El pueblo no copea

Pero el imbécil déspota expide decretos de seguridad, amenazando y amedrentando a la gente para que no salga a marchar: porque sabe lo que le corre pierna arriba.
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En Francia, las protestas las iniciaron estudiantes de secundaria ―muchos de ellos hijos de inmigrantes― pocos días después de la visita de León XIV. Exigen garantías académicas y mejores condiciones en el sistema educativo, que se jactaba de ser uno de los más sofisticados del mundo. En España las protestas las desencadenó la muerte de Maricarmen, la mujer de 87 años desahuciada de su apartamento en Madrid, que murió en el hospital tres días después del suceso. Lxs jóvenes se volcaron a las calles a defender el derecho a la vivienda y a una vida digna. La resistencia española sigue más viva que nunca: rápidamente se rearmó un campamento en Plaza del Sol y luego vinieron las protestas estudiantiles por el recorte al presupuesto de las universidades estatales. Aquí nadie se ha rendido: también protestaron en India, por la eliminación arbitraria de 113 millones de votantes en una purga amañada del censo electoral. Hubo huelgas en Albania y también en México.

En Colombia, miles de personas marchamos ayer contra el mal gobierno del filipichín. Me encantó ver cómo se reactivaban los repertorios de la lucha popular en las calles y plazas de las principales ciudades: las arengas, las consignas, las banderas de Palestina, la sátira creativa y los disfraces. La protesta también puede ser un carnaval popular. Creo profundamente en la diversidad y la fraternidad de un movimiento más o menos espontáneo que hace levantarse a obrerxs, campesinxs, profesorxs y estudiantes contra las injusticias de este régimen de terror en el que las fuerzas armadas han vuelto a asesinar a jóvenes negros y populares de los barrios y las periferias del país. Estamos cansados de la narrativa que nos estigmatiza como vándalos, revoltosos y guerrilleros. La protesta social no es terrorismo: es ejercicio de un derecho constitucional y la expresión legítima del descontento de la población. Pero el imbécil déspota expide decretos de seguridad, amenazando y amedrentando a la gente para que no salga a marchar: porque sabe lo que le corre pierna arriba.

Me alegró mucho encontrarnos de nuevo en las calles y saber que aquí hay una resistencia contra el fascismo, que se teje desde las bases del movimiento social. No la tendrán tan fácil los señores de la guerra en estos cuatro años, por más utópica que sea nuestra bandera. Nos queda la esperanza de que en Brasil triunfe Lula y de que los demócratas ganen en EE.UU. las elecciones legislativas de noviembre. A ver si por lo menos nos queda un bloque de resistencia, pues la avanzada neoconservadora se toma el mundo ante la crisis del poscapitalismo. Está demostrado que cada vez que este sistema económico entra en crisis viene la represión contra los grupos más desposeídos de la sociedad: migrantes, mujeres, pobres, negrxs, indixs, maricxs. Las políticas del actual gobierno ponen en riesgo nuestros derechos fundamentales: nos quieren borrar y desaparecer, primero en el plano simbólico (anulación) y después en el físico (aniquilación) como hizo Hitler. Como hicieron los conservadores de Laureano con los liberales en los cincuenta: traspasaban a los bebés con la punta de la bayoneta “para que no quede ni la semilla”.

En su batalla cultural somos percibidos como la gran amenaza: ateas, comunistas, homosexuales, satanistas, caníbales. Ayer insistieron con la idea de una supuesta restauración moral e intelectual; de nuevo: renombrar las instituciones: Ministerio de Cultura y Patrimonio. Volver a esa idea del catolicismo colonial como base y fundamento de nuestra identidad nacional. En un país donde eso implica una violencia brutal contra la diversidad de identidades que conviven en su territorio. Una ideología que implicó el exterminio de pueblos indígenas y afrodescendientes, la imposición de doctrinas y la persecución de la diferencia. Hay demasiado en juego para las disidencias políticas, artísticas, sexuales y de género en este contexto. El supuesto ‘sociocomunismo’ es contrario a los valores sobre los que según la derecha está fundada la ‘patria’. La “contrarrevolución cultural” anunciada por el presidente es un ataque directo contra nuestras libertades individuales y colectivas. Habla de combatir el wokismo y la pluralidad de pensamiento. Con un cuadro de arte religioso colonial de fondo ―en el claustro de Santa Clara―, llama ‘generalas’ a la ministra y la viceministra de las Culturas, a lo que Paola Holguín asiente con su cara compungida de siempre. Anuncian la extirpación de la ‘ideología de género’, pero instrumentalizan el feminismo para defender la conducta por lo menos sospechosa de la esposa del impostor.

Pero las clases populares ―donde se practica y se vive orgánicamente la cultura― nos seguimos disputando el lenguaje. Hay una consigna que se ha hecho famosa y que escuché corear el fin de semana a las masas alocadas de Rock al parque y también a los movimientos sociales en las protestas del miércoles: “Abelardo, gonorrea, el pueblo no copea”. Una reivindicación política de la jerga de las neas, pronunciada así: copea, tal como se escucha en las esquinas de los barrios y en las tiendas donde se toma cerveza y se fuma los sábados por la tarde. Entonces pienso en el uso y en la conjugación de ese verbo, que podría ser ‘copiar’, no copiamos; pero también co-pear, es decir aguantarse el pedo como cuando alguien se echa un gas y uno disimula para preservar las buenas maneras. Por eso el pueblo no copea: no nos vamos a aguantar el peo hediondo de las elites mafiosas de este país, no nos vamos a quedar calladxs ante los abusos de este régimen autoritario y criminal; no vamos a guardar silencio simplemente para no incomodar al verdugo. He dicho.

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  • El pueblo no copea

    Quimbaya, Quindío, 1994. Antropólogo y maestro en Escrituras Creativas de la Universidad Nacional de Colombia, con especialización en Gestión de Proyectos Culturales de la Universidad EAN. Docente, investigador y gestor cultural en instituciones del Eje Cafetero. Autor del libro de relatos La cotidianidad es un cuerpo que agoniza (Sílaba, 2022). Autor y editor de publicaciones académicas y literarias como la revista Conjuro, el magazín Mano Negra y la revista Escarabeo. Algunas de sus columnas pueden leerse en https://cronicasypalabrejas.blogspot.com.

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