Hace apenas unos días, la voz de Svetlana Alexiévich volvió a retumbar con urgencia al recibir el Premio Ortega y Gasset. La Nobel de Literatura de 2015 denunció en su discurso que “el fascismo se ha expandido como si nada” por el mundo, y lamentó que la humanidad haya “acumulado tanto odio sin que nadie sepa definir exactamente cuándo el fascismo empezó a escaparse de nuestras manos y subirse por nuestras ropas”.
Sus palabras advierten que vivimos una época en la que “la violencia ha empezado a tener derecho de existir” y en la que la confusión parece imponerse sobre cualquier respuesta. Frente a esa amenaza, Alexiévich reivindicó el deber de dejar testimonio de lo que ocurre a nuestro alrededor. Aunque “quizá no alcancemos a entender del todo la locura de este tiempo, tenemos la obligación de dejarla por escrito”.
Durante décadas, su crónica periodística convertida en literatura ha narrado el dolor de la guerra, los totalitarismos y los abusos de un mundo que vuelve una y otra vez a la tentación autoritaria.
Lo dice con la autoridad moral de una escritora bielorrusa que conoció desde adentro la descomposición del mundo soviético y ha dedicado su obra a escuchar las voces que el poder suele borrar.
Alexiévich nos enfrenta a una realidad que quizás no quisiéramos reconocer. Las libertades conquistadas en el pasado no son inmortales. Las garantías democráticas y los derechos individuales tampoco son una herencia segura e irreversible. Son conquistas frágiles, expuestas al miedo, al populismo y a la indiferencia ciudadana.
Los derechos también envejecen cuando nadie los defiende.
El poder político actual demuestra que los derechos no solo son vulnerables. También pueden ser ignorados, vaciados o cancelados por quienes llegan al gobierno con respaldo popular. Cuando la ciudadanía se vuelve indiferente, las garantías constitucionales pierden fuerza real y quedan expuestas al abuso. Incluso una mayoría, actuando bajo las reglas de la democracia, puede votar para desmontar derechos que tardaron décadas en conquistarse.
En las últimas décadas, varios países con tradición democrática han sido modificados desde adentro por líderes elegidos en las urnas. No llegan anunciando la destrucción de la democracia. Usan sus herramientas legales para erosionar la prensa libre, debilitar la independencia judicial y marginar a sus opositores.
El daño más profundo aparece cuando una sociedad empieza a cambiar su lenguaje democrático. El adversario deja de ser alguien con quien se disputa el poder y pasa a ser un enemigo que debe ser expulsado de la vida pública. Desde ese momento, las garantías ya no se defienden como límites civilizados, sino que empiezan a presentarse como obstáculos.
La reflexión de Alexiévich sobre el miedo a la libertad en la cultura postsoviética también alcanza a Occidente. Después de la humillación, la desorientación o el abandono, muchas sociedades empiezan a mirar con nostalgia la promesa de una mano fuerte. El líder autoritario aparece entonces como respuesta al cansancio, al miedo y a la falta de confianza en las instituciones.
Esa nostalgia por el poder absoluto y el desprecio por los valores pluralistas también han encontrado terreno fértil en Occidente. Cuesta admitirlo, pero Europa y América muestran señales de retroceso. Líderes elegidos alimentan el miedo, la desigualdad y la polarización, mientras los derechos de las mujeres, los migrantes y la población LGBTIQ+ vuelven a ser tratados como concesiones discutibles y no como garantías democráticas.
No se trata de una impresión aislada. El Instituto V-Dem, un centro académico de la Universidad de Gotemburgo dedicado a medir la calidad de la democracia en el mundo, advirtió en su informe global de 2026 que varias garantías que parecían consolidadas, entre ellas la libertad de expresión, los derechos civiles y la igualdad ante la ley, atraviesan su peor momento en seis décadas.
En ese retroceso, Estados Unidos ofrece una de las contradicciones más visibles. Durante décadas se presentó como arquitecto del orden internacional de la posguerra. Ayudó a levantar instituciones como la ONU, el Fondo Monetario Internacional y el Banco Mundial, pero hoy empieza a darle la espalda a parte de ese mismo edificio. Al mismo tiempo, muestra un deterioro democrático profundo y una creciente desconfianza frente a los límites que alguna vez defendió.
La polarización extrema ha erosionado los frenos democráticos de Estados Unidos. El país que durante décadas predicó controles, libertades y Estado de derecho empieza a tratar esos límites como estorbos. Afuera, su política exterior camina cada vez más hacia el unilateralismo y se aleja del sistema multilateral que ayudó a levantar. El resultado es un desorden internacional donde los poderosos quieren actuar sin demasiadas ataduras legales ni morales.
Colombia tampoco está vacunada contra esa deriva. Ad portas de una elección presidencial, el lenguaje público ya muestra señales de deterioro. La desinformación circula como estrategia, el ataque reemplaza al argumento y la sospecha se usa para destruir cualquier forma de control. Se habla de garantías como si fueran obstáculos, de jueces como si fueran enemigos, de prensa como si fuera estorbo y de contradictores como si fueran amenazas. Así empiezan los retrocesos democráticos. No con la abolición inmediata de los derechos, sino con una pedagogía diaria del desprecio.
Por eso la voz de Alexiévich no debería leerse como una reflexión lejana. La democracia y la libertad no son conquistas definitivas ni bienes asegurados por la historia. Exigen memoria, vigilancia ciudadana y una defensa cotidiana frente a quienes convierten el miedo en programa político. Su literatura importa porque incomoda al poder allí donde el poder quisiera silencio, obediencia y olvido.
Las instituciones también envejecen cuando una sociedad deja de recordar las razones que las hicieron necesarias. Los derechos no se pierden únicamente por la fuerza. También se vacían cuando el poder logra convencer a la ciudadanía de que las garantías estorban, de que los jueces sobran y de que la libertad puede esperar.
Ningún derecho se conserva por inercia. Cuando una sociedad olvida por qué necesitó conquistar sus garantías, el poder siempre encuentra la manera de volverlas una promesa vieja.