La ilusión del statu quo nos hace creer, aún de forma inconsciente, que las cosas han sido más o menos iguales desde siempre; que hay una fuerza invisible que mantiene unidas las costuras del universo y que lo que venga en el futuro habrá de respetar ciertas leyes tan universales e incuestionables como la de la gravedad. Las cosas siguen cayendo en la misma dirección y a la misma velocidad, sin importar quién gobierne ni cuáles sean las últimas tendencias en Twitter. Lo demás parece siempre ficción, o al menos un componente del entretenimiento.
Así como las novelas están contenidas entre las solapas de los libros y las películas están atrapadas en los televisores, los memes también están, de cierta manera, confinados detrás de las pantallas de los celulares y computadores. Eso nos da cierto sentimiento de alivio, de seguridad: es tan simple como apagar la pantalla y pensar en otra cosa.
Haber asociado la política con las pantallas nos dio como consecuencia la economía del meme. La misma que nos ha traído desde Donald Trump hasta Javier Milei, y que ha resultado tremendamente efectiva para hacer triviales los conceptos, hacer irrelevantes los debates y hacer ridículas las contiendas electorales. En 2024, cuando las campañas de Donald Trump y Kamala Harris tenían a su país y al resto del mundo mordiéndose las uñas, un agitado debate entre ambos candidatos resultó en una evidente falta de argumentos de Donald Trump sobre los conceptos más elementales.
Poco tiempo atrás, eso habría significado un golpe mortal para su candidatura, pero en esta ocasión la alquimia de las redes sociales lo transmutó en una serie de TikToks y memes que, lejos de desprestigiarlo por el absurdo, impulsaron aún más su imagen como un cómico de la política. Se declaró a sí mismo ganador irrebatible de la discusión y, en consecuencia, no vio necesario asistir a ningún otro debate. Su victoria, en efecto, llegó el día de las elecciones.
Su política de memes ha dejado de ser cosa de sus trolls, sus aduladores e incluso de sus asesores políticos: desde las cuentas oficiales del gobierno estadounidense hasta las páginas web de sus distintas instituciones, incluyendo la de la Casa Blanca, se han convertido en una red de páginas de memes. Así lo vemos bailando y echando chistes mientras destroza el Estado de derecho, humilla a sus aliados, inicia guerras según el estado de su digestión y corta de súbito los programas de ayuda humanitaria de USAID, y de los que dependían millones de personas en condiciones de vulnerabilidad extrema. Las víctimas de la catástrofe, si es que alguien es capaz llevar la cuenta, se eclipsan detrás de su famoso baile de bisagra.
De cierta forma, hay que reconocerle la gracia, incluso si muchos no se la encuentran: sin ese paliativo, la rabia y la impotencia nos harían la vida invivible. Él nos da risa, Maduro nos daba vergüenza, Putin nos da miedo.
Las autocracias, a medida que se fortalecen y se expanden, tienen la habilidad de vestirse de mil colores y hablar con una voz multitudinaria, delicadamente diseñada para cada gusto, ideología, rabia, miedo y frustración; para quienes odian la izquierda y el comunismo, para quienes odian la derecha y el capitalismo, para quienes odian las intervenciones estadounidenses, para quienes odian la migración venezolana, para quienes aman y quienes odian a la Iglesia (cualquiera de tantas), para quienes quieren justicia universal o quienes quieren seguridad, para quienes quieren igualdad y quienes quieren privilegios: para cada quien existe un discurso prometido y, si nos descuidamos, también una autocracia asegurada.
La incapacidad de reconocerlo, más allá de las ideologías y de la inercia de nuestra historia, nos tiene en un callejón que parece no tener salida. Las autocracias y la represión transnacional son un camaleón, su manipulación es un proceso paulatino que toma en cuenta que, para querer engañar a alguien, primero ese alguien debe saberse del lado bueno de la historia, que no siempre es lo mismo que el lado de la verdad. Eso, sin embargo, empieza también a hacerse innecesario.
Los paradigmas morales y la noción de que pueden coexistir la democracia y la decencia se están derrumbando. El resultado de ello no son precisamente figuras como Nayib Bukele, Javier Milei, Donald Trump o Abelardo de la Espriella: locos, a fin de cuentas, han existido desde los orígenes mismos de la humanidad. Lo que asusta es el impulso que lleva a muchas personas del común, gente decente y en su mayoría buena, a votar por quienes prometen con una transparencia sin precedentes destrozar sus democracias y sus Estados de derecho.
Abelardo de la Espriella es quizá el político más transparente que hemos tenido en las últimas décadas. Desde la tarima, en sus multitudinarias campañas, nos ha repetido una y otra vez quién es él y qué quiere hacer.
Hace cuatro años tuvimos a Rodolfo Hernández, un candidato “outsider” que creció por encima de las coaliciones de la derecha y la centroderecha que históricamente gobernaron el país. No creció por sus propuestas ni por discursos apasionados, sino por su fantástico equipo de marketing digital, cuya estrategia de campaña fue convertirlo en un meme. Los memes lo elevaron tanto y tan rápido que, en un desesperado intento de evitar la victoria del izquierdista Gustavo Petro, los políticos tradicionales se adhirieron a la campaña del meme presidencial.
Así como Abelardo de la Espriella, Rodolfo Hernández fue abierto en sus intenciones: desde el día de su investidura habría de declarar un estado de conmoción interior para poder gobernar por decreto y hacerle “bypass” a la división de poderes: una muy conocida estrategia de dictador. Colombia se salvó por menos de cuatro puntos porcentuales de elegir democráticamente a un tirano confeso.
Ahora, Rodolfo Hernández (que en paz descanse) parece un purista del establecimiento comparado con Abelardo de la Espriella, quien promete no solo destripar a la izquierda y acabar con la Jurisdicción Especial para la Paz, sino también terminar con la participación de Colombia en el multilateralismo y en el orden basado en reglas, el mismo que tanto odian Trump, Bukele, Putin, Netanyahu y quienquiera que gobierne ahora en Venezuela.
La mesa del comedor, la misma en que los sabios de la familia prohibieron hablar de política para que los hijos no peleen con los tíos ni se menten la madre entre primos, fácilmente puede representar al resto de esa Colombia colérica, polarizada y diversa que existe dentro de los límites territoriales y de la diáspora. En esa misma mesa, con esas ideas chocantes y discursos incompatibles, podrían empezar a faltar las voces disidentes a medida que las instituciones y las garantías constitucionales se agrieten hasta colapsar.
Un post de Facebook, un hilo de Twitter, un mural pintado en la calle, una bandera puesta al revés en el balcón, una marcha universitaria o sindical, una investigación periodística, una crítica intempestiva: en un país gobernado por quienes elegimos por rabia, no son raras las persecuciones, amenazas de muerte, desapariciones forzadas, ejecuciones extrajudiciales o, en el mejor de los casos, el exilio. No importa cuán únicas, chistosas, firmes o solidarias parezcan las dictaduras: sus métodos de represión son siempre los mismos, y el horror termina llegando uniformemente a todas las familias.Colombia y el resto de Latinoamérica se saben muy bien el coro de esta canción.
Cuando votemos, cuando queramos votar, pensemos siempre en ellos: los que en nuestra mesa familiar no piensan como nosotros.
¿Qué será de ellos cuando se nos chamusque la rabia y ya no haya nadie para apagar el incendio?