Como a toda la gente del campo, a mis papás siempre les ha gustado madrugar. A las cinco de la mañana ya estaban de pie y nosotros con ellos porque quedarse en cama estaba permitido sólo para los enfermos. Mi hermanito se iba derechito para el gramalote a ordeñar las vacas, mi mamá prendía el fogón, yo preparaba los traguitos —chocolate caliente— y ya el desayuno se comía más tarde o se mandaba con los trabajadores.
Esa era nuestra semana hasta el viernes, el día en que nos íbamos al pueblo porque mi papá tenía un negocio de comidas rápidas los fines de semana. Yo me venía con Diana, una sobrina, a arreglarle desde las cuatro de la mañana la carne a mi papá para que él la vendiera en la noche. Ya el lunes nos regresábamos madrugados a trabajar en la finca.
Nos tocaba duro porque muchas veces se vendía hasta las doce de la noche o la una de la mañana. A veces llovía, a veces hacía mucho frío, pero igual eso daba el sustento que la finca no producía. “Los Chuzos de Carlitos” tenían fama, mi papá con 60 o 65 años aún tenía fuerza y, modestia aparte, nos quedaban muy buenos. ¡Y cuando eran fiestas… Eso sí era cansancio! Trabajábamos mucho, pero vivíamos bien.
Yo incluso pude estudiar. En la primaria iba a la Escuela San José de la profe Nubia, a 30 minutos caminando con una bandada de niños y mis sobrinas que son mayores que yo. Ya luego aproveché esos fines de semana para estudiar el bachillerato en el pueblo porque yo fui la única de mi casa a la que le gustó el estudio. Esa era nuestra vida hasta el año 1998.
En la casa teníamos unos perros que no soportaban ver algo extraño. Eran muy inquietos en el día, pero en la noche casi siempre estaban tranquilos. En alguna ocasión comenzaron a ladrar como a las once de la noche y así estuvieron un rato largo hasta que nos paramos para ver qué pasaba. Yo tenía muchas preguntas, pero mi papá nos decía: “Calladitos, no hagan bulla”. Afuera se sentía que había gente, y no es que hicieran mucho ruido, simplemente se sentía su presencia.
Las puertas de la casa tenían unas rendijas y me asomé para ver qué ocurría. Eran un montón de personas y se sentaban y acostaban por todos lados. Yo preguntaba muy bajito:
—Pa, ¿quién es esta gente?
—Esa es la guerrilla —respondía también muy bajito. Y ahí pasaron casi toda la noche.
Con el tiempo, las visitas se hicieron más seguidas y ya los perros ni les ladraban. En una de tantas veces que llegaron me asomé más allá de la rendija y vi a alguien con un arma muy grande.
—Ay pa, ¿qué nos van a hacer? —pregunté.
—Ellos sólo vienen a dormir en los corredores —repetía. En esos corredores de las flores sacaban sus cobijas y se acostaban o se protegían de la lluvia.
Una de esas veces mi papá salió a saludar. Supongo que se hizo a la idea de que ya las cosas eran de esa manera y que era mejor llevarlas bien. Les dijo: “Buenas noches, señores” y le respondieron con otro “Buenas noches” y un “Que si nos da permiso de dormir acá”. Al tiempo comenzaron a llegar de día y a veces hasta a la hora de almuerzo. Entonces nos teníamos que quedar sin comer nosotros para darles a ellos porque si no era peor.
“Señora, que si nos puede matar esa gallina de ahí que queremos almorzar”. ¿Quién les dice que no? Hasta que nos fuimos familiarizando con ellos. A veces nos los encontrábamos en el camino y nos decían que nos estaban “cuidando”. Nunca nos hicieron algo, siempre nos respetaron, pero igual rezaba para no encontrarlos porque me daban mucho susto las armas. Ya en el año 2000 comenzaron a matar gente.

Alejandría es un municipio del oriente antioqueño, ubicado a 2 horas de Medellín. Tiene 5.000 habitantes, se conoce como «La perla del Nare» y la gente lo visita para hacer ecoturismo. Si se mencionan los municipios de Antioquia más golpeados por la violencia de finales del siglo XX y comienzos del XXI, Alejandría no aparece, quizás por ser demasiado pequeño. No obstante, las cifras son contundentes: a finales de la década de los 90 hubo allí 198 asesinatos, 24 desapariciones forzadas y un amplio repertorio de violación de derechos humanos que incluyó masacres, combates y desplazamiento forzado.
La reseña de Alejandría, memoria y esperanza, publicada en la página web de la Editorial Sílaba, indica este libro nació de un proyecto de investigación universitario que buscó que las propias víctimas narraran el conflicto que padecieron y sus ejercicios de resistencia. «Este trabajo de memoria histórica busca recordar lo ocurrido, dignificar a las víctimas, no olvidarlas y dar a conocer la labor que hacen personas y grupos locales en favor de la reconciliación. Recopilar y sistematizar este camino, lleno de logros y dificultades, es también reivindicar el empeño de memoria y construcción de paz que hacen cientos de grupos organizados de la sociedad civil en todo el territorio colombiano».

Alejandría, memoria y esperanza
Juan Gonzalo Betancur (Editor académico)
Sílaba Editores
Medellín
Diciembre de 2025
246 páginas
ISBN: 978-628-7729-81-0