Desde Ana Lucía Pineda, actual esposa de Abelardo de la Espriella, pasando por la parrandera Verónica Alcocer, ex pareja de Petro, hasta Lina Moreno, esposa de Álvaro Uribe, y ni hablar de Juliana, la que duerme (o eso creo) con Iván Duque; todas ellas me generan una curiosidad que me sobrepasa.
Mientras se habla a viva voz de lo obvio, de donde debería ir el foco: los candidatos o políticos, a mí me interesan y me encantaría reunirme en una finca con todas estas mujeres que están con ellos, que tomemos aguardiente, escuchemos vallenato y fumemos marihuana para que cada una hable abiertamente, grite, o simplemente se escuchen entre ellas, porque si los señoros son la cara de la campaña, ellas son la espalda; y esa sí que sostiene.
Me gusta crearme escenarios íntimos, en los que pienso: ¿qué le tendrá que decir Ana Lucía a De la Espriella para sostener la soberbia casi inexplicable que tiene con su miembro? Por ejemplo, cuando aseguró: “con esa foto (haciendo énfasis en la visibilidad de su pene) me gané unos votos bien bacanos del electorado femenino”, ella qué le diría en la casa cuando llegó, ¿o no escuchará sus entrevistas?, cuando pasó el día y ya los hijos estaban durmiendo, cómo hace para acostarse con un tigre que desde afuera parece que así como quema gatos (literalmente) puede quemar su armario completo si no tiene en él marcas de lujo. ¿Le tocará a ella comer ajiaco a escondidas porque confesarle algo así a su marido sería la decepción absoluta?
Hago ese ejercicio una y otra vez, una y otra vez pensando en todas. Por ejemplo, muchos se desviven por entrevistar a Uribe, yo es que me babeo por tener una charla con Lina. Señora, ¿usted cómo hace para desayunar con ese señor? ¿Qué piensa usted?, ¡porque sé que piensa! Venga, diga la verdad: ¿Usted es capaz de mirar a los ojos a ese tipo y mandarlo a dormir en el sofá? ¿No le tiene miedo?
Y tantas otras que me generan unas ganas de metérmeles al rancho y ver sus dinámicas. Hace poco vi una entrevista que le hicieron a Tutina, la esposa de Juan Manuel Santos en Los Informantes; esa regiedad de mujer se encargó de dejar como un verdadero santo a Santos, parecía que cada palabra era cuidada y diseñada con un ritmo casi robótico. Me encantó. Imagínense la escena casi dramática de la familia sentada en el sofá de la casa viendo la entrevista y pensar que mamá “lo ha hecho bien”. Me espanta y me encanta. Raro.
Pero la que lleva mi imaginación a volar al infinito es Verónica con Petro. Por favor, como yo, imaginen la pelea de esos dos en la que a la Alcocer le valió tres pitos que su esposo fuera el señor presidente para ella irse, y no a la esquina, sino a Suecia. Qué deleite sería ver una buena tirada de puerta de esta sincelejana a su marido que recién desempacaba las bragas que traía de Panamá. Imagínense a esta costeña de baile y alegría notoria mandando a Petro a gobernar lo que sea, menos a ella.
Mis pensamientos son de chismoso dramático y apasionado por las historias. Me genera un morbo inexplicable la relación, el vínculo de estas mujeres admirables con sus parejas, algunos de ellos a quienes les tengo físico pánico.
¿Será que siguen ahí por dinero, por sus hijos, por poder, por amor?
Si es por amor, por respeto al pueblo, ellas deberían liderar una campaña en torno al cuidado de la salud mental.
A mí, me tienen todo loco.
Las amo.