Llegará un día, o espero que llegue un día, en el que a nadie le importe la orientación sexual de los demás. Un día en el que ser esto o aquello no importe. Un día en el que no interese la genitalidad de nadie. Un día en el que lo que tienes entre las piernas no defina los roles en los que la sociedad te permite participar. Un día en el que nadie tenga que salir de ningún clóset. Un día en el que todas y todos podamos explorar nuestra sexualidad, usar nuestro cuerpo para conocer el mundo y a los demás, sin la imposición de tener que identificarnos como cualquier cosa. Un día en el que no seamos tanto hombres, o mujeres, o personas no binarias, sino solo seres. Ese día, tal vez, podremos dejar de hablar del orgullo LGBTIQ+.
Pero mientras existan personas que quieren imponer una sola forma de existir, personas que defiendan a la dichosa “familia tradicional”, que de tradicional solo tiene una marcada ausencia de la figura paterna y un generalizado sometimiento de las mujeres, personas que desconozcan lo que la biología dice sobre la sopa de posibilidades que es el género, personas que rechacen a sus hijos porque no son lo que esperaban, personas que violenten con su palabra o sus acciones a quienes no se ajusten a sus expectativas, personas irrespetuosas e ignorantes que sean incapaces de reconocer que el mundo es más de lo que ellos creen que es, será necesario entonces que los demás levantemos la mirada con fiereza y digamos que aquí estamos y que no vamos a dejar de existir solo para hacerles más llevadero su fanatismo y su arrogancia.
Las formas en las que se manifiesta el desprecio hacia la diferencia son muy variadas y, de la misma manera que muchos machistas no se reconocen machistas, y muchos racistas no se reconocen racistas, mucha gente no comprende bien el significado de las palabras que terminan en fobia: homofobia, transfobia, bifobia. Esto es, creo, porque, como me lo señalaba una amiga experta en el tema, desde el lenguaje existe una diferencia entre el sustantivo “fobia” que tiene un sentido clínico desde el punto de vista médico, y el sufijo “fobia” que habla de aversión o rechazo.
Percibo que muchas personas creen que para ser un machista se requiere convertirse en un maltratador que le pega a la mujer. Y para ser racista sería requisito salir a matar personas de color. Esas son las formas más violentas de las manifestaciones de los prejuicios, pero la simple falta de interés, de curiosidad, de atención a la existencia de una persona homosexual que convive con nosotros, denota ya ese rechazo y esa aversión. Hay quienes dicen que no son homófobos, pero no tienen problema en afirmar que prefieren que dos hombres no se besen en la calle, o que exigen que se prohíba la adopción homoparental. Se requiere muy poco, mucho menos de lo que creemos, para ser una persona cerrada en el corazón.
Todos aprendimos a notar y muchas veces a despreciar la diferencia, todos tenemos diferentes niveles de machismo, clasismo, racismo, gordofobia, homofobia, transfobia, bifobia, aun siendo mujeres, empobrecidos, negros, gordos, gays, trans o bisexuales. Mucho de eso es autodirigido porque así nos educan. Comprender esto es importante porque algunos niveles de esos prejuicios no nos convierten directamente en hijueputas, pero esas fobias siguen siendo lo que son: miedo, desprecio, odio, antipatía, incomodidad con la diferencia, y tienen implicaciones en la vida de las personas. La lucha contra esos prejuicios es diaria, lo otro es el piloto automático de la educación que recibimos. En la voluntad tiene que estar el deseo de entender y respetar.