Cuando pensé en escribir sobre Sonia Bazanta Vides, mejor conocida como Totó La Momposina, lo primero que se me ocurrió fue echar mano del trabajo creativo con el que terminó mi paso por la Maestría en Literatura de la Universidad Tecnológica de Pereira.
Mientras dejaba que las imágenes asociadas a esa búsqueda, entre un montón de variados y entrañables recuerdos, se fueran conectando poco a poco, la posibilidad de contar algo sobre el encuentro folclórico que se celebra cada año en Quinchía, mi pueblo, me sugirió el título para el recorrido que les quiero proponer.
Quizá porque del 26 al 29 de junio estaremos inmersos en la celebración de nuestras fiestas tradicionales, las de la Villa de los Cerros, me pareció que estos párrafos serían una suerte de pregón.
Totó, mi trabajo creativo y las fiestas de Quinchía convergen en la programación del domingo de fiestas, cuando tienen lugar el Encuentro folclórico y el Concurso de Pareja Reina. Por un instante, nuestras calles se llenan con las músicas tradicionales de las distintas regiones del país en juegos coreográficos que hipnotizan y transforman la mirada. Después, en el coliseo —a pesar de que la acústica no ayude como quisiéramos—, estos grupos cumplen con las expectativas que prometieron en las calles: vienen a competir con destreza, para eso se han preparado. El esfuerzo de sus ensayos pugna por destacarse y robarse el aliento de quienes no queremos despegar los ojos de la sincronía de sus movimientos. Es nuestra forma de participar.

Después tiene lugar ese dulce duelo en el que una pareja, de cada uno de los grupos que participa del Concurso, viene a demostrar lo mucho que se ha preparado para reconocer, en milésimas de segundo, a partir de la insinuación de un aire musical, los pasos que debe ejecutar. Es el momento de comerse las uñas. A propósito del mundial, digamos que es irse a penales. El desfile en las calles es un primer tiempo al que sigue un segundo en espacio cerrado y que termina en un tiempo extra en el que el gol es el acierto en el compás.
De esas emociones quise dar cuenta con el trabajo de la maestría. Durante los distintos seminarios siempre pensé en abordar la imagen del ángel en Metatrón, Dulce compañía, El ángel descuidado. Sin embargo, ante la posibilidad de realizar un trabajo creativo para graduarme, la opción de contar a un profesor de danzas tradicionales se encarnó más rápido que los mensajeros de Philip Potdevin, Laura Restrepo o Eduardo Mendicutti.
Totó entonces pasó de ser una artista que escuchaba en momentos muy específicos a poblar mis jornadas de escritura. Incluso, en el mes en que me enclaustré para definir mi novela, antes de entregarla a los jurados, la alarma para despertarme fue La candela viva.
La elección de Totó como banda sonora para que me acompañara en ese recrear el mundo de las danzas tradicionales obedeció al desarrollo mismo de la trama. En alguna versión de las fiestas fui el guía de la delegación de Mistrató, la cual se presentó en el coliseo con Farotas de Talaigua y Diablos espejo. Entonces, por la gratitud de ese instante, quise que en la planimetría de esos bailes se describiera un mapa, el mapa de un tesoro que terminaría por llevar a una talla peruana, la del Manuelito de la Espina, y que en mi narración es conocida como El Niño de Pies Esclavos. Sí, porque, aunque renuncié a los ángeles, no me sustraje al mundo de la imaginería religiosa.
Es más, quise ofrecerle un sentido místico a la propuesta del bullerengue que tantas veces vi bailar al son del Dos de febrero: Ay la Candelaria, cuándo llegará, ay la Candelaria cuándo llegará, ay la Candelaria cuándo llegará, cuándo llegará, cuándo llegará. Me habían explicado que las bailarinas vestidas de blanco y los movimientos circulares que hacían sobre el vientre hablaban de la madurez del cuerpo para la gestación de la vida. Lo creí. Cuando investigué un poco más descubrí que esa era la propuesta en el manual de danzas de Delia Zapata Olivella, del cual algunos profesores de danzas folclóricas convirtieron en doctrina. Otro tanto me pasó con las farotas, pero espero que en la novela esté mejor desarrollado.

Hoy quería solazarme en el recuerdo de esas mañanas en las que me levantaba con el objetivo de articular las fotos de la expedición que realicé con Fredy Becerra por Cartagena, Sincelejo, Magangué, Talaigua, Guamal, Botón de Leyva tras los lugares cantados por Totó, de ese maravilloso músico que la acompañó en distintas giras por Europa, Aurelio Fernández.
Escucho de nuevo a Totó, quiero agradecer los tantos rostros del camino. Contemplo la pintura que de ella hizo Juan Eduardo Ángel y que Xiomara me obsequió por los días del confinamiento. Su energía preside esta casa-biblioteca que suele permanecer en silencio. Busco la novela que se publicó de este ejercicio y releo el ars poética que allí plasmé:
Premia al lector con el tesoro de un amigo
un niño que a pie limpio
sale a recibirlo e invitarlo a casa.
Premia al lector. Dile que sí existe ese tesoro
que es un amigo escondido en un amigo
que es el personaje
pero que también es el libro
que la riqueza fue la lectura y la aventura de ponerlo
al ritmo de la pandereta
en un fandango
por la Nochebuena.
Cada año, mientras vibro en el coliseo haciéndole fuerza a una pareja con la que logro empatizar, me digo que debo retomar la narración de lo que se vive en un grupo de danzas tradicionales. De los viajes por los territorios, de la fatiga, del esfuerzo, del escape de la trivialidad y de la creación de belleza. Sigo persiguiendo al Diego de Guática que vi esforzarse tres años consecutivos hasta hacerse rey del folclor.
Totó, me habría gustado conocerte para escribir quién fuiste, tus aportes, cómo eras, lo que pensabas. Dado que no tengo los elementos para navegar en esas profundidades, añadiré a este decurso que, si hay una canción tuya que me resulte muy mía es ¿A’ronde me meto yo? Sí, ese fue el nombre que escogí para mi proyecto de maestría, esa fue la música del vídeo con que sustenté.
Cuando escogí la palabra Mapa para la publicación de la novela, apunté a esa pregunta necesitado de saber dónde meterme. No sé a’ronde quedé. Quizá sigo perdido en una frase que acuñé y que ha terminado por hacerme ir de un lado a otro: “Cada coreografía es el mapa de un tesoro”.
