Le he preguntado a varios amigos qué consideran que es lo más difícil de ser un escritor de provincia o si les molesta ese mote. Varios coincidimos en lo mismo: la rivalidad de nuestros entornos cercanos, la incapacidad de reconocer los logros de los demás, la poca lectura mutua, la escasa o casi nula crítica seria –sin rencillas o elogios desmesurados–, y las casi inexistentes reseñas –a no ser pagadas por el mismo autor para que alguien piadoso hable de nuestras propias obras–. Entre estas dificultades, hay otras dos que resaltan: la primera, los pocos medios que tenemos para la publicación de nuestras producciones. Vimos con tristeza cómo murieron, por ejemplo, La cebra que habla y La cola de rata. Y quedamos desolados. Solo nos quedó el suplemento cultural Las Artes, de El Diario del Otún. Con todas las especificidades que encarna tener solo un medio con características propias y lineamientos estéticos y de extensión. Y la otra maldición de los escritores provincianos que no ahondaré esta vez pero que es importante dejar consignado y que me la dijo el poeta Leonardo Ramírez: las cajas. Las malditas cajas de libros que siempre nos quedan guardadas en un rincón polvoriento de la casa cada vez que publicamos una obra. Luego de que nuestros amigos más queridos nos hayan comprado, luego de que los poquísimos desconocidos se hayan interesado por el voz a voz o por las presentaciones en los dos o tres lugares que existen para tal fin, luego de que entregáramos los tres libros que nos compra Adrián en la Roma, luego de dejar los otros en los dos o tres cafés que exponen literatura local, y luego de regalarle libros a los otros amigos que no son tan cercanos y que jamás leerían los libros si no se los regalásemos, nos quedan como un recuerdo del fracaso aquellas cajas gigantescas, ya sea debajo de la cama o en el cuarto de reblujo.
En cuanto al punto de los pocos medios que tenemos, es precisamente esa carencia la que me motivó a escribir esta crónica que en un principio iba a ser una reivindicación de un perfil que se le haría a mi amigo Jhonattan Arredondo. Entonces en honor a ese perfil inexistente, contaré un par de sucesos de esta ciudad rezagada. Jhonattan había ganado el Premio de Escritores Pereiranos en la categoría de Ensayo y luego ganó el Premio Nacional de Cuento Jorge Gaitán Durán. Eso hubiera supuesto una entrevistadera sin precedentes –si tuviéramos medios para ello– pero aparte de algunas reacciones en Facebook e Instagram, pasó fácilmente al olvido. Exceptuando uno que otro comentario malintencionado que sí perduran en los bares y a las espaldas en algunos eventos culturales. “Si él lo ganó, yo también hubiera podido”, “cuestión de suerte, fue un chimbazo que se lo ganara”, “debe ser que nadie más participó, con quién habrá competido, con uno más guevón que él”. ¿Entonces por qué no participó usted? “¡Porque en ese momento no tenía nada escrito!”.
De las cosas que se burla Jhonattan es de que, en Pereira, si no pagamos a gente para que nos haga una reseña, o si no le regalamos el libro a los críticos, nadie hablaría de nuestra obra. Y tiene razón, porque nadie ha hablado de los de él ni tampoco del último mío –que compartió podio en la categoría de Ensayo con él en el 2024; por eso aparezco como Mención de honor, y acepté mi etiqueta con felicidad, no como aquel personajillo que ha ido ya varias veces a la Secretaría de Cultura a solicitar que su etiqueta de mención de honor en Poesía 2025 se la quiten y lo pongan también como ganador. Posdata: en esa categoría el ganador fui yo y no quiere que los demás se den cuenta, le avergüenza–. Así que, querido Jhonattan, nos tocará pagarnos a nosotros mismos para reseñarnos con vítores los textos. La cagada es que no tendríamos plata ni pa` eso, porque nos regalamos entre nosotros los libros.
Debido a esta cantidad de problemas, mucha gente opta por irse de aquí, al ver que el tamaño de su esperanza no cabe en absoluto en la ciudad. Yo, por el contrario, quisiera morirme aquí, quisiera que algunas cosas cambiaran y no tuviera que largarme para poder cumplir con los deseos que me he autoimpuesto en el corazón. Y no me voy porque amo la ciudad, o, mejor dicho, amo a los que aquí habitan. La cosa es que pronto eso no será un motivo para quedarme, ya que independientemente de la persona a la que le pregunte, siempre me responden que sí, que se irían ante la menor oportunidad laboral o académica. Así que el tonto nostálgico, al parecer, soy yo.
La parte buena de que la gente que uno conoce migre, es que van abriendo puertas a las que uno no podría acceder jamás. Entre ellas, establecer contactos con los que difícilmente un paisano de la Graciela o Berlín o Bosques de la Acuarela podría llegar a tener. Por eso, cuando un escritor borrachín que frecuentaba el billar Pili y que escribió una crónica sobre su cierre en la pandemia, y al que todos conocían como Poe por sus profundas ojeras y pelo desaliñado, se fue a Bogotá a realizar crónicas sobre cómo la Renta Básica Solidaria del gobierno de Petro le había cambiado la vida a cientos de adultos mayores, todos nos alegramos. Un cargo importante como periodista, y la cantidad de gente que iba a conocer. Nos contó maravillas sobre su vida allá, su trabajo con el gobierno, lo que le pagaban por escribir, las historias conmovedoras que descubrió. Un nuevo horizonte. Además de las reconocidas personalidades que conoció. Gente de El Tiempo, de El Espectador, los editores de revistas de poesía internacionales, medios de México, Argentina, Uruguay. Todo eso, hermano, y yo lo puedo publicar ahí, me decía. ¿Quiere sus poemas en Perú o en Buenos Aires? Dígame dónde. Además, quiero hacer unos perfiles de escritores emergentes. Le haré un perfil pa’ que aparezca en El Espectador, mi hermano. Y yo, claro, muerto de la dicha, imaginando la gloria. Todos conocemos la historia de que García Márquez publicó su primer cuento en El Espectador. Ser publicado ahí sería seguir sus pasos. Y como mi papá dice que yo seré más grande que él, pues lo primero es por lo menos alcanzarlo, porque aquí en Pereira solo podemos publicar en El Diario y pare de contar.
Me pareció un golpe de suerte inmenso, puesto que en realidad yo casi nunca hablé con Poe cuando estaba en Pereira. Un par de veces nada más, cuando me ofreció su libro y yo por compañerismo se lo compré, porque sé lo difícil que es ganarse lectores, porque sé que la vida como escritor es dura, porque sé cuánto pesan esas malditas cajas. Así que creo que por ese gesto amistoso se decantó a ofrecerme esa oportunidad única: un perfil en El Espectador. Y empezó la preguntadera, que dónde había nacido, que cómo fue mi acercamiento a la literatura, que si mis papás eran lectores, que cuáles son los autores que me inspiraron, que si creía en los premios literarios, que qué carajos significa ser escritor de provincia, que si me gustaban las mujeres, y un largo etcétera al que yo respondía gustoso y extendido, imaginándome mis palabras en el Magazín Cultural, por todo Colombia. Luego me pidió un par de fotos. Una serio y otra sonriente. Y yo me esmeré en escoger una foto que valiera la pena, que no saliera pixelada. Una foto de portada, digna de El Espectador. ¿Y cuántos poemas podré publicar por allá en Argentina? ¿Les gustará a ellos esos versos? Me preguntaba mirando al techo con mi cabeza en la almohada antes de dormir. Porque, claro, la entrevista y la esperanza duraron varios días.

Ahora, la parte negativa de emigrar de la ciudadcita de uno a una capital inabarcable como Bogotá es que mientras uno se instala es bien difícil acomodarse económicamente. Los gastos de trasteo, los costos elevados, la difícil adaptación cultural. Y lo que todos repetimos aunque no sepamos por experiencia sino por puro lugar común: la vida en Bogotá es muy cara. Así que no me sorprendió para nada cuando Poe me contó que necesitaba pagar el arriendo y que no tenía dinero en el momento porque los pagos estatales siempre se demoran mucho en llegar. Entonces que si yo conocía a alguien que le prestara plata sin importar que el porcentaje de interés fuera elevado. Que tranquilo que él en dos semanas pagaba. Y le dije que sí, pero mentiras porque yo por nadie pongo el pecho, mejor le prestaba yo, y si me pagaba interés, mejor aún, y así siempre quedaba la opción de que si se tardaba en pagar le podía decir que me estaban cobrando a mí y que le moviera pues. Tan güevón no soy, para que vean.
Le presté trescientos mil pesos y seguimos hablando un par de días más. Incluso me mandó una crónica sobre un viejito que arreglaba relojes y que estaba muy agradecido de los 230.000 que le llegaban cada mes. Se la ayudé a corregir y quedó contento con la precisión de los apuntes. El perfil lo estoy terminando de redactar, mi hermano, y también tengo uno sobre Jhonattan, para contar lo de los premios. Muy teso el pelado, ¿no? Todo eso merece mayor difusión, me dijo. Y yo claro, qué bien que nos conozcan a los dos en la capital. Y que sí, que no sabía cuál iba a publicar primero, pero un mes sería uno y otro mes sería el otro. Y como quedó encantado con las respuestas, entonces que merecíamos dos páginas y no solo una como pensó al principio, y también sacarla en un portal mexicano. Ustedes se lo merecen, mi hermano.
Pasaron los quince días del préstamo y cuando lo saludé por WhatsApp de una me percaté de que la foto de perfil perpetua que había tenido desde que lo conocí ya no estaba. En su lugar, el vacío. Y no le llegaban los mensajes. Qué raro, ¿será que a Poe le robaron el celular? Como dicen que Bogotá es tan insegura… Así que fui a Instagram y le escribí al ver que estaba conectado. Después del primer mensaje, no le llegaron más. Y la foto de perfil, la misma fotico de WhatsApp, también desapareció al instante. Qué hijo de puta, pensé. Así tal cual. No como “qué hijueputa” porque me parece que esa expresión ha perdido fuerza por ser tan común, así que quise separarlo en mi mente, con fuerza en cada sílaba y sin contracciones. Con toda la potencia que merecía: qué hijo de puta.
Encolerizado, recordé que a Jhonattan también lo estaba entrevistando. Le pregunté que si él conocía a Poe. Me dijo que claro, que el del cuervo. Y yo le dije que no, que el anodino borracho de la sexta, el que merodeaba por los billares de la UTP. Ah, sí, sí, me dijo. ¿Por qué? Y le conté la historia.
—Parce, le voy a contar algo pa’ que se cague de risa y de rabia –me respondió.
—¿Qué pasó?
Jhonattan me dijo que le había hecho exactamente lo mismo. Lo sedujo con la entrevista, lo trabajó prometiéndole que se publicaría en El Espectador, lo agasajó con elogios de su obra, y cuando ya estaba conmovido completamente, le pidió plata prestada, y como Jhonattan se encontraba sin trabajo, y le generó tanta compasión, se los pidió directamente a su mamá para que ayudara a un amigo lejano. Días después, la fotico de perfil de WhatsApp quedó vacía. Cabe anotar que para la realización del falso perfil nos pidió el número de familiares cercanos, que para entrevistarlos también. Por mi parte, le di el número de mi papá, y Jhonattan le dio el de su tía, la que siempre va a sus presentaciones y la primerísima que compra todos sus libros.
—¿Y sabe qué es lo peor? –me preguntó indignado.
—¿Qué cosa?
—Que el hijueputa, cuando le mandé la foto para mi perfil, me dijo que estaba muy fea, que El Espectador merecía algo mejor, y que le mandara otra.
—Qué hijo de puta…
Lo anterior con la perfecta justificación de que el director del suplemento cultural le dijo que, si las entrevistas saldrían bien, íbamos en primera plana, y que necesitaba una foto más profesional, más elegante, no una en la que saliéramos con los párpados caídos. Así que Jhonattan, que no tenía blazer, pensó en alquilar uno para salir bien en la que sería su salto a la fama. Pero después se puso a analizar y cayó en la cuenta de que todos los buenos escritores de ahora usaban gorra, que pa’ la muestra David Betancourt, Eufrasio Guzmán, Gilmer Mesa. Incluso el profesor Rigoberto Gil, que siempre anda con gorra y no necesariamente por su evidente alopecia. Así que se puso una gorra y le dijo al único amigo con IPhone que tenía que se la tomara bien relajado, desinteresado, no como si fuera un genio sino una persona del común. Ahora lo cuenta con risa, pero incluso en esa risa me dio una profunda tristeza imaginarlo de la manera en que se describía la noche en la que Poe le dio el aprobado. Se volteaba de un lado para el otro, imaginando la cantidad desmesurada de lectores, y cómo iban a llover las ofertas después de aparecer en el diario más importante del país. ¿Y luego de ahí, qué? Planeta, Seix Barral, Alfaguara, Random House…
Días después Jhonattan se dio cuenta de que Poe estaba en Pereira, que había vuelto de Bogotá, que lo habían traído los vientos y los caminos. Y estaba pasando una tarde por la sexta, con el constante bullicio del Megabús de fondo, cuando se lo encontró en una tienda donde el trago es muy barato. De lejos vio esa lamentable figura brindando muerto de la risa un ron con todos los viejos que frecuentan el lugar. Lo encaró, lo injurió y lo zamarreó tanto que le hizo darle 50 mil pesos. Por lo menos, suponemos, le arruinó la borrachera ese día. Apenas terminó esa labor, me llamó para decirme el lugar exacto en el que estaba, para que yo le cayera a cobrarle también. Pero como soy un cobarde, y tenía tanta rabia, quise asegurarme de ir acompañado por si se me salía de las manos. Llamé a mi amigo Esteban que tiene más campo en asuntos de golpes, y para fortuna de Poe, o mía, o de ambos, Esteban ya estaba borracho a esa hora y me dijo que no podía.
—Y todo por salir en El Espectador –dijo Jhonattan cuando nos encontramos días después, en calma y riéndonos–. Estuve dos semanas contestando, redactando las respuestas, contándole el inicio de mis lecturas, que si mis papás leían, que qué autores frecuenté de niño, que cuáles eran mis aspiraciones, que si creía en los premios literarios, que si me gustaban las mujeres…
—Botamos saliva y gastamos dedo en eso para nada.
—Parce, pero esto está pa’ que usted escriba una crónica.
Y aquí está.