Volvió a ponerse de moda la serie El cuento de la criada porque Netflix subió sus seis deprimentes temporadas a su plataforma de televisión por streaming. Repito ya sin pensar que es la serie de televisión más triste que he visto en mi vida. Requiere de verdad un esfuerzo ver tanto sufrimiento junto.
A veces voy a Twitter como quién va a un archivo a verificar las fechas de las cosas que he hecho porque casi todas las he dejado registradas ahí. Por eso sé que empecé la serie en 2018, vi la primera temporada y el comienzo de la segunda. Paré porque no soporté el sufrimiento de la protagonista a la que dejé encerrada en lo que había sido la sede de un periódico, y el año pasado, que supe que saldría la última temporada, me dije que tenía que hacer el esfuerzo de verla toda. La volví a empezar y no me detuve hasta que terminé. Pude constatar entonces que la historia es una distopía de un futuro aterrador que nunca se pone esperanzadora. Ni un solo minuto durante sus seis temporadas.
En caso de que no la hayan visto les cuento la premisa sin spoilers. En un mundo donde la tasa de natalidad ha caído de manera preocupante debido a la contaminación por el uso de químicos, las mujeres fértiles son convertidas en propiedad de un Estado totalitario (Gilead) y son esclavizadas sexualmente. La serie está basada en la novela de 1985 de Margaret Atwood que tiene el mismo nombre. Ella ha dicho que todo lo que pasa en esta historia está tomado de la realidad, de diferentes momentos históricos en diferentes lugares del mundo, pero todo ha sucedido.
Vi recientemente la primera temporada de la secuela, Los Testamentos, basada también en un libro de la misma autora, que sigue la vida de Agnes, la hija de June, la protagonista de El cuento de la criada. No salimos de este drama. Pareciera que nos gusta sufrir, pero hay algo más allí. En 2018 escribí en mi cuenta de Twitter “El cuento de la criada es como una advertencia”, y por eso es que, a pesar de tanto llanto, recomiendo mucho que la vean.
Ambas series dicen algo similar muy al comienzo: ningún régimen totalitario se instala de un día para otro. Comienzan quitándote un derecho y luego otro, de manera que no te dan tiempo o espacio para rebelarte. Es el llamado síndrome de la rana hervida. Los cambios suceden tan sutilmente, tan despacio, que no te das cuenta en qué momento lo has perdido todo.
Un día vas a pagar un café con tu tarjeta de crédito y te das cuenta de que el gobierno ha limitado el acceso de las mujeres a sus cuentas bancarias. Al mes siguiente te visita alguien de servicios sociales para caracterizarte y poner en duda tu capacidad como mujer y como madre. Un mes más tarde te enteras de que ahora los hombres han quedado a cargo de las mujeres, y si no tienes padre o marido estás en un problema porque no tienes ciudadanía. Y luego te esclavizan, te violan, te quitan a tus hijos, te quitan el nombre y la identidad. Quedas reducida a la nada.
La pregunta aterradora que no es posible eludir es si esto es posible que nos pase a nosotros. Si esto es posible que pase en algún lugar del mundo. Si es posible pasar de un Estado que nos garantice los derechos a un régimen totalitario. La respuesta es muy simple: claro que puede pasar porque ya sabemos que ha pasado en otros lugares del mundo. Porque como lo dijo con mucha claridad Jorge Mario Gómez Restrepo hace unos meses aquí mismo en Barequeo los derechos siempre estarán en tensión. Es ingenuo y peligroso darlos por sentado.
Para la muestra un botón: en Estados Unidos se propaga la idea, promovida por integrantes del movimiento MAGA, por los influencers de la machósfera, por el activista conservador Nick Fuentes, por el pastor Doug Wilson, que quiere convertir a ese país en una teocracia, de que las mujeres no deben tener derecho a votar. Se trata de un movimiento que busca derogar la enmienda 19, de 1920, que garantiza el derecho al voto de las mujeres. Lo que proponen es que haya un voto por cada unidad familiar y que ese voto esté supeditado al jefe de la familia, que por supuesto, es un hombre.
Otro de los promotores de esta idea, el pastor Dale Partridge, que tuiteó lo siguiente, predijo que el derecho de las mujeres al voto quedará por fuera de la constitución en 10 años. Es decir, ese es el tiempo que él calcula que tomará en cocinarse ese sapo.
Women vote with emotions
— Dale Partridge (@dalepartridge) February 6, 2026
National policy is feminized
Immigrants flood in
Sexual immorality is legalized
Multiculturalism is celebrated
Feelings become the arbiter of morality
Justice is labeled as “harsh”
Western nations collapse
Women blame men
Repeal the 19th.
«Las mujeres votan con emociones. La política nacional se feminiza. Los inmigrantes inundan. La inmoralidad sexual se legaliza. El multiculturalismo se celebra. Los sentimientos se convierten en el árbitro de la moralidad. La justicia se etiqueta como “dura”. Las naciones occidentales colapsan. Las mujeres culpan a los hombres. Derogar la 19ª».
Es por eso que me molestan tanto los coqueteos de movimientos progresistas con partidos políticos religiosos. Es por eso que temo tanto el avance de las ideas reaccionarias y conservadoras que, como si se tratara de redoblar las apuestas, cada vez pretenden ir más lejos en el pasado de los derechos adquiridos. Si las mujeres avanzamos hacia el gobierno de nuestro propio cuerpo, entonces los conservadores piden que volvamos a ser la costilla de Adán y nada más que eso. Es por eso que las mujeres votamos cada vez más hacia la izquierda, y es por eso que quieren quitarnos el voto. Más vale que entendamos esto antes de terminar sin voto, sin voz, sin poder leer o escribir, como en El cuento de la criada. Antes de que vayamos al futuro de vuelta al pasado más triste y aterrador.