Hacia el mediodía, Ruth, la camarera haitiana del hotel Los Cuatro Gatos, miope y con rastas a lo Toni Morrison, empujó el carrito que rodó silencioso por el pasillo entapetado del piso doce. Tenía puestos unos audífonos, y escuchaba “Spasmes” mientras limpiaba las habitaciones, cambiaba los tendidos sucios de las camas, sacudía el polvo, recogía la basura, levantaba los platos mantecosos, aseaba los baños y dejaba los frascos de cremas y champús que los clientes agradecían.
Hacía todo eso moviendo la cabeza al ritmo de la música.
A veces, tarareaba fragmentos en francés: C’est des conneries moi j’ne vois rien et le ciel m’arrache les yeux / J’ai trop mal, peu à peu j’étouffe. “Esto es una mierda, no veo nada, y el cielo me arranca los ojos / Me duele mucho y, poco a poco, me voy asfixiando”.
Estaba feliz porque el fin de semana celebraría el cumpleaños de su hijo.
La vida le sonreía. Cuando abrió la puerta de la habitación, se disculpó: había un hombre vestido con un uniforme verde cargado de medallas, tendido bocarriba sobre la cama. Parecía un animal mitológico dormido. En un acto reflejo, Ruth se calzó las gafas que colgaban de un lazo. Volvió a mirarlo y lo que descubrió la horrorizó: una enorme mosca azul salió de la boca del pintoresco personaje, se frotó con naturalidad las patas peludas, se limpió los miles de diminutos ojos que apuntaban en todas las direcciones y levantó el vuelo.
El horror —antesala de la maldad, preludio del terror— le anunció que había ocurrido algo siniestro. Sintió el miedo de los antepasados, y la tragedia sufrida por unas tribus antiguas se agolpó en su cabeza. La confusión y el pánico se apoderaron de su mente. Estaba aterrorizada. Por un instante, una emoción equívoca la hizo sentirse culpable de la escena, como si ella hubiera tenido algo que ver.
Se persignó y se refugió en Dios.
Abandonó el carrito y huyó del cuarto mientras gritaba:
—¡Ay, Dios mío! ¡Ay, Dios mío! ¡Ay, Virgen del Perpetuo Socorro! En su recorrido por el pasillo hasta la entrada del ascensor, clamó:
—¡Ay, Virgen de la Altagracia!
Y, mientras pulsaba con insistencia el botón de llamada, siguió chillando:
—¡Ay, Santa Bárbara bendita! Ya dentro del ascensor, suplicó:
—¡Changó, padre mío! ¡Mírame y protégeme!
Hizo todo eso hasta que las puertas se abrieron en el vestíbulo.
La recepcionista creyó que se había vuelto loca: tenía los ojos desorbitados y se jalaba las rastas con las manos. Le dieron un calmante y, ya más tranquila, contó lo que había visto.
Poco después, el gerente y el jefe de seguridad entraron en la habitación, llamaron a la policía para informar del cadáver y le sugirieron a Ruth que se quedara callada, que no dijera ni una palabra, para no alarmar a los huéspedes. No era inteligente que se enteraran de que había un muerto en el hotel.
La teniente Doris Mateus arribó a la escena del crimen acompañada del equipo de la Unidad de Investigación de Homicidios. Mientras un agente tomaba fotografías y Caronte Sánchez, el forense, recolectaba pruebas, ella interrogó a la camarera, que repitió la historia, y al botones, que la resumió de esta forma:
—Como a las nueve de la noche, el huésped llegó solo, vestía el uniforme de un oficial del ejército y traía una maleta pequeña.
Nadie oyó nada.
—¡Caronte, registre todo! —ordenó la teniente—. Huellas en puertas, vidrios y muebles, rastros de sangre, cabellos, fibras en la ropa, cualquier fluido corporal. No quiero que se nos escape ni una partícula de polvo.
La información se filtró a los medios. La prensa y la televisión llegaron a Los Cuatro Gatos, pero los policías que custodiaban la entrada no les permitieron pasar.
—Señor agente, ¿puede confirmar si se trata de un homicidio? —preguntó una reportera.
—No estoy autorizado para dar información —respondió el guardián de la ley, sin apartar la vista de los curiosos que empezaban a rumorar.
—¿Hay víctimas identificadas? ¿Estamos hablando de un ajuste de cuentas?
—insistió un camarógrafo, grabando cada gesto.
—No puedo responder —repitió el uniformado, con voz más seca.
—Circula la versión de que en la escena apareció un mensaje, ¿es cierto? —presionó otro periodista.
El policía apretó la mandíbula. No dijo una palabra, pero el silencio parecía confirmar el rumor.
La mosca se posó sobre la lámpara del techo. Contemplaba el mundo desde arriba, con la indiferencia de un dios menor, frotándose las alas y las patas como si rezara.
—Tenemos un infiltrado —los acusó la teniente.
–¿Qué hacía en este hotel? —preguntó Caronte Sánchez.
—Estaba en sus terrenos —respondió la teniente—. Aquí es donde siempre aparecen.
El cuerpo del general Mataperros, vestido con el uniforme de gala en el que lucía las decenas de medallas y condecoraciones que obtuvo en su brillante carrera militar, estaba tumbado bocarriba con los ojos abiertos, en los que se advertía una agria mirada de reproche, como la expresión que adopta un moribundo por alguien vivo. Le habían pegado un tiro en la frente, limpio, certero y silencioso. Del agujero fluía apenas un delgado hilo de sangre que había manchado los tendidos. De resto, en la habitación, todo estaba en perfecto orden.
En la maleta del general sólo había un traje de paño azul oscuro, una camisa celeste y una corbata roja.
—No se la perdonaron —dijo Sánchez.
—El hombre tenía demasiados enemigos —dijo la teniente.
—¿No le parece calculada la escena?
—Mire, Sánchez: un disparo en el corazón suele ser pasional, un gesto torpe, de celos o de rabia. Pero aquí no hubo desorden ni arrebato. Esto no es un crimen de amor, es un trabajo metódico. Preciso. El sello de un profesional.
–¿De alguien con licencia para matar?
—Exacto —respondió la teniente, que sabía que el forense era aficionado a las novelas de espías–: como un agente inglés, pero sin esmoquin ni martini.
Caronte captó en sus ojos un rápido destello de frialdad, como si la sombra de un duro recuerdo hubiera cruzado fugazmente por la mente de la investigadora. Algo que él no pudo descifrar.
Doris Mateus contempló la ciudad por la ventana. Edificios grises, asfalto gris, cielo gris. Al fondo, la montaña verde sostenía las construcciones de ladrillo y el barrio popular con las fachadas pintadas de colores. Abajo, cientos de carros se desplazaban lentamente por la avenida, mientras los transeúntes avanzaban como hormigas perezosas e indiferentes. En primer plano, junto al hotel y ajeno a todo, un cerezo centenario se alzaba largo y seco. En su copa, una mirla glotona picoteaba un racimo jugoso de bayas rojas. Más arriba, las nubes grises amenazaban con otro aguacero.
A lo lejos, intuyó paisajes destruidos.
Una fuerza vital impulsó a la mosca azul a revolotear en el vidrio, de un lado a otro, como practicando una danza macabra. Asqueada, Doris giró la manija y abrió la ventana para que el horrible insecto saliera.
Sintió frío.
El motor de un camión, la sirena de una ambulancia y el ruido prolongado del escape de una motocicleta se mezclaron con el rumor de fondo de la ciudad y con las conversaciones monótonas de la habitación.
Se volvió a ver el cadáver: tiempo atrás, ella ya sospechaba que la vida de ese militar iba a terminar así.
Doris sabía que David Mutzmajer, un millonario interesado en conocer detalles de la biografía del general, había contactado a Renzo Ramírez para que escribiera un perfil y a Lucy Strawberry para que realizara un encargo. Renzo era periodista, amigo suyo, y trabajaba en la revista Justicia, dirigida por John Panesso; Lucy, en cambio, era una exagente de inteligencia británica convertida en asesina a sueldo, su archienemiga, a la que le había perdido el rastro.
Impaciente, Doris Mateus miró el reloj. Cuando notó que el bicho azul había salido del cuarto, cerró la ventana.

El pasado jueves en el Gimnasio Moderno de Bogotá se realizó el lanzamiento de Doris y Renzo. El canto de las moscas, con una conversación entre Vera Grabe y el autor Miguel Ángel Manrique.
Con esta obra, editada por Pre-Textos, Miguel Ángel Manrique regresa a un territorio que le gusta: las novelas de género, en este caso el género policiaco, a partir de dos personajes icónicos: Renzo Ramírez, periodista de crónica roja, y Doris Mateus, agente de Homicidios.
En la presentación de la solapa del libro se lee «novela policiaca con un trasfondo abiertamente político, Doris y Renzo. El canto de las moscas, es un fresco de la Colombia contemporánea y un recorrido por los lenguajes estéticos y narrativos que usa el poder para ocultar sus crímenes. En un país donde la muerte se repite hasta volverse rutina, la literatura encuentra una forma de confrontar y denunciar. Cuando la violencia se ha vuelto espectáculo, la novela tiene la tarea de devolverle a ese espectáculo su dimensión ética: recordarnos que detrás de cada objeto, de cada imagen, de cada jabón marcado, de cada dedo cortado, hay una vida mutilada, un nombre silenciado y un cuerpo ausente».
Miguel Ángel Manrique es un escritor reconocido y premiado. En 2008 recibió el Premio Nacional de Novela del Ministerio de Cultura por su novela Disturbio, que tiene como telón de fondo los paros Universidad Nacional de Colombia, y desde hace más de una década orienta el Taller de Novela Corta del Fondo de Cultura Económica, en Bogotá.
* El fragmento que publicamos corresponde a las páginas 13 a 19.
Doris y Renzo. El canto de las moscas
Miguel Ángel Manrique
Editoral Pre-Textos
Valencia, España
234 páginas
2025
ISBN: 978-84-10309-96-8
