Cómo hemos pasado de pueblos llenos de historia colonial, a ver edificios inmensos, que nos tapan la vista de las montañas… cómo hemos pasado de cafetales a urbanizaciones, donde solo quedan historias de antaño por contar…
Visité Medellin hace unos días, y curiosamente, volvió a mí un tema que hace mucho había dejado y de cual, quería escribir. El crecimiento desenfrenado, maravilloso crecimiento, que nos va robando nuestras raíces, nuestra infraestructura colonial.
Vi en una calle de Sabaneta una casa antigua, una casa contenida en recuerdos, en vivencias de infancia, en la añoranza de los abuelos y los niños corriendo por sus jardines.
Una casa que hoy tiene a su lado gigantes edificios, avenidas cercanas con ruido incesante de vehículos, donde el desarrollo llegó y arrasó para quedarse.
Esto no es propio solo de este lugar. En Caldas nos pasa lo mismo. Neira es un pueblo que ya está transformado hacia una arquitectura moderna, olvidando lo que fue nuestra colonización, un pueblo que abrió paso a nuevas tendencias de construcción. Y así, podemos contar muchos otros lugares, donde nuestra identidad cafetera se ha ido desvaneciendo con gran rapidez.
No digo que el desarrollo sea malo, a todos nos gusta avanzar, y hasta vernos diferentes. Pero hasta que punto perder lo que nos hace únicos es desarrollo.
Recuerdo una mañana, caminando por donde queda mi finca, iba con mi padre y madre por lo que fue antes una vereda hermosamente poblada por personas amables y familias gigantes, donde los domingos en una de las fincas con gran planicie se jugaba fútbol y se hacían ventas de comida, donde se unía la comunidad y todos eran felices. Hoy esa vereda no cuenta lo mismo, ha quedado cada vez mas sola, los que habitan las casas, ya no son familias gigantes, son personas mayores, con uno o dos hijos, y en algunos casos, ninguno. Todo reducido a una remembranza. Se fueron a buscar oportunidades fuera, en alguna ciudad, porque en el campo nunca encontraron desarrollo, o más que desarrollo, ideas y oportunidades para allí seguir creciendo, y no cambiar las casas campesinas por condominios.
El campo cada vez más solo y las ciudades buscando cada vez más espacio para seguir expandiéndose. Así aumenten todas las problemáticas, y el campo con mano de obra mayor, sin quién siembre y coseche los alimentos que llegan a la ciudad.
El envejecimiento del campo o envejecimiento rural, tal como lo señala la FAO, constituye un fenómeno demográfico y social de creciente relevancia. Se caracteriza por el aumento de la población mayor en las zonas rurales frente a la reducción de jóvenes en edad productiva, lo que evidencia un desequilibrio generacional en la estructura poblacional. Este proceso está estrechamente vinculado con la migración del campo hacia las ciudades, motivada por la búsqueda de mejores oportunidades educativas, laborales y de acceso a servicios básicos.
La relevancia del sector agrícola como motor de empleabilidad se ha visto reducida ante el avance de la industria y los servicios. Este fenómeno, sumado a brechas estructurales, el limitado financiamiento, la deficiente infraestructura digital y la baja calidad educativa, obstaculiza la retención del talento joven en las zonas rurales. En consecuencia, asegurar el relevo generacional se consolida como un reto para la sostenibilidad del campo, siendo el eje del cual depende la estabilidad productiva, la modernización técnica y la soberanía alimentaria.
La ONU proyecta que el 68% de la población vivirá en ciudades para 2050, acentuando la despoblación del campo.
La expansión urbana acelerada sobre las zonas rurales es un fenómeno global denominado «dispersión urbana» (urban sprawl), que transforma el paisaje natural y agrícola en áreas de baja densidad, subdivididas por infraestructura urbana. Este proceso convierte tierras de cultivo fértiles en viviendas, centros comerciales y carreteras, generando graves consecuencias ambientales, sociales y económicas.
Sigo soñando un campo productivo, un campo habitado, un campo próspero y lleno de oportunidades, sigo creyendo en los sueños de aquellos que aún se sostienen gracias a sus parcelas y además buscan aprender cada día a pesar de su mayoría de edad. Porque nunca es tarde para aprender, para avanzar, para soñar y hacer realidad los deseos del alma.