Con los pies en la tierra y algo de futuro

Sentimos impotencia por no poder rescatar a tiempo a todas las víctimas que quedaron atrapadas, por la imposibilidad de tener rescatistas entrenados y equipos adecuados en todos los lugares afectados, en el mismo momento (eso no solo sucede en la Venezuela chavista).
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Una pequeña dosis de realidad recibimos este lunes de parte del planeta, sin importar quiénes somos o cómo pensamos: el fuerte sismo nos sacudió a todos en esta región y nos hizo sentir nuestra fragilidad y la posibilidad real de fallecer, de quedar muy afectados o simplemente de que se destruya nuestra vivienda (“no somos nada” se suele decir con intención reflexiva).

En medio de los afanes, las responsabilidades, las afugias, los problemas y las satisfacciones que tenemos, el terremoto nos hace sentir en todo el cuerpo que estamos parados sobre un piso inestable. Nos lleva a reconocer que es necesario que pongamos “los pies sobre la tierra”, pero sabiendo que nuestro suelo es móvil, inestable. A la mayoría de los habitantes de la zona afectada no nos pasó nada, ni a nuestras viviendas y lugares de trabajo; datos oficiales parciales hablan de unas 103 mil personas afectadas a lo largo del país, en unas 77 mil edificaciones dañadas, entre ellas 11 mil destruidas o colapsadas. Pero para esos miles de afectados y los altamente damnificados la situación es grave o catastrófica, según el grado de afectación y su capacidad económica o de endeudamiento.

Esa condición nos hace pensar que “siquiera no nos tocó a nosotros” en esta ocasión: lo mismo que seguramente pensaron los hoy afectados cuando “se salvaron” en los anteriores desastres. Y como es esperable, el terremoto afectó de manera muy fuerte a quienes tienen menos condiciones económicas y viviendas más frágiles o construidas en condiciones precarias, aunque la mayor visibilidad la reciben los habitantes de los edificios urbanos que concentran a muchas familias en un solo lugar, son visualmente impactantes cuando colapsan o se afectan gravemente, y tienen acceso fácil para los medios periodísticos y los generadores de contenidos en redes.

Ante estas tragedias, sentimos impotencia y molestia cuando no se pueden encontrar ni rescatar a tiempo a todas las víctimas que quedaron atrapadas en medio de las edificaciones que se cayeron, por la simple imposibilidad de tener rescatistas entrenados y equipos adecuados en todos los lugares afectados, en el mismo momento (eso no solo sucede en la Venezuela chavista).

También nos asalta en estos días la sensación de es imposible que todas las edificaciones —grandes y pequeñas— cumplan con diseños, procesos constructivos y materiales que resistan todos los sismos: si la gran mayoría de las construcciones resistieran la mayoría de sismos, eso ya sería suficiente. Pensamos que, a lo largo de un proceso de mejoras por etapas, se deben ir reemplazando las edificaciones frágiles o más riesgosas por otras más seguras. Ello implica preocuparse no solo por reconstruir mejor las colapsadas —que ya causaron el daño— sino las que no han fallado, talvez porque no les ha llegado el sismo que es. La amenaza estará siempre latente, por lo que lo importante no es solo que las familias puedan acceder a vivienda propia digna, sino que esa dignidad incluya la condición de ser resistentes, al menos a los sismos de mayor probabilidad de ocurrencia. El asunto debe ser tratado así de simple y con criterios así de pragmáticos.

Llegarán los rescates, la ayuda y las donaciones. Se especulará si parte de las donaciones se perdió; si se recibió tarde, o si se mucha de ella se dirigió más a unas zonas privilegiadas mientras otras más necesitadas recibieron poco. La reconstrucción será costosísima y nunca terminará: las obras requieren varios años y billones de pesos.

La única amenaza a que nos enfrenta la vida diariamente no son los sismos, pero es cierto que cuando tiembla solemos estar en los lugares de residencia, de trabajo o estudio, en los que pasamos gran parte de nuestros días. Pero un temblor es tal vez el fenómeno natural que más nos llega sin aviso alguno, nos sorprende mientras nos encontramos en cualquier situación cotidiana, y nos somete a su suerte indefinida o azarosa. Solo nos queda ser conscientes de que nos puede suceder, sin paralizarnos; prevenir las consecuencias de su ocurrencia, hasta donde se puede, construyendo con las mejores calidades y dentro de las normas más exigentes; prepararse para escapar, si alcanzamos; y en todo caso aceptar que puede ser nuestro último temblor, o uno que nos afecte en forma significativa.

Cuando haya pasado todo el episodio —preocupación, precauciones, sustos, solidaridad, reconstrucciones y hasta arrepentimientos—, tendremos que decirnos que “al final la vida sigue igual”, como lo afirma una canción. Después del sismo, por grave que sea, las pobrezas y el desempleo seguirán y se pueden agravar con los daños que deja. El país será el mismo, aunque más golpeado; el presidente es el que es; las violencias seguirán, también las desigualdades. Los terremotos no sirven para recomponer las situaciones sociales ni las dificultades económicas. Seguirán los prejuicios y las confrontaciones políticas: las que nos gustan y las que nos molestan. Las instituciones y los patrones culturales permanecerán. Entre ellas, las religiones continuarán cumpliendo su labor, pudiendo incluso renovar sus argumentos de persuasión ante estas inquietantes manifestaciones de las llamadas fuerzas de la naturaleza.

Para cerrar con otro tema, debo confesar que he pensado que la posesión del siguiente presidente de Colombia podría ser por videollamada, por Youtube o por streaming, para que no tenga que hacer la jugadita que hizo AdelaE, quien dejó a los asistentes al acto formal viendo televisión durante una hora y veinte minutos. Y para no tener a los viajeros de lejos oyendo cantos, prédicas y plegarias de varias religiones, iglesias o cultos en un acto oficial. También me imagino que los aspirantes a ese cargo pueden ir escogiendo qué juego quieren jugar en su posesión, así como AdelaE jugó a ser militar saludando a todas las fuerzas armadas y los ciudadanos con la mano en un costado de su frente. Puede ser que una futura mandataria quiera hacerles un homenaje al personal de la salud, por “su abnegada labor” (son unos “héroes”) y porque tal vez algún día quiso ser médica, y entonces se posesione con un fonendoscopio colgado en el cuello, que le pondrá en el pecho a quienes la saluden. O un presidente quiera posesionarse homenajeando a los campesinos (por “su abnegada” labor; son unos “héroes”), y en consecuencia lo haga usando un sombrero cordobés, con machete al cinto, en alpargatas, y tal vez simulando que coge café —para que el estereotipo esté completo.

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  • Con los pies en la tierra y algo de futuro

    Psicólogo, comunicador-periodista y magister en comunicación. Exprofesor y exdirectivo en la Universidad de Manizales. Experiencia en radio informativa, periodismo científico y columnista. Corriendo a des-atrasarme de lo que no había hecho antes.

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