer piso, una placa recuerda el hecho. Religión, política y sangre combinan muy bien en la pasada y presente historia quiteña.
En contraste, muchas décadas después, en esta fresca noche de un sábado de julio, la alegría se toma la plaza mayor y hasta relaja a los nerviosos soldados que custodian la edificación, envueltos con el festivo ritmo del pasacalle “El farrista quiteño”, interpretado una y otra vez por los ocho integrantes de la Banda Jesús del Gran Poder. También la valla protectora del palacio se ha extendido hasta el andén de la plaza para permitir el paso de los dieciocho mil participantes en La carrera de las iglesias, evento anual que recorre el centro histórico.
El encuentro deportivo se convierte, a su paso por la fachada de Carondelet, en un acto político, cuando varios de los participantes lanzan al unísono la frase “Abajo Noboa”, en clara referencia al actual presidente, Daniel Noboa Azín, un ecuatoriano-estadounidense nacido en Miami que asumió el cargo en noviembre de 2023 con la promesa de poner orden en la creciente inseguridad de Ecuador, esa misma que le costó la vida a su oponente, el periodista y candidato presidencial Fernando Villavicencio, asesinado 11 días antes de la fecha de las elecciones. Pero hoy, a casi tres años de haber asumido el poder, la situación de inseguridad ha empeorado, a pesar de haber copiado de manera irreflexiva algunas de las propuestas del populista Nayib Bukele, presidente de El Salvador. Ni las megacárceles, ni las armas de largo alcance en manos de guardias privados en las terminales de transporte, han tenido un impacto real en la disminución de la violencia en poblaciones sureñas o costeras, como Guayaquil, la ciudad más poblada del país, hoy sitiada por la banda criminal de Los Choneros y otras más.
Luego de elegido, Noboa llegó al 80 por ciento de imagen positiva; hoy, el CIEES (Centro de Investigaciones y Estudios Especializados) le da el 26 por ciento. Ese “Abajo Noboa” frente a Carondelet el sábado en la noche tiene acento popular y sustento en la realidad: 2025 fue el año con mayor cantidad de homicidios en la historia reciente de Ecuador, 9.216 personas asesinadas, a pesar de ser también el año con mayor cantidad de armas de fuego incautadas. Este país ocupó el tercer lugar como el más violento de Latinoamérica y el Caribe, un hecho que contrasta con la tranquilidad que se respiraba hace menos de siete años.
Ecuador es un ejemplo claro y doloroso de la ineficacia de las soluciones unidimensionales basadas en el uso de la fuerza para contener la epidemia de la violencia y la criminalidad. Una intervención más compleja, que la asuma como problema prioritario de salud pública, tal y como lo recomienda la OMS, requiere de acciones más complejas, costosas y lentas en su efectividad, pero más duraderas a largo plazo. El populismo de Noboa y otros mandatarios latinoamericanos no admite reconocerlo. Lo peor de todo es que, con algún grado de certeza, muchos de los que hoy gritan “Abajo Noboa” votaron por su propuesta de mano dura con la esperanza de hallar soluciones milagrosas, algo que no existe en el mundo de las complejas realidades sociales nuestras.
Mientras pasan los atletas, una mujer de edad madura, vestida de negro, con un pequeño megáfono en su mano derecha, no deja de sonreír mientras anima a los deportistas con frases como “Viva la carrera de las iglesias”, “Viva el Ecuador”, “La patria no se vende, la patria se defiende”, “Viva la patria ecuatoriana”. Yo, un hombre ya maduro sentado en una banca frente a Carondelet, me pregunto: “¿Qué diablos es la patria y quién en realidad la defiende?” Quizá ninguno de los presentes tampoco lo supiera, mucho menos el presidente Daniel Noboa, que tal vez no estaba en Carondelet esa noche, un lugar poco amable para el hijo de Álvaro Noboa, el hombre más rico de Ecuador.