Que una pareja joven se “besuquee” y juegue a girar sus cuerpos mientras juntan sus labios, estando de pie en un centro comercial, puede parecer molesto, llenador o demasiado “dulcete” para muchos de los transeúntes, paseadores o clientes que regularmente van a estos lugares. Y preferirían que no se dieran de forma abierta, frecuente o prolongada. Pero si se trata de una pareja de jóvenes homosexuales, la situación se les torna inaceptable para muchos y —supongo que— peor aún si son dos hombres y no de dos mujeres. Así que para atender esos incidentes están los vigilantes de los centros comerciales, quienes deben detectar y prohibir expresiones públicas amorosas.
Los guardas, vigilantes, porteros y personal de seguridad privada —omnipresentes en nuestros espacios urbanos— generalmente son exsoldados o expolicías, que provienen de ámbitos culturales populares, de bajo nivel educativo, con la formación propia de los espacios socioculturales tradicionales en los que la educación para la sexualidad y para la aceptación de la diferencia es muy escasa, como lo es entre gran parte de nuestra población. Adicionalmente, los señores vigilantes representan los criterios de sus jefes en las empresas para las que trabajan (otros expolicías de mayor rango), quienes les piden hacer respetar “la moral y las buenas costumbres”, y tienen que cumplir las instrucciones de los directivos de los centros comerciales a quienes les preocupa que se altere “la normalidad” de sus ciudades bajo techo.
Los centros comerciales son de los pocos espacios en los que las parejas (de toto tipo) encuentran un cierto anonimato en medio de la aglomeración. Y hay que aceptar que en varios centros comerciales se han registrado casos de parejas de personas homosexuales que utilizan los baños o rincones para tener contactos “muy cercanos” o realizar algunas actividades sexuales de manera rápida y sin tener que pagar por un cuarto en un motel o sitio similar. Es usual que no sean parejas estables sino ocasionales, o personas muy jóvenes que no tienen un lugar propio a dónde ir. Pero eso es otro asunto, muy diferente de los besos ocasionales y juguetones que las parejas puedan darse dentro de estos centros.
Es posible que una pareja heterosexual joven besándose les preocupe a las personas mayores argumentando que no les gusta que los niños (hijos, sobrinos nietos) vean esa escena. Esto bajo el supuesto de que las muestras de amor o erotismo no las deben presenciar ni aprender los niños, que es un asunto para adultos que se les debe mantener oculto. Al punto que no deberían presenciar que sus padres se besen. No les importa cómo descubran luego este tipo de comportamientos, o si lo aprendan “mal”. Partiendo —entre otras cosas— de la ingenua suposición de que si no ven a parejas besándose en centros comerciales no sabrán que eso existe, ni tendrán la tentación de hacerlo. Y que si los ven en películas o programas de televisión o streaming está bien, pues es algo “lejano” a sus realidades. Pero cuando se trata de personas de similar género, la situación se les convierte en grave. No es posible normalizar lo anormal, piensan; y quisieran que estas personas simplemente desaparecieran de la realidad que viven sus hijos. Que si estas personas tienen derecho a vivir, lo hagan lejos; y que si se aman y se desean, lo vivan escondidos o en sus casas. Tal vez esperando que si los homosexuales solo se besan en espacios cerrados, no habrá riesgo de que nuestros hijos y nietos sean gays. Detrás de esta actitud están sus criterios acerca de lo que se considera normal y anormal, deseable e indeseable, bueno y malo; de lo que debe ser prohibido, y de quiénes son “pervertidos” o desviados de la moralidad prevalente.
En las sociedades contemporáneas occidentales se han ido presentando cambios en estas categorías, en particular en cuanto a los comportamientos en el espacio público, incluidos los centros comerciales, que legalmente son espacios privados pero con un uso abierto para casi todos los ciudadanos (hemos visto casos en los que no se les permite ingresar a algunas personas, por su vestuario claramente asociado con el estereotipo del “limosnero”, de persona “de la calle” o “nero”). Pero se trata de líneas de conducta que no están tan establecidas entre nosotros.
Estos sitios comerciales viven del público, y sus administradores se debaten entre la satisfacción de los gustos de los clientes que recorren sus corredores —“tráfico” lo llaman—, la competencia de los otros comercios (incluido el electrónico), y el posible bloqueo que pudieran ejercer parte de esos compradores potenciales ante actos de maltrato, discriminación o intolerancia. Allí radica el poder del consumidor, que tampoco es total; pues está mediado por hábitos de compra, por tendencias, por la ubicación y los atractivos que tengan los espacios comerciales, así como por la composición o tamaño de las minorías que pudieran verse afectadas ante ciertas actuaciones de los vigilantes y empleados de estos centros.
En todo caso, los vigilantes representan la moral ambigua que se vive por los choques que se puedan dar entre los intereses comerciales y las preferencias de los clientes, que van desde los más tradicionales y discriminadores hasta los de otras generaciones, diversidades o personas con criterio más liberal que componen la sociedad. Un centro comercial no es más que un pedazo de ciudad en el que nos refugiamos, nos entretenemos o nos sentimos ciudadanos por ser consumidores -como explicaba García-Canclini. Eso sí, es necesario que la oferta se distribuya a lo largo de las capacidades de compra en el espectro social y de valores, pues si quienes consumen lo que se vende en un centro comercial fueran personas de un solo nivel socioeconómico, harían cumplir sus presiones acerca de quién se puede besar y quién no, y de qué forma pueden ser los besos allí. Los clubes sociales -privados- hacen cumplir los criterios de comportamiento mayoritario entre el tipo de personas que son sus socios, hasta cuando se les aparecen los “nuevos ricos” y los “mafiosos”.
De lo que sí estoy seguro es de que durante el cuatrienio que empieza escucharemos frecuentes propuestas de regulación, prohibición o control a las expresiones amorosas o eróticas —especialmente a los besos— en espacios públicos. El conservadurismo, el prohibicionismo y la intolerancia tienen en este mandato su cuarto de hora para promover sociedades con mayores manifestaciones de la doble moral, dentro del planteamiento “libertario” de que “yo tengo derecho a educar a mis hijos como quiera” y a que en los ambientes a los que asistan no se presenten manifestaciones eróticas, pues lo erótico y la sexualidad se debe aprender y ejercer a escondidas. Paralelamente, estas circunstancias serán ocasión para que las personas que sostenemos posiciones diferentes de esa defendamos la necesidad de convivir aceptando las diferencias. La ilusión de uniformidad ha mostrado que no trasciende más allá de las apariencias, y no ha producido sociedades más felices o integradas, ni siquiera dentro de los ámbitos militares. La moral de un grupo mayoritario o poderoso no puede castigar la diversidad de actitudes y moralidades de otras personas. Todos debemos estar vigilantes para que se respeten estos valores.
Pos-tema: Para cerrar, debo reconocer que en el Congreso sucedió lo que menos esperaba. Que el Pacto Histórico apoyara el candidato a presidente del senado propuesto por el Centro Democrático, con tal de que no triunfara el aspirante apoyado por Abelardo de la Espriella. A cambio, dicen que se acordó que se respetarán las minorías en el congreso. Así se cumplió el dicho: “El enemigo de mi enemigo es mi amigo” —aunque sea solo transitoriamente.