Derecho a la protesta, el límite de la vida

Hay que decirlo directamente, miedo a que nos matarán, nos perfilarán, nos persiguieran, nos amedrentarán, incluso miedo de tener miedo. De estar en la trágica línea de temer hacerlo y tener que hacerlo.
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Desde niño he escuchado que en las protestas matan gente. Que mataron a lxs estudiantes, a lxs campesinxs, a lxs indígenas. Ayer 14 de octubre, día en el que nos movilizamos en protesta por la oleada de terribles decisiones en contra de los derechos fundamentales, que ha implementado y anuncia implementar el Gobierno de ADLE, lo hicimos con miedo. Hay que decirlo directamente, miedo a que nos matarán, nos perfilarán, nos persiguieran, nos amedrentarán, incluso miedo de tener miedo. De estar en la trágica línea de temer hacerlo y tener que hacerlo.

El miedo estaba muy bien fundado, tanto por las amenazas que el propio gobierno había hecho directamente, de hacer uso de la fuerza, la misma con la que lleva a criminales a las bolsas blancas, como por las amenazas indirectas que había emprendido vía decreto contra las guardias indígenas, la autonomía universitaria, la regulación del propio derecho a la protesta, y la presentación de un estatuto antiterrorista, que podría, por ejemplo, declarar terrorista a opositores que se vieran involucrados en hechos de violencia en medio de una protesta.

Más allá del miedo las movilizaciones se dieron en todo el país, hubo tensión y represión en algunas ciudades, y dejaron una incertidumbre abierta sobre la posibilidad de hacer uso de este derecho de manera libre. Dejando como saldo una disputa por la narrativa. El Consejo Regional Indigena del Cauca (Cric) no pudo decirlo mejor: “Señor Abelardo de la Espriella, lo convocamos al uso del diálogo y no de la fuerza, un diálogo directo, con criterios y no con estigmatizaciones. Para esto también estamos listos”. La invitación al diálogo, incluso en medio de la protesta, es una invitación a contener, lo que puede ser un estallido popular, que ronda en la memoria y en el deseo de muchxs.

Y es que paradójicamente, este estallido social, parece ser la última barrera frente a un fascismo transnacional que no tiene barreras para revertir derechos en función de una acumulación, con una agenda geopolítica, que nada tiene que ver con intereses locales o regionales. Cuando poco funcionan los sistemas de pesos y contra pesos, de una democracia que empieza a ser una ficción cada vez menos real.

Queda la pregunta por esos otrxs que no han marchado, no se han movilizado y aún no resienten las consecuencias de un gobierno abiertamente autoritario y radical, que ha decidido apostarlo todo en una disputa por la narrativa. Aclarando que esa disputa, no es otra cosa, que la posibilidad de construir las condiciones que hagan posible degradar, desestimar y vulnerar a otrxs. Estigmatizar a lxs campesinxs, a lxs indígenas, a lxs profesores, a lxs estudiantes, a lxs sindicalistas, a lxs organizaciones sociales, a lxs opositores políticos, abre la posibilidad a que se les mate en medio de una protesta, se les perfile y se les mate luego en asesinatos selectivos de líderes sociales. La protesta social, y el ejercicio pleno de su derecho, parece ser el último recurso para defender la vida y la posibilidad más directa de arriesgarla.

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  • Derecho a la protesta, el límite de la vida
    Educador popular, gestor cultural y creador en lenguajes de la imagen con 20 años de trayectoria en el diseño y realización de iniciativas sociales, culturales y comunitarias. Gestor e Integrante de la Corporación Nodo.

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