“intento imaginarme un mundo sin castigo, no sé si sea posible, solo sé que cuando odio un policía en mi cabeza ladra castigo, castigo, castigo”
Seyda Kurt, libro Hass, (traducción mía)
¿Cómo reconciliar el deseo de menos impunidad con el de un mundo sin castigo? ¿Por qué la misma gente que dice que la policía debería hacer menos se queja de sentirse insegura? ¿Por qué estas preguntas se formulan como dilemas? ¿Quién nos quitó la capacidad de imaginar otras formas de justicia?
Recuerdo que un tema de conversación recurrente en Colombia en el 2016 era la justicia y la impunidad. A la hora del almuerzo con los tíos se abrían discusiones sobre si valía la pena la guerra, salía el tema de las guerrillas, de cómo en los dos mil no se podía ir a Pensilvania, el pueblo del que viene la familia de mi papá, sin estar en peligro. Alguna vez salió el tema de alias Karina, que luego de haber sido la jefa del frente 47 de las Farc y de ser conocida como una de las guerrilleras más sanguinarias de la región fue nombrada gestora de paz por el expresidente Álvaro Uribe. Al mismo tiempo, había testimonios de víctimas pidiendo que parara la guerra, que hubiera verdad, que la tierra se restituyera. Estas víctimas estaban dispuestas a perdonar y a acoger a sus victimarios. Ese año, en un caos de desinformación y miedos, ganó el “no” en el plebiscito. Un año más tarde, cuando vine a vivir a Alemania, hubo personas de otros países que me preguntaron cómo era posible que ante la pregunta “¿Quieren paz?” la gente votara “no”.
«las prisiones se consideran tan naturales y normales que es extremadamente difícil imaginarse una vida sin ellas”
Angela Davis, libro are prisons obsolete? (traducción mía)
Pensar en un mundo sin castigo me lleva a los límites de mi imaginación. Incluso a un nivel personal, la rabia cuando alguien me hace daño a mí o a la gente que quiero me lleva a fantasías de venganza, en las que ese dolor se multiplica y se devuelve. Crecí viendo películas y telenovelas en las que hay buenos y malos, por ejemplo, 101 Dalmatas. Cuando Cruella es humillada y lastimada, se siente como un triunfo, porque esa señora es tan mala que quiere matar cachorritos. Al aprender de la historia de Colombia entendí que en la vida real no hay tal cosa como héroes o villanos. Los actores del conflicto armado son en gran parte víctimas de abandono estatal, injusticia social y reclutamiento forzado, y continuar una guerra en la que unos señalan a los otros no ofrece perspectivas de que la situación mejore.
Cuando la justicia no se equipara directamente con el castigo, como en el trabajo de la JEP, se pueden evaluar las causas de un conflicto, lo cual es clave para evitar su repetición. Se entiende que las personas socialmente marginadas tienden a sufrir más violencia que quienes nacen con privilegios, y esto ocurre en parte porque hay menos consecuencias que cuando se hace daño a personas con más medios para defenderse.
No sé cómo será un mundo sin castigo, pero sé que las personas racializadas, disidentes sexuales y de género, con enfermedad mental o pobres temen a la policía y muchas veces no denuncian cuando son víctimas. Estos grupos, además de ser receptores de mucha violencia, son desproporcionadamente juzgados por los sistemas punitivos, que castigan el intentar subsistir y el habitar el espacio público de formas incómodas. En un enfoque de justicia transformativa no solo los agresores asumirían responsabilidad, sino todo el sistema que permite y reproduce actos violentos.
En un mundo sin castigo la seguridad tendría más que ver con el cuidado y la ternura que lo que la justicia patriarcal nos puede hacer creer. Un personal de seguridad, o de cuidado, sería parte activa de las comunidades que protege, sabría cómo lidiar con un ataque de pánico, podría enseñar defensa personal y atender primeros auxilios. Sería como el Awareness Team de los raves, que procura reducir daños si se consumen sustancias y evitar el acoso sexual en lugar de fiscalizar la ropa y las acciones. Sería como la línea calma, a la que los hombres pueden llamar cuando sienten que no pueden controlar una emoción y que podrían acabar agrediendo a alguien.
Lo que sé de pedagogía hace que tenga claro que un castigo inmediato sirve a corto plazo para evitar un comportamiento, pero no resuelve sus causas ni genera aprendizaje. Puede frenar que escale una pelea, pero no la resuelve. Es mucho más importante escuchar a las personas afectadas y pensar en formas de reparación, como disculparse, limpiar el desorden, reparar un objeto.
En los procesos en los que las víctimas han tenido roles centrales se evidencian deseos que podrían parecer contraintuitivos desde un punto de vista punitivista: Giselle Pelicot afirmó que quiere hablar con su exesposo y preguntarle por qué la drogó, la violó y le ofreció a hombres desconocidos violarla también. Estos relatos de la JEP muestran cómo cada víctima tiene distintas necesidades, como que las formas de justicia de las comunidades indígenas sean tenidas en cuenta o que se reconozca la verdad, se construya una memoria histórica que honre a las víctimas y se informe dónde están los desaparecidos.
No tengo respuestas, pero quiero saber cómo es un mundo sin castigo.