Caverna mediática: a más contenidos, menos verdad

Publicistas revelaron el uso de información engañosa y descontextualizada para canalizar la frustración, apelar a la indignación, acentuar los miedos y asegurar las victorias electorales.
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Lo dijo José Saramago en 2001 al presentar su novela La caverna: «El mundo se está convirtiendo en una caverna igual a la de Platón, donde todos miran imágenes creyendo que son la realidad». Tras más de veinticinco siglos, dicha alegoría mantiene su vigencia; solo que las sombras no se proyectan con fuego sobre muros de piedra, sino a través de las pantallas y medios de nuestra vida moderna.

A cualquiera le pasa, y me incluyo. He caído en la trampa de compartir noticias falsas o tendenciosas, dando por cierto contenidos que suman a la avalancha cotidiana de información. Hace poco, en un chat grupal, un colega crítico y bien documentado compartió una nota con el logo de un medio conocido. Creímos que era verdad y en segundos alimentamos ese pequeño fuego virtual con nuestras opiniones: «Como están las cosas en el mundo, nada sorprende». Horas después, el mismo amigo escribió: «Qué pena, la información era falsa; la compartí en otro grupo y quedé como un zapato». Nos reímos (jajaja) y alguien añadió: «Pasa hasta en las mejores familias». No hubo daño, resultó divertido y la vida continuó —aunque les advertí que usaría la anécdota en este texto—.

Sin embargo, lo que parece un episodio inofensivo entre amigos es la manifestación doméstica de un engranaje corporativo mucho más complejo. Nada de lo que consumimos es neutral. Todo lleva una intención alimentada por algoritmos diseñados para priorizar e instrumentalizar nuestras emociones —aprobación, indignación, miedo o esperanza— sobre los hechos , e impactar las opiniones, decisiones y movilización.

Apelar a los afectos antes que a la razón es una práctica histórica. Así lo documentó entre 1923 y 1929 Edward Bernays —sobrino de Sigmund Freud—, al demostrar que era posible posicionar campañas masivas conectando causas y productos con los deseos inconscientes de la población. Sin ser experta en psicología de marketing, llegué a este referente leyendo sobre las estrategias detrás del Plebiscito por el Acuerdo de Paz de 2016 y de las elecciones presidenciales en Colombia de las últimas décadas, cuyos publicistas revelaron el uso de información engañosa y descontextualizada para canalizar la frustración, apelar a la indignación, acentuar los miedos y asegurar las victorias electorales.

En la última contienda, esta estrategia resultó aún más sofisticada. Medios nacionales e internacionales documentaron el uso de agencias de marketing, cadenas masivas y filtraciones. La desinformación se trasladó a redes sociales y chats de WhatsApp con mensajes diseñados para ser replicados cotidianamente por allegados. Al provenir de personas conocidas, el contenido genera mayor confianza, supera dudas y evade cuestionamientos.

Es probable que en nuestro entorno operen también granjas de bots, responsables de inundar las redes con desinformación, manipulación de algoritmos, posicionamiento de tendencias, creación de falsos consensos, ataques de opinión a personas o causas, entre otras estrategias para profundizar la división y polarización. Instituciones como el Departamento de Justicia de EE. UU. y las universidades de Oxford y Cambridge han documentado cómo estas operaciones —potenciadas con inteligencia artificial— han alterado decisiones políticas globales.

En la misma línea, se suma la falta de ética de una parte de los medios masivos y populares —en radio, prensa y televisión—, que difunden información parcial y sin rigor para crear escándalos y ceder espacio a intereses particulares, un rumbo que difícilmente corregirán mientras el morbo y el engaño sigan siendo rentables. Informes del Instituto Reuters (2023-2024) indican que, en el segmento del estudio dedicado a Colombia, apenas una cuarta parte de la población confía en las noticias que circulan en redes sociales, mientras que más del 60 % vive con la incertidumbre de no saber diferenciar lo falso de lo real.

Adaptar los ojos para reconocer las sombras

Conocemos la frase «no se habla de religión, política ni fútbol» para cuidar las relaciones. Sin embargo —siendo el fanatismo el peligro real—, aplicar esta premisa a rajatabla nos impediría conversar sobre temas cotidianos que representan múltiples intereses individuales y colectivos.

El episodio en el chat de mis amigos y lo que vemos a diario —donde incluso líderes de opinión replican hechos falsos o descontextualizados— evidencian la necesidad de pausarnos un minuto para verificar si la información que nos interesa o exalta es cierta, e indagar quién la financia o qué intereses persigue. No se trata de volvernos investigadores de tiempo completo, sino de filtrar la información y aprovechar herramientas gratuitas —plataformas de verificación como el sitio de ColombiaCheck o la app de La Silla Vacía— que ayuden a verificar los hechos (mal llamados fake news), para rastrear el contenido hasta su fuente primaria.

Es normal que nos identifiquemos con ciertas causas y que creamos necesario difundirlas; sin embargo, tenemos la responsabilidad de regular nuestra reactividad, no compartir a ciegas y ejercitar el discernimiento para no agregar más sombras a la caverna. Otra decisión asertiva es ser respetuosos de las diferencias y cultivar interacciones saludables que nos permitan estar bien informados, serenos y conscientes de lo que compartimos.

En la alegoría de Platón, el prisionero liberado quedaba encandilado por el sol antes de comprender la realidad. Al regresar para alertar sobre la falsedad de las sombras, los demás —incapaces de percibir la verdad— se burlaban y lo acosaban porque sus ojos no se habían adaptado a la luz y ya tampoco podía vivir entre las sombras. En el escenario actual, esta metáfora nos recuerda que no podemos reaccionar con impulso ciego ante cada sombra mediática, pero tampoco contribuir a que una mentira repetida suplante la verdad, hasta el punto de no poder identificar lo equivocado de lo cierto, erosionando aún más la confianza y el diálogo social.

Desde luego, esto no implica reducir el debate al timo de la desinformación, ni eximir de la responsabilidad a las plataformas tecnológicas (Meta, X, TikTok, etc.), ni mucho menos desestimar lo que constituye una postura legítimamente distinta en cualquier tema. Sin embargo, la trampa más peligrosa de nuestra actual caverna, más allá del engaño de terceros, es el deseo ferviente de reforzar nuestras propias posturas y prejuicios antes de confrontar la realidad.

Por último, dado que no es posible confiar al 100 % en la información circulante y que ningún medio asumirá el costo ético por nosotros, debemos apelar al sentido crítico para constatar la realidad y aplicar la célebre máxima periodística (atribuida a varios autores: Stuart Hughes, Jonathan Foster o Tom Stoppard): si alguien dice que está lloviendo y otro que no, nuestra obligación no es respaldar a ciegas uno de estos argumentos. Debemos mirar por la ventana —salir de la caverna, indagar críticamente— y procurar verificar por nosotros mismos si efectivamente llueve o hace sol.

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    Manizaleña. Ha residido en Fresno, Ibagué y Bogotá. Comunicadora, magíster en Investigación Social y doctoranda en Comunicación de la Universidad de La Plata. Cuenta con experiencia en el sector público y privado en proyectos sociales. Autora de un blog introspectivo y actualmente trabaja en la creación de su primera novela.

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