Afortunadamente estaba cayendo ceniza en cercanías del aeropuerto de Popayán, con lo que se evitó el encarte de trasladar la posesión presidencial a esa pequeña ciudad. Además, el actual mandatario prohibió que AdelaE ingresara a posesionarse en alguna instalación militar y, afortunadamente, hubo voces centristas, de izquierda y de la misma derecha que advirtieron que una posesión en un recinto militar no era una señal correcta en un estado de derecho. Entonces, el antojo, la calentura y el riesgoso mensaje que quiere enviarles el nuevo presidente a las fuerzas armadas lo llevará a cabo en una guarnición en el Valle, cuando ya se haya posesionado ante la mayoría de los congresistas; lo cual está bien, pues los congresistas (buenos y malos) representan a la mayor parte de los colombianos. En este asunto simbólico y peligroso, pierde AdelaE.
Ahora bien, si el Pacto Histórico no asiste a la posesión en Cali y en su lugar realiza un acto político en Barranquilla está en todo su derecho; como lo están los congresistas que proponen que no se les reconozcan viáticos a quienes asistan a esa actividad de protesta, pues no participarán en el acto formal aprobado por la mayoría de Senado y Cámara. Una cosa es una cosa y otra es otra: es justo que los gastos para participar en la concentración de la oposición no los cubra el Congreso. Digamos que lo ético es no pedirlos, y lo lógico es que no se los den.
De otro lado, en cuanto a los argumentos del Pacto Histórico de que de la Espriella no es legalmente el presidente y que no se puede o posesionar por su doble nacionalidad, creemos que no acierta, y que se desgasta ante una parte de los electores que necesita a futuro. El triunfo electoral de este discutible personaje costeño-miamiense está cubierto por el supuesto de legalidad hasta que se demuestre lo contrario ante la instancia legal o constitucional. Y su posesión es entonces inevitable y legal —así no nos guste. Asunto diferente es la discusión acerca de la inconveniencia de que posea la nacionalidad estadounidense, pues se va a presentar un confuso escenario cuando tenga que tomar decisiones que le supongan alinearse favoreciendo a alguno de los dos estados, el gringo o el colombiano. El asunto puede ser simplemente simbólico, pero lo simbolismos representan formas de pensar, muestran los sesgos y generan incertidumbres o certezas en quienes los perciben.
Sin embargo, podemos tener la convicción de que en el fondo AdelaE seguirá siendo admirador y favorecedor del punto de vista estadounidense, sea o no ciudadano de ese país. Antes y después de su ciudadanía secundaria siempre se ha identificado con ese país y no solo evitará presionar para que ese país tome decisiones menos dominantes, sino que seguramente preferirá las líneas intermedias, salomónicas y de acuerdos en los eventuales conflictos de intereses que enfrentaran a Colombia con ese estado norteamericano. Supongo que esa parte del juramento que hacen los nuevos ciudadanos gringos, que alude a que en caso de guerra deben preferir defender a Estados Unidos, nunca fue importante para él, pues no le significa nada, entre otras cosas porque supone que nunca habrá conflicto bélico entre Colombia y ese país, menos aún bajo su gobierno.
Como escenario alterno, habría que contemplar que si de la Espriella renunciara a su ciudadanía gringa en estos días sería un triunfo político (simbólico) de la oposición, placer que —supongo— no está dispuesto a darle. Y si esa renuncia llegara, estemos seguros de que, como presidente, actuará en todos los casos como si fuera ciudadano gringo, pues para él es la única forma de actuar: al lado de USA o aceptando los pedidos que desde allí le hagan. Esta actitud es coherente con esa especie de complejo de superioridad que exhiben muchos colombianos que se consideran de élite porque han logrado que les aprueben su ciudadanía gringa, viviendo allá un tiempo, pagando una alta suma en dólares por los trámites, tragándose algunas ranitas —seguramente—, y disfrutando de las oportunidades que les ofrece el mercado laboral norteamericano, en especial si pueden enviar parte de sus ganancias a Colombia, para que sean gastados en pesos. Los demás somos para ellos una especie de colombianos de segunda clase, pues no ganamos en dólares ni sacamos ventaja de la devaluación del peso frente al dólar. Ah, claro, y tenemos que pedir visa y hacer una cola más larga para ingresar a ese país.
Por ello, mi postura —pragmática y no sé si errada— es que la oposición debe concentrarse en lo importante: no en qué juramentos ha hecho quien gobierna, sino en cómo gobierna. Lo que se inaugura en una semana es el regreso a gobiernos pro-gringos y del estilo uribista, con dosis mayores de antojo, inexperiencia y elementalidad, que nos llevarán a escenarios incluso peores que los de los mandatos Uribe y Duque, en cuanto al respeto a los derechos sociales y políticos de las minorías y de la oposición.
Gastar la energía política en negar el triunfo de este nuevo presidente sin tener fallos judiciales que respalden el reclamo, e insistir en que renuncie a su ciudadanía estadounidense, mientras él logra la mayoría de votos en el congreso, nos quita oportunidades de resistir sus embates hacia ese tipo de país retardatario y pre-Constitución del 91 que su enfoque ideológico pretende. Preparémonos, pues sus aliados ya están presentando proyectos de ley y elaborando borradores acerca de contra-reformas que afectarán los avances que el país ha hecho hacia un estado laico y una sociedad más igualitaria e incluyente.
Para cerrar, debemos registrar el estilo de oficina propaganda del nuevo gobierno, al que nos está acostumbrando: que sus decisiones y pronunciamientos los haga a través de su propios medios digitales (redes sociales) y no por los medios informativos establecidos, los cuales se ven obligados a difundir las piezas audiovisuales preparadas por su equipo, en las que prima el colorido y la inteligencia artificial, tan eficientes en cuanto lograr impacto visual. Por lo que se ve, es un paso más hacia la búsqueda de hacerles perder poder a esos medios entre las audiencias, complementado con el hecho de que el nuevo mandatario pocas veces responderá a preguntas, contra-preguntas o réplicas de los periodistas, evitando así exponerse. Mientras “la manada” de seguidores en redes estará siempre lista a escucharlo. Así se conecta él con su “país milagro”; para hablar con periodistas y responder sus preguntas estarán sus voceros.