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Queridas barequeras, queridos barequeros:
Del Museo Nacional, el Ministerio de Cultura retiró más de treinta piezas de las salas permanentes. Lo hizo con ese poder absoluto que brinda el hacerlo a dedo, al deseo de lo que le parece al que decide, pero también lo hizo con la cobardía que denota el subterfugio, el disimulo, el hacerlo a deshoras. Eran afiches, fotografías y objetos sobre el feminismo, los movimientos LGBTIQ+, las víctimas de la Unión Patriótica, el proceso constituyente de 1991 y el Acuerdo de Paz. La orden siguió al discurso del presidente Abelardo de la Espriella sobre una «contrarrevolución cultural», entonces se hizo el espectáculo.
La medida tiene un sentido declarado: la lucha contra el «wokismo». Es decir, algo que la mayoría del país no sabe qué es. Algo que no le dice mucho a quienes están pensando en garantizarse los mínimos de vida. Algo que no le responde nada a quienes están preocupados por la reconstrucción luego del terremoto, o por el déficit fiscal, o por la seguridad. Algo que no es más que seguir un libreto que el Gobierno ha querido copiar y pegar mal al precio que sea. Entonces se ejecutó como gesto. Hasta ahora el resultado es solo una imagen y tiene muy poco de una ruta que sepa para dónde va. No es el Gobierno con una propuesta de cultura o de memoria. Es un presidente que descuelga cuadros para decir que los descuelga.
Del otro lado, otros sectores contestaron con una propuesta con otros recursos. El 14 de octubre, en las marchas hubo consignas, disfraces y sátira. El 17 y el 18, cientos de personas se reunieron frente al Museo Nacional. Pegaron copias de las obras retiradas y repartieron pegatinas con sus imágenes. La respuesta fue de cuerpo, de imagen y de humor. Llevaba la exigencia de una conversación política con más complejidad que descolgar cuadros a dedo, solo como postura. Mientras el Gobierno arranca una “batalla” de gestos, que vacía y todavía no sabe con qué llenar, parte de la ciudadanía está conectando con una movilización de símbolos que incomodan de lo rebosantes que son sus sentidos para llenar la memoria y la calle.
Tres textos de Barequeo siguen esa conversación. En «¿De quién es el Museo Nacional?», la historiadora del arte Isabel Cristina Ramírez Botero explica qué es una curaduría y por qué un museo del Estado no es un museo del Gobierno. César Augusto Montes Loaiza propone, con ironía, en «Diatriba cultural con propuestas pías», qué podría programar el sector cultural de la región si solo se financiara lo católico. Y John Jairo Osorio Giraldo cuenta en «El pueblo no copea» la marcha del 14 de octubre y la consigna que dio título a su columna. “La protesta social, y el ejercicio pleno de su derecho, parece ser el último recurso para defender la vida y la posibilidad más directa de arriesgarla”, escribió Luis David Acosta. Con esa convicción se llena la pared de los cuadros descolgados como gesto.
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