Con tanto revuelo y cosa por hacer, no sorprende que al negocio de la persuasión le haya ido tan mal en la campaña presidencial que cerró. Para los infortunados que están en un chat familiar, lo que pasó ahí fue cualquier cosa, menos un debate.
Frente al panorama previsible de un sancocho polarizado, hay varias salidas insatisfactorias. Una es seguir los consejos del urbanismo y no hablar de política. Cierto es que parece descaminado replicar el experimento de lanzar los adjetivos comodines (¡facho! ¡guerrillero!), pero también lo es tratar de domar la discusión política reemplazándola por la charla inconsecuente del horóscopo, el clima, el resultado del partido. Otra respuesta insatisfactoria es convertir la trifulca en una guerra intratable de burbujas. En su interior, encontramos consuelo en el aplauso balsámico de los que ya piensan como nosotros: ¡qué rico se siente tener convicción máxima y mínima duda!
Al que no se quiera quedar callado ni encerrarse en la burbuja, le toca, loma arriba, montar el emprendimiento de la persuasión.
La persuasión es un negocio de masoquistas. Si quieren los marrones aguanten los tirones. No los insultos, claro, ni las amenazas del bate. Pero sí la incomodidad que produce hablar, acaso por años, con quien parece no escuchar. Sin machete, hay que abrir trocha entre la pringamoza de otras mentes. El que quiera persuadir tiene que tolerar muchos intentos fracasados, mantener indefinidamente la conversación, hacer malabarismos mentales, respirar hondo sin que se le note el desespero.
Por útil que sea el catálogo de falacias, en la persuasión ayuda menos la lógica y más la intuición; antes de atreverse a abrir la puerta de la persuasión, la contraparte necesita asegurarse de que uno no se le está metiendo a la casa con menosprecio y superioridad. Pero menosprecio y superioridad es lo que proclama el que, para tratar de convencer, alza en medio de la discusión el libro de lógica, entra a buscar la gráfica irrefutable o exhibe como demostrativa la vivencia personal.
El que cierre el libro de lógica y abra el de retórica, se dará cuenta de que distintas audiencias son receptivas a distintas cosas. Partir del supuesto de que la audiencia es razonable no significa que haya que considerarla imparcial, que haya que suponer que lo mismo que nos convenció a nosotros los va a convencer a ellos. Uno no tiene que abandonar las convicciones para saber que, en el negocio de la persuasión, uno tiene que seleccionar las palabras de acuerdo a la audiencia; que no se puede garantizar que las palabras que salen de la boca de uno entrarán con el mismo significado al cerebro del otro; que hay que calibrar y recalibrar constantemente de acuerdo al estilo y a la psicología de quien esté del otro lado.
La persuasión necesita tiempo. Quien quiera persuadir, tiene que lograr imaginar cómo navegar entre los extremos indeseables de la manipulación y la falsa tolerancia. Contra lo que considera evidente desde el inicio, quien quiera persuadir necesita alcanzar el punto de no percibir una brecha entre «nosotros» y «ellos», cosa difícil para el que empieza a abrirse trocha con el justo resentimiento del ofendido.
Gane quien gane en la campaña presidencial actual, mucho queda por hacerse en el negocio de la persuasión. El que pierda tendrá otros cuatro años para hacer emprendimiento con paciencia, si quiere los rendimientos que trae poder hablar francamente de política sin encerrarse en la burbuja.