De una olla comunitaria bañada en oro

La señora, doña, dama, mujer o matrona, apenas si había cruzado en años palabra alguna con varios de nosotros y aún así decidió no sólo brindar comida, sino almuerzo y desayuno a cuanta persona visitaba o residía en la unidad.
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De una olla comunitaria bañada en oro

«Felicidad no es hacer lo que uno quiere sino querer lo que uno hace»

Jean Paul Sartre

Luego de semejante “movidita” de la tierra y todavía fresco el polvo que asfixiaba inconteniblemente cualquier vía respiratoria, se dispuso todo para atender de manera efectiva la necesidad biológica más primaria y vital: llevar un bocado de comida a los residentes que lo habían perdido todo o por lo menos que intuían la ruina al interior de sus cajas amobladas.

El miedo de entrar y no volver a salir se notaba en los rostros desencajados de muchos que veían con sus ojos, fugaces y lúgubres, imágenes que antes estaban antepuestas en un monitor de televisor o en el scroll beligerante sobre una pantalla reducida a una mano. El infortunio y el desastre habían tocado, que digo tocado, habían vapuleado de manera violenta la puerta de cada apartamento, estremeciendo lo visible y lo oculto de cada lugar a donde la furia llegó.

La sorpresa del evento tomó tintes de intranquilidad, desventura y miedo, imprimiendo en cada pulsación y respiración, un llanto contenido en una arcada reclinatoria o un lamento prolongado que indicaba la dimensión de lo perdido y el esfuerzo para volverse a levantar. Llegaba la tarde y los silencios se hacían más crueles y huraños, las palabras no dichas indicaban que había penuria sobre lo habitual, que una caída del ocaso significada el abrigo de la noche, la misma que venía cargada de sombras y que espantaba el vestigio de seguridad y confort.

En ese mismo momento donde la tarde y la noche se tocan con intereses ajenos, cada una persiguiendo lo suyo: la tarde ondeando las nubes del deber cumplido y la noche, encendiendo en el horizonte cada luminaria fulgurosa; una mujer con arrojo y con una marcada sensatez alrededor de la solidaridad, toma diligentemente la vocería y hace la pregunta más honesta y sencilla que cualquier persona después de un evento catastrófico no sería capaz de responder en la inmediatez, ¿Qué vamos a hacer?

Nadie responde, quizás porque era precisamente una respuesta que carecía elocuente y elegantemente de palabra, párrafo o capitulo para describirse ampliamente en virtud de un futuro que tristemente se había consumido en polvo y vestigios del pasado. Aun así y carente de respuestas, la doña toma el mando, se convierte en la matrona y protectora y ordena la casa de naipes arrojada sobre la mesa para brindar lo que ya se había anticipado, un bocado de comida que en lo urgente del evento, a todos se nos había pasado por alto, y no por ello dejaba ser valioso, importante y vital.

La unidad residencial con su vestimenta humilde de estrato social medio alto, se convirtió alrededor de sus áreas comunes, en un albergue temporal para los que alguna vez habían tenido hospedaje permanente y mucho más cómodo. La vida quita y pone, equilibrio constante en medio del caos que ocasiona un terremoto.

Incluso así, en medio de las certezas que se desvanecían en torrentes de lágrimas por las cascadas del rostro, miradas perdidas disparadas a cualquier lugar y conversaciones sin fondo y sin textura, la señora decide ponerse manos a la obra y con su saber más que exquisito, cocina para una aglomeración de personas que seriamos agraviados por la fuerza misteriosa de la tierra.

No escatimó en esfuerzo, preparó con delicadeza y amor cada alimento, colocó empeño y cuidado a su elaboración y cocción a pesar que producto de la catástrofe, probablemente su economía sería lastimada por el coletazo de un movimiento invisible y sonoro, porque hay otros temblores que conmueven y revientan desde posiciones y punzadas diferentes.

Mientras en su cocina se elaboraba con sutileza la porción mágica que reconfortaría a todos los que requeríamos de un sabor apetecible para tapar la amargura; en los hostales artesanales que se erigieron de manera espontánea y creativa, algunos adecuaron sus vehículos como glamping postevento, otros tantos, como mí familia, incluido el perro, establecimos las dotes de campistas en la rigidez del pavimento lacerado o el césped invadido de arenas desgajadas de paredes echadas a perder, allí mismo, mientras se cocinaban manjares en ollas ajenas en un lugar desconocido cuya dueña nos lo hizo colectivo y cercano; en las zonas comunes, áreas de encuentro que corresponden a todos y a nadie, la tristeza, la oscuridad, la ausencia de memoria y la expansión del temor hacían un recorrido desde la punta de los pies al último cabello plantado en la cabeza de cada quien.

Por fin la comida quedó lista, la señora con ayuda de su hija, que además brindó una mano importante para que su madre depositara confianza en cada residente, sirvió como preámbulo para congregar a aquellos extraños que no tuvieron más remedio que desnudarse con sus vidas ante el otro desconocido de años e incluso décadas.

Una fragancia culinaria que se desplazaba al vaivén del aire misterioso, despertó en medio de la penumbra una luz de apetito en cada uno, un deseo de disipar y ahuyentar el hambre y con la barriga colmada, arroparse de noche y ojalá de tranquilidad.       

Llevar a buen puerto este proceso de cocción de un alimento puede verse sencillo, rutinario y quizás hasta instintivo, pero el acicate de esta situación es que la señora, doña, dama, mujer o matrona, apenas si había cruzado en años palabra alguna con varios de nosotros y aún así decidió no sólo brindar comida, sino almuerzo y desayuno a cuanta persona visitaba o residía en la unidad. Eso sí, no sé de dónde y cómo la alacena comunitaria se llenó de frutas, carne, granos y solidaridad.

Doña Milena, «la mujer llena de bondad y ternura», que hace gala con honores a su nombre, gracias por enseñar el valor de un alimento cuando las cuentas de ahorros están llenas y las estanterías están cerradas, cuando los recursos escasean y las necesidades abundan. Este homenaje es para su olla de oro y su eterna sonrisa cuando nos ayudó a sobrellevar con intestino satisfecho la melancolía profunda y vacía.            


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De una olla comunitaria bañada en oro

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    Manizales, 10 de agosto de 1983. Docente de ciencias sociales desde el año 2008 hasta el año 2024. Después de ese año, coordinador de las instituciones educativas Alfredo García – Pablo Emilio Cardona, de Pereira. Licenciado en Ciencias Sociales y Magister en educación de la Universidad de Caldas y docente catedrático de algunas universidades de Pereira.

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