«El papa», un cuento de Clinton Ramírez

El crítico Isaías Peña Gutiérrez dijo que Clinton Ramírez "siempre ha sido una promesa de la narrativa colombiana". Hoy publicamos un cuento de este autor cienaguero, ganador de distintos premios literarios.
Compartir publicación en

La despertó el sonido del timbre. El sueño la mataba. El timbre volvió a sonar en la habitación, sin estridencia. Abandonó la cama para asomarse a la ventana. Su padre acostumbraba a aparecerse sin aviso. Aparcaba la camioneta, saludaba, bebían un café y le dejaba algo de dinero, sin entrar en detalles personales. Delante de la puerta de acceso al jardín reconoció a dos hombres mayores, pulcros y tranquilos: el papa y un cardenal: ambos de sotana y tiara.

Vaya ¿Qué diablos querrán? Están igual a los evangélicos.

El esfuerzo la mareó. Cerró y abrió los ojos en el afán de evitar la prolongación del vértigo.

Los domingos, a la hora en que ella estiraba el sueño bajo las cobijas, algún miembro de las iglesias cristianas oprimía el botón del timbre. Ella nunca bajaba a abrir ni se molestaba en marchar a la ventana. Le bastaba sentir el interruptor para que hasta el sueño subiera la imagen incómoda de una pareja de cristianos delante de la puerta de hierro del jardín, generalmente dos mujeres vestidas con trajes largos y de colores insípidos. La mayoría de ellos —hombres y mujeres— poseía un conocimiento vulgar de los textos bíblicos. Algunos ignoraban todo sobre la primera compañera de Adán. Para estos últimos, la historia de Adán comenzó con la astuta Eva. Ruth, la única mujer que ella admiraba, se les antojaba demasiado compleja. A Magdalena la leían mal. ¿Adónde pretendían llegar con semejantes vacíos? Todos morirían, más tarde o más temprano, aferrados a las sombrillas y las biblias, sin salirse de las ropas insulsas, convencidos de ser un puñado de elegidos, poseedores de la única verdad. Los admiraba. ¿Por qué llamaban justo a la casa? Tenían a disposición todas las casas de la ciudad para tocar o llamar, pero atinaban a detenerse frente al timbre del jardín de la suya. Escogían, además, las horas en que ella más necesitaba dormir.

El papa oprimió de nuevo el botón del interruptor con el índice de la mano en donde lucía el anillo de su pontificado: una discreta pieza de plata dorada. Un fino cristo de madera le colgaba sobre la pechera de la sotana. Tenía fama de ser un caminante infatigable. El anillo le brilló en el anular. Había recorrido, antes de ser llamado al Vaticano, cada uno de los países de América, reclutando chicos y chicas para el traspatio de Dios. Hablaba siete idiomas y le seguía gustando el fútbol: pasión que practicó de joven en las barriadas de su país natal. El cardenal, al lado suyo, levantó una mirada de ojos grises hacia la terraza del segundo piso. Alto y delgado, sostenía en la mano izquierda un maletín oscuro, de cuero blando. Fracasó en el intento de identificarlo. Le calculó cincuenta años y pensó en un actor de cine al reparar en las sienes plateadas del prelado, una mezcla de Gary Cooper y James Stewart.

Pegada a la ventana, con la respiración contenida, siguió el proceder de los visitantes. Si la ciudad estuviera en Carnaval, sería normal asociar la visita con un ingenioso y elegante disfraz. ¿Alguna broma? Tenía amigos capaces de idearse faenas semejantes. En broma y en serio, a mitad de la carrera, la eligieron Reina Universitaria del Mar. Habían sido tres semanas intensas, de algarabías y vértigos, de bailes en clubes y hoteles y de competencias en la bahía del malecón. El invento, concebido con la idea de sacudirles los piojos al reinado oficial, sirvió para que algunas agencias de publicidad del interior apuntaran los reflectores hacia sus cabellos al aire y su 1.72 metros de estatura. El sol empezaba a elevarse en el cielo, en dirección del mar. Muy pronto empezaría a picar.

Los hombres lucían tranquilos bajo sus ropas oficiales. Tampoco habían reparado en las macetas de begonias de la terraza y en los helechos colgados de los aleros, que ella regaba siguiendo instrucciones de su madre, que vivía en Bogotá cerca de los grandes litigios. Amaba de ella su espíritu de independencia, su sentido práctico de la vida, pero detestaba sus silencios. Odiaba de su padre, sin dudarlo un instante, su espíritu despreciativo, pero admiraba su capacidad para trabajar en las selvas de la sierra o en los pantanos de las fincas de palma o banano, a sol y sombra, sin quejarse jamás. Cerró los ojos un momento. Pasó saliva con dificultad. El exceso de cigarrillos y whiskies solía inflamarle las amígdalas y agrietarle la garganta. Carraspeó con los ojos bien abiertos. Desechó la idea de ser la elegida de una broma fuera de estación. Las charadas universitarias de una juventud agresiva habían quedado atrás. Ni siquiera los amigos más imaginativos y audaces vivían en el país. Era la hija, muy a pesar de sus neuras, de una ciudad imprevisible incluso en sus rutinas de pudines de chocolate, posesiones ostentosas y matrimonios ruidosos en la catedral. 

El cardenal consultó el reloj de bolsillo, le susurró algo a su superior y, con un gesto cortés y rutinario, lo invitó a pasar a la casa vecina. El papa aceptó. Los hombres se alternaron para accionar el timbre de la terraza de los González, una pareja cincuentona todavía amiga de la rumba subida. «Ahí sí que menos», murmuró Anna, sin separar los labios inflamados. Una, dos, tres veces los vio cambiar de sitio frente al timbre, sin perder la compostura. Nadie acudió a abrirles. Los González roncarían a todo vapor, con el aire acondicionado a tope. Los sintió llegar hacia las cuatro de la mañana mientras ella, sentada a la mesa de la cocina, se preparó un par de sal de frutas en un vaso de cristal. Los González eran rumberos de tiro largo, salseros irredentos y les caminaban a las pepas sicodélicas, si bien estaban algo maduros para andar en tales callejones.

El cardenal oprimió una vez más el interruptor. Lamentó la suerte del papa y del apuesto asistente. ¿Calabrés, renano, piamontés? Pegarse un viaje tan largo para tocar a dos puertas refractarias a los llamados divinos. Aquello tenía que ser una broma: una inescrutable manifestación del cielo, que picaba con más fuerza en la medida en que el sol se abría paso entre las masas de nubes. El papa volvió a tomar otras dos veces el sitio del cardenal frente al timbre de los González.

Anna renunció a mirar. La cabeza le dolía un poco. Regresó, legañosa y malhumorada, a la cama, bajo la calidez de las cobijas. Había tenido una noche agitada. Había fumado más de la cuenta. Necesitaba dormir un par de horas. Su manejador pasaría por ella después de mediodía. En Taganga, en un cerro del balneario, le harían fotos, según le explicó, para el prospecto de una nueva campaña publicitaria. Se volvió contra la pared, todavía mareada, sin dejar de pensar en las sienes de actor del cardenal, en el recio puente de su nariz. Se abrazó a la almohada y terminó de acurrucarse bajo las cobijas.

El mundo podía tomar el camino que quisiera. Ella solo pedía dormir en paz un par de horas. Ni una hora más ni una menos. Era cuanto requería para estar de vuelta a la realidad de una ciudad en la que insistía en permanecer. Quizá le llegaba la hora, a sus veinticuatro años, de irse a alguna gran capital. Nada distinto esperaban de ella sus más íntimos. Que pegara el gran salto y cayera de pie sin romperse un hueso, como sucedía con los gatos de la cuadra cuando se lanzaban a la acera desde la terraza de los González. ¿Su padre? Nada le diría. La sabía capaz de andar por su cuenta sin meterse en líos. ¿Su madre? Todos sabían de sobra qué quería de ella.

Bostezó.

La sobrecogió la imagen del papa tocando a todas las puertas del mundo. «Le haría bien tomarse un descanso», alcanzó a decirse, llorosa, vencida de nuevo por el sueño. «Todos estamos muy cansados por estos días».

Volvió a sentir, lejos, muy lejos, el sonido de un timbre.

Santa Marta, 5 de mayo de 2018


"El papa", un cuento de Clinton Ramírez
Clinton Ramírez C.. Santa Marta, 2015. Crédito: Annabell Manjarrés Freyle.

Sobre Clinton Ramírez dice el escritor Fabio Rodríguez Amaya: «cienaguero de vieja estirpe y narrador caribe de los meros meros, es un excelente pero poco difundido autor, que merece más lectores».

Es cierto. En Colombia los escritores regionales que no publican con grandes editoriales quedan confinados a un círculo provincial de lectores, a menos que circulen entre los medios, las ferias y los cocteles bogotanos. Por eso en una región como el Eje Cafetero es difícil tener noticia de autores del Caribe (o del Huila, o de los Santanderes), y el nombre de Clinton Ramírez no hace parte de las lecturas habituales en esta región.

No obstante entre los suyos no solo es conocido, sino también reconocido. Hace poco Adalberto Bolaño escribió en Zona Cero: «Clinton Ramírez hace parte de estos creadores que aportan, con una voz madura y diestra, con una prosa de economía precisa y expresiva, a la narrativa contemporánea del país».

Pero no solo lo reconocen en el Caribe. El profesor y crítico literario Isaías Peña Gutiérrez dijo que su novela Las manchas del jaguar (Premio de Novela en 1987) «sorprendió, entonces, a todo el mundo» y agregó que «Clinton Ramírez siempre ha sido una promesa de la narrativa colombiana».

«El papa», el cuento que publicamos hoy en Barequeo, circuló en el volumen Cuentos felinos III, entre las páginas 55 y 61. Ese libro recoge cuentos de ocho autores del Caribe.

Cuentos felinos III

Autores: Martiniano Acosta Acosta, Adolfo Ariza Navarro, Ramón Illán Bacca, José Luis Garcés González, Ramón Molinares Sarmiento, Guillermo Henríquez Torres, Guillermo Tedio y Clinton Ramírez Contreras.

Editorial Universidad del Magdalena

Santa Marta

2014

94 páginas

ISBN: 9789587462852  

Si valoras el periodismo artesanal, ayúdanos a seguir adelante.
Cada aporte, grande o pequeño, hace la diferencia. Puedes apoyarnos a través de Vaki.
  • "El papa", un cuento de Clinton Ramírez

    Ciénaga, Magdalena. Narrador, ensayista. Es economista, máster en Literatura Hispanoamérica y del Caribe. Ha publicado las novelas Las manchas del jaguar (1988), Hic Zeno (2008), Un viejo alumno de Maquiavelo (2015), Otra vez el paraíso (2017) y Sin defensa posible (2025), entre otros libros. Buena parte de su producción como cuentista fue recogida por la Colección Zenócrates bajo el título de ¿Te acuerdas de Monín de Böll? (Bogotá, 2017). En 2026, Caimán Editores publicó, en Barranquilla, La ciudad de todos los veranos (cuentos). Es profesor en el programa de Literatura y Lengua Castellana de la Universidad del Magdalena.

Publicaciones relacionadas

Si valoras el periodismo artesanal, ayúdanos a seguir adelante.
Cada aporte, grande o pequeño, es una pepita de oro valiosa para nosotros. Puedes apoyarnos con donaciones en la cuenta de ahorros Davivienda 108900805756 a nombre de la Fundación Barequeo (NIT 902045164-5) o a través de Vaki.

En Barequeo nos interesa el periodismo artesanal, hecho a mano, con tiempo para escribirlo y tiempo para leerlo. Buscamos historias y enfoques como quien busca pepitas de oro.

Somos un grupo de periodistas que, desde Manizales, Colombia, generamos un medio de comunicación para fortalecer la deliberación pública desde nuestro territorio.

Creemos en la veracidad, la argumentación, el disenso y el valor de la escritura para la construcción de memoria histórica.

Correo: barequeo@barequeo.com

Cada aporte, grande o pequeño, es una pepita de oro valiosa para nosotros. Puedes apoyarnos con donaciones en la cuenta de ahorros Davivienda 108900805756 a nombre de la Fundación Barequeo (NIT 902045164-5) o a través de Vaki

Codirigen: Adriana Villegas Botero, Ana María Mesa Villegas y Camilo Vallejo Giraldo.